lunes, 27 de mayo de 2013

MI ENCUENTRO CON EL FÜHRER (1): "¡Quizás sea una idiota más, pero he venido porque deseo ver al Führer. Acaba usted de confirmarme que hay millones que quieren ver y hablar con el Führer... no quisiera estar en el pellejo de los funcionarios encargados de las solicitudes, no, yo quiero verlo hoy."

Arquitectura Nazi en la Exposición Internacional del Arte y la Tecnología moderna en París, 1937

ASÍ LLEGUÉ HASTA ADOLF HITLER (Parte 1)

... Elbruz en esta edición publica en México el testimonio de una joven chilena que en al año de 1938 se entrevistó con el Führer Adolf Hitler en su despacho de la Nueva Cancillería del Reich en Berlín, texto reproducido de las ediciones chilenas del año de 1990 y del 2000 de las editoriales Asgard y Curiñancu, respectivamente, y tomadas de la versión realizada por Franz Pfeiffer.

Esta historia escrita por Juana Rosa Militz tiene las características de ser un sencillo y respetuoso testimonio del encuentro de una joven de 24 años con el hombre que dirigía los destinos de Alemania y el cual nos descubre de manera objetiva el pensamiento, las preocupaciones y la lucha de Adolf Hitler a quien reconocemos como el más preclaro defensor de la civilización occidental frente al Comunismo y las potencias plutocráticas... (Juan Pablo Herrera Castro).

"Te he contado que durante toda mi vida he salido de cuanto apuro me he encontrado gracias a cierto tipo de don especial, una mezcla de simpatía espontánea que muchos sienten al tratar conmigo y esa tozudez que me caracteriza que quizás ya habrás comprobado en mi correspondencia. Parece que desconcierto, pues parezco siempre de muy buen estado de ánimo y humor a pesar de lo azaroso de mi vida. Por otra parte, esto parece conservarse joven, algo que siempre comentan otras personas de mi edad; no te olvides mi querido y respetado camarada Pfeiffer que, a veces, suelo coger la bicicleta de un vecino y partir riendo en ella por las calles del pueblecito una 'viejuga' de 66 años..."

Bien, esa forma de ser creo que fue determinante aquel día cuando tras haber probado por varias semanas en las más distintas oficinas y estancias mi suerte, decidí que "hoy" hablaría con el Führer y nadie podría impedírmelo, salvo él mismo, por supuesto.

Era muy temprano. Me coloqué mi mejor uniforme partidario, repasé mi aspecto general. Hablando con vecinos y el portero ensayé expresiones faciales, etc. Por fin, cogí una cartera que repleté de documentos y, sin pensarlo más, quise parar un taxi anunciando con voz autoritaria: 

-¡Zur Reichskanzleir! (A la cancillería del Reich)

El pobre conductor prefirió no hacer comentarios limitándose a conducir raudamente hasta que bastante pronto nos detuvimos efectivamente en la calle Hermann Goering. Enfrente vivía el Ministro de Propaganda: Dr. Goebbels y un poco más allá, Joachim von Ribbentrop, de Relaciones Exteriores, de manera que pude ver gran cantidad de guardias uniformados y hasta deleitarme con los acordes de himnos y pequeños desfiles habituales de cambios de guardia. Eran apenas las 9 de la mañana, pero el ajetreo de ordenanzas y el ruido de automóviles oficiales o particulares era intenso; ello mostraba que la holgazanería de los milits viésemos años atrás en un viaje desde Prusia era desconocido en el Berlín Nacionalsocialista.

Pero no me di tiempo para observar el panorama más detenidamente, pagué a prisa al taxista y corrí por la escalinata, al fondo de la cual sabía yo que estaba la entrada oficial a la Cancillería. Me faltó un poco la respiración y apenas logré sonreír  al ser cogida por un ágil joven de uniforme negro, que me levantó en vilo antes de que pudiera avanzar o también caerme de bruces. Medía unos dos metros. "Es capaz de poner fuera de combate a un toro, con un solo puñetazo" me dije.

-Es que necesito alcanzarle, -balbuceé finalmente. -Se me olvidaron algunos documentos.

-Pues el señor subsecretario ya entró hace cinco minutos y es muy tarde para usted, -comentó él, como lamentándose de mi mala suerte.

De todas maneras hizo una seña a un ayudante tan imponente y agradable como él, indicándole me llevara adentro.

Sala de Mosaicos de la Nva. Cancillería (Albert Speer)
Por supuesto que había una confusión. Al recurrir yo a la primera disculpa que se me había venido a la cabeza, no tenía idea alguna de quién había llegado antes que yo, pero, mi mentalidad práctica me obligó a hacer uso de esta coincidencia de inmediato.

-Se trata de algo muy urgente para mí y esta en directa relación con el Führer... -dije en forma suplicante, rogando a todos los dioses no tener que mentir otra vez.

-Esa, parece, la última moda por aquí, todos los días sucede algo inesperado, en fin, veamos si te puedo ayudar camarada de Partido, venga, los de recepción no son agradables, ya les haremos entender.

Un hombre de civil, gordito y bajo, de amplios bigotes me solicitó mis documentos, anotando cuidadosamente todos los detalles, luego con visible cuidado echó un vistaso a mi cartera, fijó sus ojos en mí y asintió. No alcancé a darle las gracias cuando un joven oficial pardo muy elegante me indicó:

-Vamos por este pasillo, es como un atajo, mas largo quizás pero con menos complicaciones. Meissner acaba de salir de su oficina por unos momentos, de manera que no notará que usted llegó tarde a la conferencia en realidad...

Me inspiraba tanta confianza que quise decirle toda la verdad.

-¡Quizás sea una idiota más, pero he venido porque deseo ver al Führer -logré decir por fin.

-Naturalmente. Todo el mundo quiere ver hoy al Führer. Así de simple. No me diga que también trae uno de esos planes extraordinarios con que nos vuelven locos... -rió fuertemente. -¿Que tal si mejor volvemos a la ventanilla adecuada y usted solicita una audiencia como debe ser?

-Acaba usted de confirmarme que hay millones que quieren ver y hablar con el Führer... no quisiera estar en el pellejo de los funcionarios encargados de las solicitudes, no, yo quiero verlo hoy.

Ante mi pose determinante optó por el humor.

-Muy bien, si usted se compromete a cenar hoy conmigo, entonces veré que podemos hacer. Claro que no puedo asegurar nada.

-Prometido. ¡Y dejo el restaurante a su elección!

Sus profundos ojos azules me resultaron definitivamente como los de una persona honesta y simpática.

-Es un acuerdo solemne entonces. A las ocho en el Kurfuerstendamm. Venga. Puede que tengamos éxito, ya que conozco a Adolf Hitler hace mucho tiempo, soy antiguo miembro del Partido. Fíjese bien, caminaremos discretamente hasta donde están aquellos SS, es una de las antesalas de la oficina del Canciller mismo. En el momento en que se abra esa puerta tendremos que encontrarnos matemáticamente a un par de pasos de distancia; no nos apresuremos ni nos detengamos. Esté lista para saltar si es necesario. Espere unos segundos.

Se acercó hacia uno de los guardias, a quien mi nuevo amigo palmoteó la espalda y a quien, cuadrado como una estatua, no dejó de sonreir.

Galería de Mármol de la Nva. Cancillería (Albert Speer)

Todo sucedió en forma inesperada. La alta puerta se abrió de pronto, todos adoptaron la posición firme y surgió un pequeño civil, un mozo de librea y dos o tres militares de uniforme extranjero, tras ellos distinguí nada menos que a Rudolf Hess y entonces a... Adolf Hitler, que se despedía de un diplomático, que mantenía su sombrero de copa en la mano izquierda con evidentes deseos de deshacerse de él. Mi amigo se hizo de un lado procurando, de todas maneras, mantenerse lo más cerca posible de la puerta mientras me hacía un impaciente guiño de alerta.

El Führer permaneció por un breve instante en el umbral y ahí tuvo la oportunidad. Fue cosa de segundos; él pareció comprender la situación; seguramente no era la primera vez. Al darse vuelta la comitiva alejándose miró fijamente a mi guía pardo y esperó, luego dirigió su vista hacia mí, sus ojos parecieron penetrarme y luego hizo algo como un mohín de aprobación.

Vestía su tradicional uniforme del Partido, aunque me di cuenta de inmediato que no lleva botas; si figura era imponente, elegante su rostro, bastante más fino y expresivo que el de las fotos de siempre; irradiaba su inusitada tranquilidad y parecía sentirse muy a gusto. Sin duda, la reciente entrevista había sido agradable. Por fin exclamó:

-Hola Lingmann, usted siempre con estas sorpresas. ¡No me venga con cosas, quiero saber que desea esta simpática y joven dama!


Juana Rosa Militz; tomado de la Revista Elbruz: Altus Vexilum. (Agradecimiento especial).









1 comentario:

  1. Vale, sí, arquitectura nacionalsocialista y todo pero, ¿no es una obra de Vera Mújina (soviética) la expuesta en la primera imagen?

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