domingo, 9 de marzo de 2014

ROBERT LEY 1 (color): "Sobre esta Tierra, creo únicamente en Adolf Hitler. Yo creo en un Dios Supremo que me creó y que me guía; y creo firmemente que este Dios Supremo nos envió a Adolf Hitler a nosotros."



25 DE OCTUBRE DE 1945

Algunos lloran de rabia y desesperación; otros rezan pidiendo justicia divina; incluso hay quienes acaban de superar una sesión de interrogatorio y se retuercen de dolor en el suelo, luchando con todas sus fuerzas para no perder la conciencia.

Las torturas físicas y psíquicas más brutales y las vejaciones más inhumanas, son el precio que estos hombres han de pagar por su fidelidad absoluta al Nacional-Socialismo, a su Patria, a su Pueblo y a su Führer, Adolf Hitler. Algunos de ellos ven sus caras bañadas en excrementos humanos, casi dos centenares de valientes S.S. arrastraron de por vida secuelas en sus genitales, fruto de los interrogatorios, a otros pobres desdichados les introducen fósforos encendidos bajo las uñas o les arrancan los dientes con tenazas...

Así aplican las democracias su "ejemplar justicia". El Senador norteamericano Joseph Mc Carthy declaró cuatro años después a la prensa de su país:

"He escuchado a testigos y he leído testimonios que prueban que los acusados fueron golpeados, maltratados y torturados con métodos que no podían haberse originado sino en cerebros de enfermos".*

Hay quienes no soportan el martirio y se desmoronan ante los vencedores; pero muchos de ellos resisten todas las embestidas de sus sicarios con una fortaleza sobrehumana, más propias de los legendarios dioses germanos, que de simples mortales hijos de la misma Alemania. El tormento que aún les espera, y que serán capaces de aguantar sin ceder ni un ápice ante sus verdugos, es una de las mayores gestas de honor y valentía que podemos encontrar en los interminables caminos que forjan la historia de la humanidad.

A la mayoría de estos hombres aún les queda por delante largos meses de agonía inimaginables; pero a él no. Con él no han podido, no se ha dejado doblegar. Él ya es libre. Los rostros de los carceleros se encienden de rabia, rojos como el fuego, montan en cólera. No creen lo que ven. El reo ha escapado.

Entre las cuatro pequeñas paredes que conforman el angosto habitáculo la vida ya se ha desvanecido. Sólo los gritos de los torturados y las sádicas mofas de sus verdugos rompen desde la lejanía el sepulcral silencio que reina en su celda. Unas endebles tiras de tela, arrancadas de una toalla y atadas entre sí, hacen las veces de cuerda, asida a una oxidada cañería. En el otro extremo de la improvisada soga oscila suavemente, como el péndulo de un viejo reloj, el cuerpo sin vida de Nuestro Héroe. Ha elegido ya su destino, el mismo que su amado Führer. No ha querido dar a sus carceleros la satisfacción de seguir viéndole sufrir, ni por supuesto, el placer de ejecutarlo.

Ha sido derrotado. Sí; pero sólo materialmente, pues su espíritu es tan libre como el viento y sus captores jamás lograrán someterlo. Los golpes no pudieron arrancar de entre sus labios confesiones de falsos crímenes. Incluso cuando su mente rondaba ya el delirio, fruto de las vejaciones sufridas, supo mantenerse como lo hizo siempre: fiel a su ideal. ¿Quién era este hombre a quien el olvido, tan injustamente, quiere arrastrar consigo?

Podemos decir con total seguridad que fue un hombre con una fortaleza interior envidiable, que jamás en su vida se dio por vencido. Un hombre que dedicó su vida a luchar por la justicia social, logrando conceder a su Pueblo unas condiciones de vida colosales; condiciones inimaginables allá donde reina la democracia. Fue capaz de materializar el sueño que un día hizo despertar a Alemania, el sueño del Socialismo de Adolf Hitler, sueño que llevó a la práctica a lo largo de su vida como uno de los más íntimos colaboradores del Führer. Gran patriota y gran europeísta. Su fe en Hitler y en su ideal era sólo comparable a la fe divina, que como acérrimo católico guió siempre su vida. Qué mejor, para entender su visión, que repetir sus propias palabras, pronunciadas en un discurso en elaño 1938:

"Sobre esta Tierra, creo únicamente en Adolf Hitler. Yo creo en un Dios Supremo que me creó y que me guía; y creo firmemente que este Dios Supremo nos envió a Adolf Hitler a nosotros."


*Algunos ejemplos de testimonios aliados representativos, escogidos entre otros muchos. El fiscal principal británico Sir Hartley Shawcross, dijo en 1948: "El proceso de Nuremberg se ha transformado en una farsa, me avergüenzo de haber sido acusador de Nuremberg como colega de estos hombres, los rusos." El juez norteamericano Wennersturm, se vio obligado a dimitir de su cargo en Nuremberg por considerar que su participación en semejante mascarada, suponía para él y para la justicia americana una profunda deshonra. Esta opinión fue también compartida por el senador americano Robert A. Taft, quien dijo en una ocasión: "La muerte en la horca de estos diez hombres, es para América una lacra que nos abrumará por mucho tiempo."


Pablo Saz; de "Nuestros Héores".








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