lunes, 14 de abril de 2014

LLOYD GEORGE 3 (color): "Alemania no puede en manera alguna aceptar mansamente la actual posición de absoluta y despectiva humillación que se le impuso. Si los vencedores se niegan a respetar por su parte su propio tratado, ¿cómo van a esperar que el vencido lo respete?"

                                 
 CONFLUENCIA DEL DANUBIO Y EL TÍBER

El Danubio y el Tíber han llegado políticamente a una confluencia. El Danubio alemán y checoslovaco, yugoslavo y rumano, sigue su viejo curso, y esto precisamente causa inquietud en sus riberas. Asimismo está alterado el Sena, en tanto que el Támesis se arrastra, como de costumbre, indolente y fangoso. Pero en ninguna parte se han producido desbordamientos.

Si Europa no se hallase en un estado sumamente nervioso, no habría motivo de alarma en el pacto de Roma entre Italia, Austria y Hungría, el cual tiene todo el aspecto de una transacción sana y beneficiosa entre amigos. Se funda en principios sensatos y prácticos. Viene a ser un esfuerzo para modificar, si no destruir del todo, algunas de las infranqueables vallas levantadas por el morboso nacionalista de la postguerra. El resultado de las restricciones y de la danza, de los cambios inestables, es que el único comercio internacional próspero sea el contrabando. El contrabandista se está conduciendo tan brillantemente como el “bootlegger” en la época de prohibición del alcohol en los Estados Unidos. Puede que no sea tan fácil pasar cerdos por las fronteras como botellas de whisky. Sin embargo, el campesino húngaro se las compone perfectamente. El nuevo pacto anima las negociaciones sobre tarifas aduaneras. En Italia son necesarios los cereales de Hungría. Pero por falta de un mercado favorable, el precio de los cereales húngaros está tan bajo que el campesino magiar se hunde en la miseria.

Por otra parte, Italia necesita un mercado donde colocar sus productos. Austria, obligada a respirar un oxígeno de préstamo, se ve rodeada de Estados semi enemigos que no la miran con gran afecto, y que si procuran que se conserve viva es por temor de que cayese en manos más peligrosas. Roma está dispuesta a hacer lo posible para ir y venir por el Adriático. Los negocios entre esos tres países han venido a menos a causa de las muchas y elevadas restricciones interpuestas.

El pacto de Roma tiene por objeto desarrollar las relaciones comerciales. De resultas de las mutilaciones de Saint-Germain, Austria y Hungría han sufrido mucho en materia económica. Será nombrada una comisión de peritos para estudiar una posible curación. Todo ello es muy razonable y sensato. No sólo no hay motivo para que las demás naciones se alarmen, sino que todas debieran tomar ejemplo en este rasgo de sentido común y práctico.

¿Cómo se explica, pues, que el Pacto haya causado un estremecimiento de desasosiego en tantos otros países? Una de las causas es la atmósfera mefítica de suspicacias flotantes sobre toda Europa. En cuanto Mussolini o Hitler pronuncian un discurso, tanto si Benes va a París o Dollfuss, a Roma, como si Pilsudski le estrecha la mano a un enviado Nazi, todo el mundo se pregunta:

“¿Qué estarán fraguando?, ¿Qué significa eso?, ¿Contra quién apuntan?”.

Invariablemente surge la duda de que se trata de alguna ofensiva contra uno u otro, y que se presenta un nuevo mal. Mussolini, en su discurso retador sobre el nuevo Protocolo, declaró que no perdía de vista este estado de los espíritus. Es el mayor realista europeo. Los que opinan que sus baladronadas son pompas de jabón, es que no han estudiado al hombre ni sus métodos. Puede uno ver con desagrado su manera de enfocar las cosas y sentir repulsión por sus principios de gobierno, pero lo que no se puede dejar de reconocer es que va allí adonde se propone, a lo que importa. Rasga el velo de bendita y pretenciosa fraseología que oculta el afilado puñal que llevan prevenidas las naciones pendiente del tahalí. Este género de oratoria es turbador, pero a la vez revela lo que no se veía. Estoy persuadido de que a la postre será una contribución a la causa de la paz. El desdichado ángel de la paz tiene las alas tan atadas y encogidas de vergüenza, que no puede volar por las salas de Ginebra. Mussolini, al menos trata de desligar esas ataduras. Su último discurso es esperanzador desde este punto de vista.

¿Y cómo es que entra en concierto con el doctor Dollfuss, el enemigo declarado del “Nazismo”, advirtiendo a todos aquellos a quienes la cosa atañe - lo cual quiere decir que alude principalmente a Alemania – que él está dispuesto a garantizar la independencia de Austria contra todo el que llegue, y esto a la vez que en el citado discurso apoya la reclamación alemana sobre armamentos?

La respuesta es simple y rectilínea constituyendo una sorpresa para diplomáticos y estadistas. Es porque cree en ambas cosas, en la independencia austríaca y en el rearme alemán, y está convencido de que ambas son condiciones indispensables para la paz de Europa. No quiere tener como vecina inmediata a Alemania en el Tirol. Preferiría encontrarse con sus amigos alemanes en cualquier punto antes que en el Brenner. Por consiguiente, se propone defender la integridad de Austria como Estado independiente y soberano. El doctor Dollfuss, físicamente representa la clase de nación vecina que Mussolini quiere: pequeño, firme, sonriente. Sabe que la independencia política de Austria es imposible si no se procura su independencia económica. Austria no puede seguir viviendo de los bocadillos que la Sociedad de Naciones le ofrece de vez en cuando, cada vez que clama hambrienta. Tarde o temprano la propia estimación de los austríacos se rebelaría contra una actitud de tan ruin pauperismo. A la postre su orgullo les dirigiría hacia la protección que les dieran en sus lares sus parientes poderosos del norte. Esto no convendría a Mussolini. Por eso entra en este arreglo comercial y económico que confía va a servir para que Austria rehaga sus negocios y para que pueda ganarse su subsistencia. Sabe que no puede proseguir mucho tiempo pendiente del socorro, y está resuelto a evitar que caiga en ser un pariente pobre de Prusia.

Pero al mismo tiempo se preocupa por no aparecer como hostil a Alemania. Quiere, en efecto, entrar en buenas relaciones con quien tanta preocupación le causa al pensar que pudiera ser su vecino contiguo. Pero mientras Alemania siga al otro lado de los Alpes bávaros, la ayudará en sus esfuerzos por obtener un trato leal contra la oposición de Francia y sus satélites. De aquí que censure a los que no han acertado a cumplir ni en parte el tratado que impusieron a Alemania. Afirma rotundamente que a menos que ellos cumplan la promesa dada en Versalles de desarmar, Alemania tiene el derecho de volver a armarse. Y afirma sin ambages que todo intento de evitar por la fuerza que Alemania se arme, entraña la provocación de una guerra. Mussolini usó una frase muy gráfica diciendo que si no se llega a una inteligencia en esta cuestión, “Europa se precipitará a la tiniebla”. Su predicción acerca de la Sociedad de Naciones no es nada tranquilizadora. Opina que a menos que se llegue a un acuerdo de desarme en breve, la Liga morirá. Esta manera de hablar en plata ha de producir buenos efectos. Suenan esas palabras en un momento en que el Gobierno francés está estudiando su política. Si Francia decide no desarmarse, ni consentir que Alemania se rearme, no queda más que una salida, y ésta es la indicada por el Duce.

Alemania no puede en manera alguna aceptar mansamente la actual posición de absoluta y despectiva humillación que se le impuso. Si los vencedores se niegan a respetar por su parte su propio tratado, ¿cómo van a esperar que el vencido lo respete? El señor Mussolini quiere que se sepa claro quien estaría con quién en caso de disputa guerrera. Y así subraya su posición recordando que hay muchas cuestiones “grandes y pequeñas” entre Italia y Francia, pendientes de solución, a pesar de las conversaciones que se vienen sosteniendo desde hace quince años. Después de la contundente declaración de Mussolini, el Gobierno Doumergue se andará con tiento para no adoptar una actitud de la que no pudiera salir salvo con el recurso de la violencia, o con una merma en su prestigio y dignidad. Estoy convencido de que ningún país europeo dejaría de abstenerse ante una nueva guerra. No recurrirán a ella a nada que hallen otros medios dignos para evitarla. Pero las guerras no se producen porque los Gobiernos las quieran, sino porque se han situado en una forma de la que no pueden librarse, como no sea así. Actualmente mucho depende el problema de la energía que demuestren los Gobiernos inglés y norteamericano. Si dan a entender que no pueden secundar el recurso a la fuerza contra Alemania a causa del asunto del desarme, en tanto que Francia y sus aliadas obran en flagrante vulneración de sus propios tratados, habrán conseguido asegurar la paz.

Creo que así lo harán, y que el discurso retador de Mussolini habrá venido en apoyo de esta actitud.



David Lloyd George; 01 de abril de 1934.







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