martes, 1 de abril de 2014

HORST WESSEL 6 (color): "Al hablar de raza, lo que quería expresar era algo más ilustre y más cierto. Por el honor de la patria, si se es hombre, se muere. Es ineficaz el combate sin apóstoles. 'Mercader entre mercaderes, soldado entre soldados. ¡Es Horst Wessel! ¡Es Horst Wessel que vuelve cantando!'"


EL MÁRTIR DE LAS CATACUMBAS

 “Die Fahne hoch!, Die Reihen geschlossen! SA marschiert, mit ruhig und festen Schitz”

Es el himno de Horst Wessel, Nazi de las catacumbas. La letra vale poco, su sangre valió mucho. Siempre en las canciones alemanas valen más las melodías que las letras, demasiado particulares, intraducibles, racistas. Propende el romántico a emborronar conceptos, vertiendo y desbordando todo su ardor en la música. "Poseen una canción llamada ‘bardit’ con la que se excitan y auguran grandes triunfos. Tiemblan o hacen temblar, según el modo en que la entonan. Esta canción parece menos un sistema de palabras que un concierto de sentimientos y entusiasmos..."

Lean, lean el texto íntegro. De cuantos reportajes conozco, sobre la Alemania de Hitler, este es el único coherente e inteligible. Su título: "Germania". Su autor: Cornelio Tácito.

El Nazi de las catacumbas, mártir germánico, tenía asimismo, aunque no lo supiese, algo de gracia latina. Si los dioses de su estirpe eran protestantes, los dioses lares de su tierra eran católicos. Había nacido en el Rhin, un “limus”, sí, una frontera, pero "limus fluvial", movedizo y cambiante. Por los puentes del Rhin cruzaron tres legiones. A su orilla el magno Alberto enseñó el arte sin par del silogismo. No pasa Roma sin que queden huellas. Horst Wessel no lo dijo, porque se creía racista. Yo puedo decirlo porque, por español y católico, me creo dos veces anti-racista, o lo que es igual, dos veces romano.

En rigor, él no sacrificó su juventud por servir las divagaciones sin originalidad ni seriedad de Alfred Rosenberg, sino la tradición milenaria y profunda de la vieja caballería de Occidente. Al hablar de raza, lo que quería expresar era algo más ilustre y más cierto.

Su niñez en una casa antigua, con muebles de nogal y silencio noble. Un armonium en el ángulo de la sala. Las sonatas de Bach esparcen como un polvillo de oro por el aire. Me lo imagino una tare de lluvia diciendo el ‘musa-musae’ al fuego lento de la chimenea, mientras oye el menudo comer de la carcoma y el pausado latir de un reloj de cobre.

A veces estas impresiones de infancia son decisivas. Cuando hombres, somos buenos o malos por la imagen pálida de una tarde así, con declinaciones y verbos y una llovizna dulce en los cristales.

Dolor y pedagogía. Sus años de instituto coinciden con la inflación. Alemania pierde dignidad, al perder orden, medida y peso. Él no comprende bien, pero entrevé escenas muy tristes. Aquél general que cuenta viejas jornadas de amor y de guerra y de pronto se guarda unas pastas del té y se las mete en el bolsillo, mientras saluda con voz rota a las gentes y les besa la mano a las damas de alto copete. Y aquélla señorita, hija de un magistrado con toda la barba, aquella señorita a la que quizá él quería dedicarle un soneto y ahora la ve salir, cuando se encienden las luces, a cruzar las piernas en las terrazas y a darse una vuelta por los cafés, y a fumar cigarrillos y a colgarse, distraída, del brazo de cualquier americano. Cosas de echarse a llorar. Horst Wessel llora. De ese tiempo (1932-33) le queda para siempre una amargura en el alma y una melancolía precoz en los ojos. Es el “tedium vitae”, nuncio de vocaciones místicas. La vida le sabe a ceniza a los veinte años.

Una noche va con unos amigos extranjeros a enseñarles el Berlín nocturno que él mismo no conoce. "Oh, qué internacional es esto" le dice para halagarle, un turista estúpido. Por las mesas de los "cabarets" pasan vendedoras ofreciendo cocaína en doce idiomas y allá, en el fondo, un negro ñáñigo, cimbreante, dulzón y voluptuoso, está dale que le das a la calabaza de una rumba. Horst comienza a sentir una sensación de asco irresistible y unas ganas irresistibles de acometer, de pegarse con esa gente degradada. El lujo y el vicio le parecen lo que en realidad son: una injuria a la patria. A ese ser sencillo, honrado, fiel e intacto como una madre. Siguen la rumba, el champán y el aire con ojeras. Ya no puede más. Rojo de pasión y de vergüenza la emprende a golpes con los  cantantes. No le habían hecho nada a él personalmente, pero se lo hacían a su patria, a la tierra de sus padres, a la nobleza de una civilización, que ha tenido demasiados santos y demasiados héroes, y demasiados sabios para dejarse mancillar impunemente. Por el honor de la madre, si se es hombre, se mata: por el honor de la patria, si se es hombre, se muere.

Ya desde entonces su vida - que el film Horst Wessel narra en historia y leyenda - es presuroso afán de muerte. El hervor de la sangre le pide martirio a voces, como a Francisco Javier, ribera al mar de Asia. Ni en aquel momento ni después llegó a darse cuenta. Se marchó del mundo sin conocer el santo de su nombre. Le llamaban Horst y en verdad se llamaba Ignacio. Al menos, Iñigo de Loyola le llamó a él, con vocación obscura, a escoger compañía en el combate de las dos banderas. "A fin de que puedas exponer los motivos de tu partida a aquellos que quieran retenerte, les diré las razones que me han decidido”. Estas razones claras que el general jesuita le da a Javier, nadie se las expone al mozo renano. No fue suya la culpa si tuvo que guiarse por razones ahumadas del corazón confuso.

Ya va con su compañía por los barrios pobres, donde le reciben a balazos aquellos mismos cuyo bien procuraba. Es la época militante del partido, cuando las pruebas duras de los años difíciles. Cada tarde, a la hora del recuento, el capitán pinta cruces en las listas. Otros le pintan a Horst Wessel una mano negra, negra y enorme en su casa.

Su instinto de misionero le dice que es ineficaz el combate sin apóstoles. Como los proletarios no vienen a él, él va a los proletarios. Descenso a las catacumbas. Pide una plaza de peón en el metro y se mete gozoso en la boca del lobo. En las jornadas de labor, en diálogos sudorosos bajo el túnel, charla y discute, adoctrina y convierte, partiendo el pan con los compañeros de tajo y partiendo después el naipe en la taberna.

"Mercader entre mercaderes, soldado entre soldados". A imagen y semejanza del padre Ricci, tiene dos trajes. Se viste de mahón al amanecer y se reviste de uniforme al crepúsculo. Si no cuelga de sus hombros la túnica de mandarín, se enfunda en un sufrido azul mecánico, hasta aquel día, innoble entre los días, en que el plomo Marxista lo abate por la espalda. Desde entonces, cuando los SA cruzan la calle todos los chicos corren a las aceras y se dicen unos a otros:

"¡Es Horst Wessel! ¡Es Horst Wessel que vuelve cantando!"



Eugenio Montes. (1)


(1) Eugenio Montes Domínguez. Político, humanista y escritor español. Fue uno de los fundadores de Falange Española en 1933.







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