miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL SARRE (Política y Religión): "Se advierten claros indicios de que el alemán está reencontrándose y rechazando la ignominia de mil años de dominación de sangre cristiana. Y después de exaltar la figura legendaria de Wedekin, héroe sajón medieval, pide la unión y la rebelión para 'dar la batalla final a la cristiandad'. 'El Estado Nazi profesa el Cristianismo'"




EL MOMENTO NAZI

La nota dominante después del plebiscito del 19 de agosto es -aparte la nueva corriente persuasiva para captar a los disidentes desperdigados- la batalla de propaganda que el Tercer Reich se apresta a incrementar en el frente del Sarre.

La Comisión de gobierno de la Sociedad de Naciones tiene un arduo trabajo, una delicadísima misión que cumplir. En enero de 1935 debe efectuarse la consulta al Pueblo sarrense, quien ha de decidir libremente su futura condición nacional: ¿con Francia, o con Alemania? El sentimiento espontáneo de los sarrenses les llevaría indudablemente a Alemania, como es muy probable que ocurra. Pero existen causas que permiten a los vecinos de Alemania confiar que acaso el Sarre recele del actual régimen en el Reich, y que prefieran, por lo menos, seguir bajo la tutela de la Sociedad de Naciones, en espera de tiempos más claros.

Ya hemos observado cómo en otro de los frentes de lucha hitleriana –Austria-, el sentimiento religioso ha hecho recelar de ciertas exageraciones míticas del racismo. Datos en qué fundar esta aprensión podrían acumularse fácilmente.

Tomemos uno recientísimo: el Órgano Católico de Prensa reproduce, bajo el calificativo de “una declaración fanática”, las siguientes palabras del Jefe de juventudes, August Hoppe: “Se advierten claros indicios de que el alemán está reencontrándose y rechazando la ignominia de mil años de dominación de sangre cristiana.” Y después de exaltar la figura legendaria de Wedekin, héroe sajón medieval, pide la unión y la rebelión para “dar la batalla final a la cristiandad". Pero contra estos exabruptos se levanta la palabra del mismo Adolf Hitler, quien en su discurso de hace una semana en Hamburgo, dijo:

"El Estado Nazi profesa el Cristianismo (si bien le añade el epíteto de positivo)”. Y un Periódico de Westphalia acaba de escribir: Hitler ha defendido la religión, aboliendo el Movimiento Ateo”. Pero las palabras de la polémica interior no pueden estar controladas directamente por el Gobierno. Lo indiscutible es que el Canciller-Presidente tiene un deseo especial en atraerse a la opinión del Sarre, donde un 70 % son católicos, supuesto que sea cierto el gran desvío de que hablan algunos periódicos. Para el domingo se anuncia una aparatosa manifestación Nacional-Socialista en Coblenza. Será una de esas apoteosis que tanto enardecen a los más tibios. El reto del Congreso Israelita, reunido en Ginebra, contra el Nacional-Socialismo, no viene a agravar las ya duras condiciones del comercio exterior alemán.

Hitler no se arredra. Está decidido a polarizar de una manera absoluta la fe y la voluntad de triunfar de todo el Pueblo. No le inmutan tampoco las profecías siniestras de Mussolini en su arenga al ejército en maniobras.

Para contrarrestar el primer peligro, o sea el boicot internacional judio, el Tercer Reich procura abrir brecha en la barrera de amistades “aliadófilas” -valga todavía, o nuevamente, la palabra- que la rodea. Sus esfuerzos por concertar un tratado comercial con Polonia, que le garantice el suministro de numerosos productos en caso de posible guerra, denotan que el Gobierno Hitleriano es consciente de su verdadera situación. Pero el éxito no parece acompañar de momento a esos esfuerzos, ya que las dificultades sobre divisas tienen interrumpidas las negociaciones.

Entre tanto, la prensa extranjera, ávida de sensacionalismo alemán, ha hablado (porfiando que la noticia tiene fundamento), de que se había pensado en entronizar al Reichsführer. El hecho de haber, según se pretende, recogido “El Angriff” (órgano Nacional-Socialista) estas versiones, ha invitado a suponer que se aprovechaba la circunstancia brindada por la indiscreción extranjera, para lanzar la idea como globo de ensayo sobre la fervorosa exaltación de la opinión pública en la propia Alemania. Pero se nos escamotea una insinuación importante: ¿Con qué espíritu ha podido recoger esos rumores “El Angriff”? Porque bien podría ser una refutación, más que un eco. De todas maneras, es curioso (y esto es lo que parece alentar a los informadores demasiado oficiosos) que oficialmente no ha sido desmentida tamaña noticia. Será que en los medios oficiales de Berlín ni se la considera digna de un mentís oficial.


Agosto 25 de 1934.







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