viernes, 31 de agosto de 2012

SALVADOR BORREGO 3 (Mex): "Las series de huelgas sangrientas adquirieron incontenible impulso, el Imperio Ruso se hallaba ya tan minado que malamente podía afrontar una guerra internacional... El Marxismo proclamó que los obreros no tenían patria que defender. La promesa de que al triunfar la revolución se repartirían tierras fue tan halagadora «que las tropas querían dejar de pelear para llegar al reparto». Y así comenzó la última etapa del fin de la Casa Imperial Rusa".




EL MARXISMO TRIUNFA SOBRE LA CASA IMPERIAL RUSA

En la segunda mitad del siglo pasado los umbríos bosques de Rusia guardaban ya como ahora la enigmática mística del alma rusa. Rusia se debatía en sangrienta turbulencia, que una extraña mezcla de nihilistas y revolucionarios marxistas trataban de encauzar mediante un secreto Comité Ejecutivo. La espina dorsal de ese audaz movimiento la formaban inteligentes israelitas; y después de sangrientos choques prohibieron que en Ucrania radicaran comunidades israelitas. Sin embargo, la anexión de territorios polacos convirtió a millares de judíos en súbditos de Rusia. Nicolás I se impacientó  y redujo sus derechos cívicos y esto causó descontento entre los judíos, pero una vez más lograron conservar  sus milenarias costumbres. Al subir al trono Alejandro II la situación de los israelitas volvió a mejorar y no tardaron en prosperar. Precisamente en ese entonces —girando alrededor de la doctrina comunista -se vigorizó en Rusia la agitación revolucionaria.Y un año después varios conspiradores, encabezados por el judío Vera Fignez, asesinaron al zar Alejandro II.

El hijo de éste, Alejandro III, expulsó a los judíos y les redujo más aún sus derechos cívicos. La inteligente población israelita se mantuvo estrechamente unida en esos años de peligro. Es esta habilidad una de sus creaciones más originales y con ella ha demostrado que ningún pueblo está verdaderamente vencido mientras su espíritu se mantenga indómito. Lo mismo que le había ocurrido en otros países, chocaban con el brusco carácter del pueblo ruso y eran luego objeto de hostilidades y persecuciones. A estos últimos los auxiliaban sus hermanos de raza radicados en Nueva York, según refiere el rabino Stephen Wise en su libro «Años de Lucha»: Los judíos habitaban en pueblos y ciudades. En los primeros constituían a veces el 95% de la población y en las segundas más del 50%.

Ulianov, hijo de la judía Blank, falló en su intento de asesinar al zar Alejandro III. Ulianov fue detenido y luego ahorcado, pero su hermano Vladimir, guardó para sí el odio y más tarde se convertía en jefe revolucionario, bajo el nombre de Lenin. A la muerte de Alejandro III, subió al trono Nicolás II. De tendencias moderadas y escuchando las quejas de los israelitas, ordenó suavizar el trato que se les daba. De origen ruso es la palabra «progrom», nombre que se dio a los cruentos movimientos populares contra los judíos. De todas maneras, los israelitas disfrutaron de más garantías y libertades. Una vez más iba a manifestarse en la historia el gigantesco poder de una idea... Esa idea era una mezcla de nihilismo y de Marxismo.

Una asociación socialista secreta denominada Bund, desarrolló una propaganda revolucionaria entre las masas judías en su lengua, el yidisch; estos partidos libraron una lucha abierta contra el gobierno ruso. El zar Nicolás II pensó que había dado un paso en falso al suavizar el trato para los israelitas. Trotsky estaba casado con una hija del financiero judío Giovotovsky. Incluso surgió una escisión entre los mismos agitadores; así surgieron los Bolcheviques (los del programa máximo) y los Mencheviques (los del programa mínimo), y Vladimir Ilitch (Lenin) se hizo líder de los primeros. Con esto el Marxismo cobró mayor brío. En fin, los sufrimientos que les endurecieron bajo el régimen zarista los acercaban a su sueño de Palingenesia Social (resurgimiento y hegemonía del pueblo judío).

En grupos más o menos numerosos, los judíos se trasladaban a Estados Unidos, se nacionalizaban norteamericanos, regresaban a Rusia y hacían valer su nueva ciudadanía como hijos de una nación poderosa. El 15 de febrero de 1911, estando Taft en el poder, los judíos Jacobo Schiff, Jacobo Furt, Luis Marshall, Adolfo Kraus y Enrique Goldfogle le pidieron que como represalia contra Rusia fuera denunciado el Tratado de Comercio. Aunque la inmensa mayoría eran nacidos en las estepas (Rusia), y aunque eran hijos y nietos de otros también nacidos allí, ni el medio ambiente ni la convivencia de siglos los hacían claudicar de sus metas políticas ni de sus costumbres. Tal parecía que conservando sin mezcla su sangre conservaban igualmente sin mezcla su espíritu.

Las series de huelgas sangrientas adquirieron incontenible impulso, en ese entonces el Imperio Ruso se hallaba ya tan minado que malamente podía afrontar una guerra internacional. Por eso fue tan insensato y hasta inexplicable que se lanzara a una aventura de esa índole en 1914 (I Guerra Mundial), para apoyar a Serbia en contra de Austria-Hungría. El zar dio contraorden a fin de que no se realizara la movilización general y evitar el choque con Alemania, pero el Ministro de la Guerra, Sujofinov, y todo el Estado Mayor, presionaron al zar y se consumó la movilización. El movimiento revolucionario (Marxismo) proclamó que los obreros no tenían patria que defender, según la tesis marxista (Comunista) de que la idea de patria debe extirparse de las nuevas generaciones.

En Suiza se encontraba entonces desterrado Lenin y desde allí dirigía la agitación que combatía contra Alemania. Lenin alentaba desde el destierro a los revolucionarios para que contribuyeran a la derrota de Rusia en la guerra que sostenía contra Alemania y Austria. Tanto fue así que los alemanes le permitieron pasar por Berlín para que se internara subrepticiamente en Rusia, ya que su labor debilitaba al ejército ruso. Así fue como Lenin pudo llegar a San Petersburgo, donde un núcleo de 30,000 israelitas, acaudillados por Trostsky, habían organizado el cuartel general del movimiento marxista revolucionario. No tardaron en reunírseles Stalin y Trotsky. La promesa de que al triunfar la revolución se repartirían tierras a todos los proletarios fue tan halagadora «que las tropas querían dejar de pelear para llegar al reparto». Y así comenzó la última etapa del fin de la Casa Imperial Rusa.

El descrédito de la casa de los Romanof; la consigna leninista de que la derrota en el frente de guerra abriría el camino al triunfo de la revolución; las crecientes bajas y la miseria; la promesa de que un nuevo régimen daría tierras al proletariado; el relajamiento de la disciplina; las doctrinas de igualdad y supresión de las jerarquías, etc., convergieron por fin en el estallido de la revolución. Por otra parte, en ningún momento los iniciadores del Marxismo en Rusia carecieron de solidaridad y aliento de sus hermanos de raza ni en el extranjero. Unos la buscaban con el instrumento que su compatriota Marx les había heredado en el Manifiesto Comunista de 1848 y otros la procuraban con el instrumento del oro y las finanzas.

Dos distintos medios, pero un mismo fin. Y si el destino del mundo iba a jugarse en dos barajas de política internacional —el súper Capitalismo y el Marxismo—, los pacientes esfuerzos de los caudillos marxistas y de quienes los ayudaron desde el extranjero, desembocaron el 7 de noviembre de 1917 en el estallido de la Revolución Comunista. Mientras por un lado el malestar público crecía con la pobreza, por el otro las autoridades se esforzaban superficialmente en suprimir a quienes se valían de ese malestar como instrumento para una magna revolución.

Salvador Borrego; del libro "Derrota Mundial".





 

1 comentario:

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