miércoles, 22 de octubre de 2014

ARNO BREKER 4 (color): "Pero, desde 1945, Breker es un hombre muerto: La destrucción de casi todas sus obras por parte de los americanos, pocos meses después de la terminación de la guerra, el silencio impuesto por todos los medios de información pública, el boicot realizado contra su mismo trabajo, la difusión de las más enormes falsedades sobre su vida anterior, han hecho de Breker una sombra del pasado."



EL MIGUEL ÁNGEL DEL SIGLO XX

¿Arno Breker? Un hombre casi desconocido, no ya para el gran público, sino incluso para los iniciados en el mundo del arte. Un hombre que, habiéndose visto obligado a vivir en una época de profundos cambios políticos, de revoluciones, de guerras y trastornos como pocas se han conocido, ha asistido a la destrucción, en muchos casos completa, de su propia obra de arte.

Breker podría, así contemplado, constituir el símbolo del Arte en el seno de una sociedad que nada ha respetado y que ha supeditado a sus más íntimas exigencias tecnológicas, económicas y políticas, el Arte y la Cultura. Cuanto más se exalta la libertad de pensamiento con las palabras, es cuando menos existe en los hechos; cuando más se habla de nuevas formas, es cuando más recalcitrante se torna la dictadura formal del arte contemporáneo.

El lector se sorprenderá, por lo menos, al enterarse de que un hombre desconocido, como Breker -un hombre que, como él mismo dice, “no existe”, porque se le ha hecho desaparecer y dado por muerto-, haya realizado cientos y cientos de esculturas, de dimensiones colosales muchas de ellas, y que, en cierto momento histórico haya llegado a ser, sin duda alguna, el artista más influyente de Europa.

El lector se extrañará de que un hombre ignorado, como Breker, haya no obstante, desde sus primeros años, merecido los más laudatorios elogios de maestros hoy en día reconocidos e indiscutibles. El escultor catalán Maillol, asombrado ante su sensibilidad, le confesaría: “Yo sería incapaz de modelar el cuerpo del hombre como usted lo hace”. Despiau, maestro y amigo, que tan deciduamente protegiera los primeros años parisinos de Breker, escribiría de él, en el libro que le dedicara:

“La escultura arquitectónica de Breker no se ha manifestado aún apenas en obras realizadas y conocidas del público. Lo que prepara es tan grandioso que uno se siente confundido ante tales concepciones, y ante el artista capaz de llevar a buen término tales iniciativas hay que quitarse el sombrero.”

Pero, desde 1945, Breker es un hombre muerto: La destrucción de casi todas sus obras por parte de los americanos, pocos meses después de la terminación de la guerra, el silencio impuesto -cuando no el ataque abierto- por todos los medios de información pública, el boicot realizado contra su mismo trabajo, la difusión de las más enormes falsedades sobre su vida anterior, han hecho de Breker una sombra del pasado.

Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad puede imaginar lo que para un artista llegaría a significar la destrucción de toda su producción, el final -en la nada- de muchos años, no ya de intenso trabajo, sino de expresión de su propio interior. El lector consciente que sepa respetar las obras realizadas sinceramente, intuirá la amargura que a un tal artista debería invadir. ¡Ese artista es Arno Breker! Quizás el primer caso en la historia de destrucción sistemática y brutal de una obra gigantesca, sin razón aparente alguna, como no sea la absurda de haber sido realizada en unos años determinados, años que -desesperadamente- se quieren hacer olvidar. ¿Es que acaso esos cuerpos de atletas, esos músculos en tensión, esos rostros firmes, esas piernas ligeramente arqueadas, esos brazos poderosos, esos pechos viriles, esas expresiones tensas de firmeza, que forman la totalidad de su obra, son condenables? ¿En nombre de qué extraña Justicia puede un Orden arrasar las obras de arte de los autores que caen en desgracia a la vista de los políticos? ¿Es que puede instaurarse un régimen de libertad y concordia sobre la base de una destrucción sistemática de obras de arte? ¿Hay acaso alguna razón que justifique el odio contra la obra del artista?

Breker: el cadáver de un escultor que fue asesinado en 1945, pero que, a sus 75 años de edad, conserva aún fuerza para seguir trabajando e ilusión para aspirar a un nuevo renacer. Un afán creador, una energía expresiva que, en este anciano de espíritu joven, parecen querer surgir de nuevo. Cuando el camino por el que la abstracción artística nos ha conducido llega a su fin, sin que por él se vea solución alguna aceptable, algunos ojos se vuelven -y son los primeros-, ansiosos, hacia ese anciano olvidado, arrinconado y silenciado, pero que, orgulloso, sigue firme en sus convicciones estéticas. “Vuelven, poco a poco, a fijarse en mí”, dice, y dirá él cada vez más: Habla en él el orgullo del verdadero arte, habla en él el fracaso de unas tendencias contemporáneas que dieron de sí cuanto podían dar, habla en él el principio de una nueva época, de una nueva expresividad, de un arte que nada sabe de condicionantes económicos, ni de marchantes ni de blufs, ni de campañas económicas ni de modas pasajeras. Habla el Arte por la boca de un autor que toda su vida ha perseguido ese ideal que es la Naturaleza que todos llevamos dentro, que ha sentido el cuerpo humano con una sensibilidad y una nostalgia sublimes, y que ha creado figuras que serán eternas.

Porque algo hay que nada puede detener ni destruir: El Tiempo. El tiempo ha hecho que las grandes famas del momento pasaran con la moda que las lanzó y finalmente desaparecieran; el tiempo ha hecho que los artistas relegados voluntariamente al olvido resurgieran; el tiempo ha acabado con las modas, con los trusts económicos, con los grupos de presión en el arte; el tiempo, a través del cansancio, destruye lo pasajero, dejando sólo lo esencial, lo eterno. Ante el tiempo, nada puede la triste debilidad del hombre; ante él, sólo la fuerza del genio y la potencia de lo infinito subsisten. Por eso la fama de tantos y tantos contemporáneos que ocuparon los más elevados cargos, que ocuparon las primeras páginas de los periódicos y llenaron sus arcas con monedas de oro, decrece después de su muerte y las generaciones posteriores ni los recuerdan. Quedaron ya, allí, los prestigiosos encargos, los privilegiados puestos, los altos premios, las comisiones, la crítica laudatoria, las relaciones sociales..., todo se pudrió cuando lo hizo la sociedad que todo aquello mantenía. Para que la fama perdure, necesita algo más que palabras.

Por el contrario, el proscrito, el rechazado de los museos, el ahuyentado de las academias, el abandonado por los marchantes, el olvidado por los coleccionistas, el atacado por los críticos, el silenciado por los escritores, el desdeñado por sus contemporáneos, resurge con más fuerza, con más seguridad que nunca. Porque la prueba del fuego ha sido superada. Dalí ha dado el primer paso, abriendo su Museo de Figueres a la escultura de Breker: El busto de Cocteau constituye, sin duda, para el visitante, una de las piezas más valiosas de la colección. Breker trabaja ahora en un conseguido busto del pintor de Port-Lligat. Si ni la destrucción sistemática de su obra ha podido contra su fuerza y su tenacidad, parece probable que Breker sea el genio ignorado de nuestra época.

Que el lector olvide prejuicios, que evite razonamientos preconcebidos, e intente comprender el drama del hombre cuya mayor culpa consiste únicamente en haber realizado siempre la escultura que sintió y deseó ejecutar. Que comprenda la marca que para un artista supone ver su obra destruida por unos condicionantes políticos que ni buscó ni provocó. Que observe sus obras y sinceramente piense si son Arte. Sólo así, comprendiendo, volverá la libertad donde antes reinó la guerra. Porque combatir la guerra anterior con represiones y odios es el crear las bases de una nueva batalla.

Que, no obstante, no se haga el lector una imagen falsa del escultor de Düsseldorf: A pesar de todo lo dicho, nada más lejos su persona de la apariencia de un viejo frustrado y amargado. Es cierto que al pensar, no ya en la obra destruida, sino en los treinta años tristemente perdidos en la inanición, el escultor se desespera, y parece que una ola de rabia invade su rostro. No olvidemos que la escultura es un arte costoso, que necesita mucho dinero para su realización material, y que el artista sólo, sin cliente, nada puede hacer. Pero resulta impresionante ver cómo el escultor ha superado esta fase para entrar en una resignación absoluta, en la que su espíritu creador le lleva a nuevas concepciones, a nuevas formas, a nuevas creaciones. El diablo incansable que todos llevamos dentro, sigue siendo joven en Breker. Y así, con brillo en los ojos, con ilusión en el rostro, con esperanza en el corazón, Arno Breker nos coge las manos y nos dice:

“¿Sabe? Sigo trabajando todos los días. Me siento aún joven y me veo con fuerzas para seguir esculpiendo hasta los cien años.”

¿Asistiremos a la definitiva revalorización de la obra de Breker?



José Manuel Infiesta; del libro “Arno Breker, el Miguel Ángel del siglo XX







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