sábado, 8 de febrero de 2014

MAGDA GOEBBELS 1 (color): "En el primer plano se halla la madre como educadora. Ella toma sobre sí la sagrada misión de despertarlos, de fomentarlos o reducirlos, en definitiva, de crear al Ser Interno. Obediencia, amor a la verdad, lealtad al deber, bondad, formalidad, limpieza… todas éstas son cosas que la naturaleza no nos da completas, sino que deben ser aprendidas duramente. El hombre educa con dureza, la madre con amor. Orgullo sin límites y profunda preocupación alternan y dejan templar su corazón."


LA MADRE: GUÍA ESPIRITUAL

¡Madre! En esta palabra se resume todo lo que para el ser humano significa infancia, juventud y Patria, y en esta palabra se encierran todas las penas y bienaventuranzas que la vida terrena nos depara. Dolor profundo y supremo gozo, es algo que sólo puede vivirlo una madre. Paciente ya por naturaleza, su camino de penas y su tarea misma comienza en el momento en que concibe a su hijo. Corporal y anímicamente sacrifica todo al ser futuro, y esta entrega y sacrificio se elevan al máximo cuando regala la vida al niño.

Ahora, temerosas y silenciosas, esperan; dejan paso a preocupaciones reales y serias obligaciones. Los diarios esfuerzos por el desarrollo del niño, la continua inquietud por su salud, el trabajo sin descanso y las noches en vela, tienen como recompensa más preciada su primera sonrisa, su enternecedora torpeza y desamparo y encuentran su propia dicha en el buen desarrollo del niño. Bajo su protección crece lentamente hacia un hombre sensible y con entendimiento.

En el primer plano se halla la madre como educadora. Lo que al niño le fue dado en valores anímicos del padre y la madre a través de la sangre, - todas las cualidades heredadas, virtudes y defectos - dormitan en él, y ella toma sobre sí la sagrada misión de despertarlos, de fomentarlos o reducirlos, en definitiva, de crear al Ser Interno. ¡Cuánto infinito trabajo, cuántas preocupaciones y esfuerzos, cuánto amor y dureza necesita un tal corazón de mujer, hasta que de un ser pequeño que casi germina, se hace un niño sensato!

Obediencia, amor a la verdad, lealtad al deber, bondad, formalidad, limpieza… todas éstas son cosas que la naturaleza no nos da completas, sino que en mayor o menor grado deben ser aprendidas duramente. Escuchemos en este instante nuestros primeros recuerdos, y así la voz amonestadora y bondadosa de nuestra madre resonará en miles de ocasiones, pequeñas y grandes, demostrándonos que lo que hoy llevamos dentro, casi sin darnos cuenta, ha sido laboriosamente inculcado por ella.

Hasta aquí nos ha cuidado y protegido ella sola. Ya se acerca el día en que debe compartir estos deberes: el primer día de clase. Con ardiente impaciencia y orgullosa alegría es ansiado por el niño, y también por la madre, pero con inquietas preocupaciones y cierto pesar del corazón. Su más propio ser, hasta entonces exclusiva propiedad, su uno y todo, debe pasar a manos extrañas. Y no sólo el colegio, también el padre exige ahora su derecho como educador. El hombre educa con dureza, la madre con amor. Cuanto mayor su dureza, tanto mayor su amor y con este amor continúa todo su comportamiento, obrando compasivamente y atenuando. Orgullo sin límites y profunda preocupación alternan y dejan templar su corazón.

Pero el tiempo más duro aún tiene que llegar: los años tempestuosos del niño. Sin éste saberlo, ella lucha con él en todas las penas de su tiempo. Su empuje hacia la independencia espiritual es vivido por ella y la eterna lucha generacional es soportada por ella con infinita paciencia. La juventud se interesa en todo de forma impetuosa, se siente incomprendida por la madre. Sus puntos de vista juveniles y sus fines son los únicos que le parecen aceptables y buenos. Abierta o subrepticiamente, empieza aquí el duelo entre dos generaciones, en la cual una parte debe resignarse con la comprensión y el perdón y la otra empuja hacia adelante con un egoísmo que no atiende a razones.

Más que antes por la salud y el desarrollo del niño, sufre ahora la madre en el corazón. El refrán: “los niños pequeños pesan a la madre en el regazo, los niños grandes en el corazón” encuentra aquí su amarga verdad. Comprendiéndolo y perdonándolo todo, siempre dispuesta a perdonar y ayudar, así se halla la madre en los años de nuestro desarrollo espiritual, siempre a nuestro lado, y ninguna ofensa o falta - por mayor que sea - podrá reducir su amor. Se acerca el tiempo en el cual los niños han crecido y entran en la vida. Con todo el alivio aparente que esto parece que vaya a ser para la madre, la preocupación por ellos no la dejará descansar. Un hijo está en la lejanía y el otro se ha casado, pero el futuro de cada uno de ellos, lo vivirá la madre como si fuera el propio.


Del libro: “Unsere Zeit und Wir” (Das Buch der deutschen Frau). Editorial Heinrich A. Berg de Gauting, cerca de München 1935.







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