domingo, 16 de junio de 2013

MI ENCUENTRO CON EL FÜHRER (4): "Nuestras jóvenes hoy no se pintan ni maquillan según la famosa "moda". ¡Y es tan bello observarlas en su aspecto natural! Basta con comparar las revistas norteamericanas con las nuestras. Nuestros enemigos quieren la idiotez masiva, de manera que nadie piense por su cuenta. ¡Y no pararán allí! Infectarán a todos los pueblos de santa tradición en el aspecto cultural."



ASÍ LLEGUÉ HASTA ADOLF HITLER (Parte 4 y Final)

-Dígame una cosa: ¿Cómo ve usted el desarrollo de nuestros niños? ¿Reciben una educación adecuada?

-Creo que esta generación va a ser la mejor de todos los tiempos, mi Führer. Durante los juegos olímpicos, pude observar cómo los extranjeros se maravillaban con el comportamiento de los niños; su cortesía, su verdadero entusiasmo por asistir a la escuela, por ejemplo. (¿A qué niño le agradaba la escuela antes?)

-Debimos repartir muchísimos folletos explicativos, pues los desconfiados imaginaban simplemente una acertada organización propagandística. Por suerte, nuestra difusión fue exitosa y acertada.

Pero: ¿Aprenden lo que realmente necesitan y no simplemente esa cháchara a la que yo hago alusión en mi libro? He sostenido, que es inútil llenar las cabezas con teorías o conocimientos sin aplicación. ¿Ha cambiado eso?

-Es posible que queden unos viejos maestros que jamás podrán cambiar, pero son una ínfima minoría. Los textos de estudio demuestran que no solo es fácil aprender cosas útiles, sino que también en forma amena. El cambio de mentalidad es muy natural en muchachos y muchachas. Interviene, por supuesto, el hecho de que ya no hay diferencias socio económicas.

Este comentario satisfizo a Adolf Hitler más que cualquier otra de mis intervenciones.

-Sí, cada cual recibe la enseñanza y con todas las ventajas que podamos conseguir. Entonces se destaca aquel alumno por sus reales condiciones innatas. Es uno de los mayores logros del Nacional Socialismo, el de haber logrado unir al pueblo en torno a un ideal común, desterrando todas esas rivalidades que surgían por influencias extrañas. Nuestras jóvenes, por ejemplo, hoy no se pintan ni maquillan, ni se disfrazan según la famosa "moda". ¡Y es tan bello observarlas en su aspecto natural! ¡Cuántas divisas se dilapidaban antes únicamente en la importación de pastas y menjunjes inútiles! Basta con comparar las revistas norteamericanas con las nuestras. Por allá las mujeres parecen usar máscaras y llegan a los sacrificios para vestirse en forma, por lo demás, incómoda.

Ahora no hablemos de sus diversiones: música estridente, ajena a toda cultura definida. ¡Y no pararán allí! Infectarán a todos los pueblos de santa tradición en el aspecto cultural.

Nuestros enemigos quieren la idiotez masiva, de manera que nadie piense por su cuenta. Nosotros sabemos el daño que la moderna Psicología Judía puede inyectar. Es toda una Orquesta.

Entonces súbitamente se puso de pie y se levantó graciosamente de mi mullido sillón. Era el fin de la entrevista. Para mí había transcurrido una eternidad o apenas cinco minutos, no lo sabía.

Sin darme cuenta, me había instalado como si estuviera de visita en casa de viejos conocidos o dispusiera de largas horas de entretenimiento. Poco a poco, había vuelto a mi tranquilidad habitual. Él pareció buscar algo, miró sobre una pequeña mesa, pero descartó enseguida alguna idea.

-Me hubiera gustado darle algo como recuerdo, - dijo - pero supongo que esas cosas (señaló unas cajitas relucientes) no son aptas para usted. Se trata de encendedores y cigarreras; una genial idea de Goebbels: así no necesitamos cada vez inventar alguna nueva medalla recordatoria. Como yo no fumo, a veces ni siquiera me acuerdo y es posible que haya ofendido a algún diplomático por no darle más. En fin, Meissner siempre sabe de esos detalles y los arregla.

Tras pulsar un botón, me acompañó lentamente hasta la gran puerta.

-Mi querida amiga. Ha sido un gran placer. Ya Lingmann se comunicará con usted. Ahora tengo que volver a mi trabajo - dijo suavemente, con un apretón de manos, que me hizo olvidar otra vez todo el protocolo que debía de haber observado.

Entonces mi amigo del uniforme pardo con amplia sonrisa, se plantó ante mí y yo apenas alcancé a ver cómo el Führer desaparecía. 

Me sentí aturdida. Noté enseguida las miradas de los curiosos.

Vi incluso personal femenino, reconocía a la señora Gensie, de la oficina del Mariscal Goering.

Caminé muy erguida, silenciosa y lenta por el corredor, mientras mil ideas y reproches me rondaban la cabeza. ¿Por qué ni siquiera le di las gracias, en tal instante? ¿Por qué no fui capaz de alargar el tema? ¿Qué impresión pude haberle causado yo? En fin, lo que nunca hubiera imaginado, aun conservo fresca en mi memoria toda la conversación y juraría que he puesto por escrito en perfecto orden todo lo hablado ya hace tantísimos años.

¿Qué será de esos gallardos oficiales? ¿Quedará algo en pie del restaurante, cuando por la noche, celebré con todas mis amistades? ¿Cuántas tragedias no sufrió años más tarde ese mismo barrio?

Ahora que estoy anciana, la nostalgia me invade muy a menudo.

No me faltaron en mi vida las experiencias de toda índole, penosas y alegres, pero ninguna fue de la magnitud de la de aquella mañana en la Cancillería.

"Todo ha pasado, todo se ha ido, tú mismo ya no eres tan joven mi querido camarada Pfeiffer, pero seguramente alcanzarás a tomar parte en ese futuro que veo tan próximo, desde que las señales de un resurgimiento masivo del Nacional Socialismo hicieran sonar el tambor llamando otra vez al combate".


Juana Rosa Militz; tomado de la Revista "Elbruz Altus Vexilum". (Agradecimiento especial).








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