viernes, 4 de octubre de 2013

ADOLF HITLER 53 (color): "La Democracia fundada en la autoridad del número suprime la responsabilidad de los Líderes. ¿Puede hablarse de asunción de responsabilidades cuando, después de un desastre sin precedente, el gobierno culpable se retira, o cuando la mayoría cambia, o cuando el Parlamento es disuelto?"

"El conductor no es enemigo de las masas. Detesta solamente el barato método de una cobarde demagogia, que da al pueblo frases en lugar de pan." (Dr. Goebbels)

LA AUTORIDAD DEL NÚMERO O LA RESPONSABILIDAD DEL LÍDER

La Democracia fundada en la autoridad del número suprime la responsabilidad de los Líderes. He aquí el carácter más notable del Parlamentarismo: se elige cierto número de hombres (también mujeres desde hace algún tiempo), por ejemplo, quinientos; y a partir de ese momento, a ellos les compete tomar, en todo, decisiones definitivas. Prácticamente son el único gobierno. Ellos nombran un gabinete que parece dirigir los negocios del Estado; pero esto no es más que una apariencia. En realidad, este pretendido gobierno no puede dar un paso sin haber ido antes a mendigar el asentimiento de toda la asamblea. Así no se podrá hacer responsable al Líder de nada; pues, la decisión final es siempre la del Parlamento, nunca la suya. Siempre es solamente el ejecutor de todas las voluntades de la mayoría. No se podría apreciar justamente su capacidad política sino por el arte con que sabe ajustarse a la opinión de la mayoría, o hacer que la mayoría se adhiera a su opinión.

Pero cae así del rango de verdadero gobierno al de indigente ante cada mayoría. No tiene ya tarea más urgente que la de ganar, de tiempo en tiempo, la aprobación de la mayoría existente, o bien tratar de suscitar una nueva mejor orientada. Si lo consigue, podrá seguir "gobernando" por algún tiempo; si no, no le queda más que irse. La precisión de sus apreciaciones no desempeñan en esto ningún papel. Así, toda noción de responsabilidad es prácticamente abolida.

El Parlamento toma una decisión: por catastróficas que puedan ser sus consecuencias, nadie será responsable de ellas, nadie puede ser llamado a rendir cuentas. Pues, ¿puede hablarse de asunción de responsabilidades cuando, después de un desastre sin precedente, el gobierno culpable se retira, o cuando la mayoría cambia, o cuando el Parlamento es disuelto? ¿Puede hacerse responsable a una mayoría flotante de individuos? La idea de responsabilidad, ¿tiene alguna significación si la responsabilidad no es asumida por una persona determinada? ¿Se puede, prácticamente, hacer asumir a un jefe de gobierno la responsabilidad de actos cuyo origen y cuya realización emanan de la voluntad y de la inclinación de una multitud de individuos?

La labor de un dirigente parlamentario, ¿no reside menos en la concepción de un plan que en el arte de hacer comprender el valor de este plan a un rebaño de carneros de cabeza hueca, para solicitar en seguida su benévola aprobación? El criterio del estadista, ¿es poseer en el mismo grado el arte de convencer y la inteligencia necesaria para distinguir las grandes líneas y tomar las grandes decisiones?

¿Queda demostrada la ineptitud de un jefe por el hecho de que no logre convencer a la mayoría de una asamblea, verdadero tumor, que ha invadido el organismo en condiciones más o menos adecuadas? Por lo demás, ¿se ha visto alguna vez que una multitud comprenda una idea antes de que el triunfo de ésta haya revelado su grandeza? Toda acción genial, ¿no es aquí en la tierra una ofensiva del genio contra la inercia de la masa?

Así, ¿qué debe hacer el político que no logra ganar con halagos el favor de esa muchedumbre? ¿Debe comprarla? O bien, ante la estupidez de sus conciudadanos, ¿debe renunciar a emprender las tareas cuya necesidad vital ha reconocido? ¿Debe retirarse? ¿Debe quedarse? ¿Cómo puede un hombre digno de este nombre resolver este problema; aceptar semejante situación, respetando, al propio tiempo, la decencia o, más exactamente, la honradez? ¿Cuál es aquí el límite entre el deber para la comunidad y las obligaciones del honor? El verdadero Líder, ¿no debe prohibirse métodos que lo rebajen al rango "politiquero" de cantón?

Y a la inversa, un "politiquero" de cantón, ¿no se sentirá inclinado a hacer política por el hecho de que nunca será él mismo, sino una multitud anónima, la que finalmente soportará el peso de las responsabilidades? Nuestro principio parlamentario de la mayoría, ¿no debe acarrear la destrucción de la noción de mando? ¿Es posible todavía creer que el progreso humano venga, por poco que sea, del cerebro de una mayoría y no de la cabeza de un hombre?


Adolf Hitler; de "Mi Doctrina."







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