viernes, 4 de abril de 2014

DIETRICH ECKART 1: "¿En cambio, qué es lo que hace el investigador histórico? Intenta esclarecer aquello que se sale de lo común remitiéndose al propio contexto que lo circunscribe, al marco de los actores estatales destacados que intervienen en ello."


EL HOSTIGADOR HISTÓRICO

“¡Ya lo tengo - exclama Hitler -, ya ando encaminado! El astrónomo tiene su propio método. Pongamos por caso que lleva Dios sabe cuánto tiempo observando una determinada constelación de estrellas. De pronto se da cuenta de algo: ¡Rayos y truenos, aquí tiene que pasar algo! Habitualmente suelen guardar tales y tales magnitudes entre sí, y no éstas. Se deduce que debe haber un influjo perturbador oculto en alguna parte.

Entonces calcula y calcula sin cesar, hasta postular con exactitud la posición de un planeta que, a pesar de no haber sido contemplado aún por el ojo humano, tendrá necesariamente que hallarse localizado ahí, como algún buen día se pondrá en evidencia. ¿En cambio, qué es lo que hace el investigador histórico? Intenta esclarecer aquello que se sale de lo común remitiéndose al propio contexto que lo circunscribe, al marco de los actores estatales destacados que intervienen en ello.

No se le ocurre pensar que pudiera haber por ahí un influjo oculto que anda manejándolo todo en una dirección determinada. Y sin embargo éste existe. Se encuentra ahí desde que existe la Historia.

Ya sabes cuál es su nombre. El judío.”

“¡Vaya que sí, pero pruebas, hacen falta las pruebas!” - repongo yo. “A mí personalmente éstas me resultan más que tangibles en los últimos cincuenta o cien años; pero también retrotrayéndome mucho más atrás, a la postre incluso hasta antes de Cristo.”

“Querido amigo - me repone Hitler a su vez -; si leemos en Estrabón que ya en su propia época, aún reciente el nacimiento de Cristo, apenas quedaba ya lugar alguno del orbe conocido que no se hallase dominado por los judíos, dominado, escribe, no habitado; si unas cuantas décadas antes, en el senado, al viejo Cicerón - que digo yo que no carecía precisamente de poder - le entra tembleque de rodillas cuando en su conocido discurso apologético llega el momento de hacer hincapié en el gregarismo judío y la gigantesca influencia que tiene:

...quedamente me expresaré, con objeto de que únicamente los jueces sean los que alcancen a escucharme. En caso contrario, los judíos me pondrían en la picota en medio de un infierno desatado, tal como suelen hacer con todo varón devoto. No es mi ánimo alimentar su molino...

Y si a otro que tampoco es que fuera un cero a la izquierda, sino un tal Poncio Pilato. Procurador del César de Roma, viendo como los judíos habían movido todos los hilos necesarios ante Augusto antes de que le hubiera dado tiempo siquiera a pestañear, no le quedó otro recurso que lavarse las manos y acabar sentenciando a muerte a Cristo a sabiendas de su inocencia:

Por los dioses, allá ustedes con sus turbios manejos.

Si vemos todo eso, ¡entonces hasta un niño cobraría conciencia de lo muy explícitas que resultan ya las pruebas por aquel entonces!”

Hitler coge el Antiguo Testamento, y tras una breve búsqueda apela a mi atención:

“¡Aquí, míralo tú mismo, aquí está la receta con la que los judíos cocinan ancestralmente su sopa del demonio! Los antisemitas como nosotros somos tipos poco recomendables. Siempre andamos husmeándolo todo; sólo que a veces pasamos por alto justo lo más importante.”

Entonces Hitler lee con potente voz, matizando cada palabra:

"Revolveré a egipcios contra egipcios, peleará cada cual con su hermano, y cada uno con su compañero, ciudad contra ciudad, reino contra reino. El espíritu de Egipto quedará quebrantado en su interior, y sus planes anularé. Y entonces consultarán a los ídolos, a los brujos, a los augures y adivinos en busca de agüeros."

Sonríe amargamente y dice Hitler: “Sí, y entonces consultarán al Dr. Cuno, al Dr. Schweyer,  al Dr. Heim y a toda la chusma habida y por haber de augures y adivinos, que cómo es que se ha desembocado en semejante pocilga; y ellos les contestarán en tono recriminatorio:

Son ustedes los propios culpables. Carecen de conciencia y disciplina racial, de fe; el provecho propio y la pedantería son lo único que cuentan para ustedes. Y ahora resulta que van a ser los judíos los culpables otra vez. Pero cada vez que los pueblos han tenido necesidad de un chivo expiatorio ha ocurrido así. Siempre en tales ocasiones se ha desahogado todo sobre los judíos, cebándose en su tormento. Únicamente a causa de que tenían dinero; a causa de que no podían defenderse. ¿Es acaso de extrañar entonces que pueda haber algún judío aislado que se haya pasado de la raya? En todas partes hay ovejas descarriadas; como si no hubiera multitud de judíos decentes, vamos. Lo que deberían hacer es tomar ejemplo de ellos; de su religiosidad, de su sentido familiar, de su frugal conducta de vida, de su predisposición al sacrificio, y especialmente de su solidaridad mutua. ¿Y qué hacen ustedes mientras tanto? Andan a la greña como perros y gatos, esto es la locura desatada.

“Y así, mientras estos augures y adivinos continúan interminablemente con su cháchara, una vez que todas las casas, pero claro está, sólo las judías, tengan ya la marca de sangre, llegará la noche en que las masas soliviantadas, conducidas por judíos, irrumpirán en el resto de las casas para caer sobre los primogénitos de Egipto de turno, y esta vez no sólo sobre ellos.”

“¿Qué fue si no lo que pasó aquí en Múnich durante la época de los consejos?” - dejo caer yo -. “Aunque las casas de los judíos no estuvieran explícitamente marcadas con sangre, tuvo que haber algún tipo de oculta consigna impartida, ya que entre los numerosos registros domiciliarios efectuados ni uno sólo tuvo lugar en casa de un judío. Ante la pregunta al respecto que le hice a uno de los obtusos brigadistas rojos que entonces me tenían bajo custodia, éste se limitó a declarar que las de ellos estaba prohibido registrarlas. Tanto es así que ni uno sólo de los detenidos era judío, quitando al tal profesor Berger, al que si le cogió el toro fue sólo porque solía ausentarse largas temporadas de Múnich y además el hombre encima era el más huraño del mundo, con lo que los demás judíos ni le conocían.

Cuando quisieron intervenir ya era demasiado tarde. Pese a ello, esta muerte les vino muy apañada: los cuentos de ghetto suscitados por este Mordecai del demonio no se han dejado ningún acento en el tintero. Ahora vayámonos a París, año 1871: aquí también siguió su curso programado el veto restrictivo de atacar a cualquier judío. Los comuneros sólo destruían aquello que les estaba permitido; en conjunto los muchos palacios y mansiones que tenían los Rothschild quedaron intactos. Así comprende uno ahora cuál era el papel reclutador de Moisés, a través del cual los judíos sacaron también de Egipto a numerosa chusma del pueblo.”

“En aquella ocasión la sedición sólo les salió a medias - completa Hitler -, en el último momento los egipcios volvieron a sobreponerse y fueron a ver si mandaban ya al infierno para siempre a los judíos, incluida la chusma del pueblo. Para tener que llegar ya a ese extremo todo ello tuvo que haber ido precedido de una lucha progresivamente enconada de aspecto terrorífico. Cosas como la del sacrificio de los primogénitos delatan sobradamente este extremo. 

Los judíos se habían apoderado de la voluntad de la gran masa del pueblo, de la misma forma en que hoy ocurre entre nosotros. Primero libertad, igualdad, fraternidad, y luego la noche elegida paso libre ya a la consigna de ¡abajo con los tiranos potentados, acaben con esos perros!, pero entonces vino lo que nadie se esperaba: el reducto de egipcios que aún atesoraba conciencia nacional le dio la vuelta a la tortilla, y con el golpe Moisés y los Cohn y los Levi de turno salieron disparados por los aires trazando un gran arco, y sus infiltrados interiores detrás de ellos. 

La forma tan favorable a ellos como informa la Biblia del crudo hecho de que los obligaron a marcharse a todos resulta un testimonio que escamotea en su conjunto lo que pasó en realidad. Pero también es cierto que se le escapa decir al margen que los egipcios sintieron alegría por ello. Pero lo mejor sin duda es el consecuente pago que tuvieron que encajar los obtusos cómplices de los judíos: ya que tanto los adoraban antes, ahora se les quedaría para siempre el sobrenombre de la chusma del pueblo. Eso por haber sido tan buenos camaradas. En mi opinión deberían haber seguido haciendo buenas migas con ellos en el desierto.”

“La matanza de los 75 mil persas en el Libro de Esther comparte sin ninguna duda ese mismo trasfondo bolchevique.” - digo yo pasando a otro escenario -. “Los judíos no pudieron haber encauzado algo así ellos solos.”

“Como tampoco pudieron haberlo hecho cuando el temible derramamiento de sangre que diezmó a la mitad del Imperio romano bajo el emperador Trajano” - ratifica Hitler -.

“¡Cientos y cientos de miles de gentiles de inmaculada sangre fueron matados como bestias en Babilonia, en Cirene, en Egipto, en Chipre, la mayoría bajo los más espantosos martirios! Los judíos siguen regocijándose de ello aún hoy en día. El historiador judío Graetz exclama triunfalmente que si los diversos focos insurrectos de la sublevación hubieran actuado sincronizadamente, el inmenso coloso romano incluso podría haber recibido el golpe de gracia ya entonces.”

“Los judíos - hago notar yo - insultan nuestra conmemoración de Sedán tachándola de bárbara; en cambio, su celebración bianual del Purim en todas y cada una de las sinagogas - que todavía hoy sigue en pie, a pesar del inmenso período transcurrido - conmemorando su heroica gesta de 75 mil persas masacrados, les parece la cosa más normal del mundo.”

“Somos nosotros los que se lo consentimos.” - estima Hitler de modo cortante.

“Estamos ciegos; así que cómo vamos a ver tampoco la evidencia de lo que leemos. El jefe de la chusma, el casto José, llevaba ya largo tiempo haciendo las maniobras previas mucho antes de que tuviera lugar la primera refriega con los egipcios. Las siete vacas macilentas, los silos a reventar de grano, el faraón del momento totalmente apresado en las pinzas judías, y José, ¡el padre de la nación!, empieza a usurear con el grano disponible; de nada valen lamento tras lamento: el judío se mantiene férreamente en su cierre a cal y canto de los graneros, hasta que los egipcios a cambio de un poco de pan le entregan primero toda su plata, luego todos sus ganados, luego sus tierras de cultivo, y como remate echan al saco hasta su misma libertad.

La capital del Imperio bulle a reventar de judíos: el viejo Jacob se ha asentado en ella, sus hijos se han asentado en ella, y los hijos de sus hijos, y sus hijas, y las hijas de éstas, y toda su simiente, ahí va el revoltijo entero de detritus. Y José lloró largo tiempo de la alegría que sentía. Unos llantos curiosamente precedidos de esta frase: 

Yo les entregaré en propiedad lo mejor de Egipto, y comerán lo más abundante del país. 

Pero después de muerto ya este glorioso ciudadano egipcio de fe judía, a la edad de ciento diez años, llegó otro faraón, que ya nada sabía de José, al que le asaltaron el miedo y el recelo ante la amenazadora extensión que había alcanzado la multitud judía en el ínterin. Tenía ciertos temores: No vaya a ser que en caso de guerra ésta se una con nuestros enemigos; vaya, parece que era más listo que Guillermo II, que en cambio esperaba recibir ayuda de su parte. Y entonces pone manos a la obra. Ahora los judíos iban a tener que trabajar. Inaudito, así como lo oyes: trabajar; sin misericordia, dice el cronista entre lamentos y quejidos. No es de extrañar que urdieran su venganza al respecto.

¿Para qué valía la chusma del pueblo si no? Aunque el adorado José ya era historia, tampoco faltaban en ese momento buenas calamidades, así que: ¡los terratenientes, los potentados, los poseedores! ¡Nadie más que ellos tenía la culpa de todo! ¡Proletarios de todo el mundo, uníos! Y las masas se lo creyeron, arremetiendo entonces contra los de su propia carne y sangre, pero sólo en provecho del pueblo elegido, que en realidad era el causante de todas sus miserias. Y encima en la escuela se nos explicaba en términos conmovedores la lección de la enternecedora historia de José y sus hermanos y hasta algún que otro profesor lloraba largo tiempo y todo.”

Guarda silencio, con la mirada abismada en esa Biblia del odio.



Dietrich Eckart; del libro “El Bolchevismo de Moisés a Lenin” (“Un diálogo entre Adolf Hitler y yo”)







2 comentarios:

  1. Le agradezco este interesante diálogo. Saludos!

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    1. Saludos Ed Rommel; me alegro que le fuera interesante.
      Saludos cordiales.

      Ana V.

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