sábado, 25 de octubre de 2014

HEINRICH HOFFMANN 5 (color): "Tuve que esperar veinte años para que aquella película consiguiera alguna notoriedad. Iba a alterar las buenas relaciones que mantenía yo por entonces con Goebbels."



EL FILM OLVIDADO

Durante aquel período volcánico estaba yo completamente ocupado con mi máquina. Un año de revolución en Baviera (colección de documentos fotográficos) obtuvo un éxito inmenso. En 1920, Munich se convirtió en una encrucijada política. Un día en que presenciaba un mitin en el Tattersal en la Turkenstrasse, reconocí a un orador entre los otros: era Adolfo Hitler. No me pareció útil gastar una placa en él: profería con una voz ya dictatorial los lugares comunes que todos los políticos habían utilizado. Para ser completamente veraz debo confesar, sin embargo, que no presté gran atención a sus palabras: era yo fotógrafo de Prensa y no reportero. 

Las fotos que hice aquel día y que venían a coronar el éxito de mi libro me produjeron mucho dinero. Sin querer alabar mi valentía, lo cierto es que pocos fotógrafos hubieran tenido la osadía de permanecer entre los manifestantes, a menudo entre una lluvia de balas, manejando la cámara. Estas circunstancias especiales se repitieron con frecuencia; mi valentía profesional me aseguraba la única exclusividad digna de este nombre que me hacía yo pagar. Pero sucedió que aquella prosperidad se vino abajo en una sola noche con la crisis de la economía política alemana y la inflación que ésta ocasionó. Sin embargo, mis fotos distribuidas en el mundo entero y pagadas en moneda extranjera me permitieron mantener a flote mi cabeza. Pero la inflación crecía como un desbordamiento y, lo quisiera o no, mi cartera se vació. Tuve que vender mi estudio en 70.000 marcos; y creí entonces haber hecho un buen negocio. Los acontecimientos se precipitaban: cuando me fue abonada la primera mitad, todo cuanto pude obtener a cambio de esa suma fue un aparato de ocasión; y por la segunda mitad conseguí ¡media docena de huevos! 

Abrumado casi de desesperación, busqué el modo de superarla. Logré atraer a dos adeptos entusiastas para constituir una sociedad cinematográfica e iniciamos el trabajo. Con unos actores famosos en Munich, compusimos un guión imitado de los humorísticos americanos. ¿Su asunto? Un peluquero descubre un producto contra la calvicie de una potencia extraordinaria. En un abrir y cerrar de ojos crecen unas melenas románticas en los cráneos de los calvos y los adolescentes se transforman en Barbarro-jas. Pero he aquí que uno de los aprendices, brujo sin saberlo, utilizando a tontas y a locas la loción, provoca unas consecuencias más grotescas que aterradoras. 

Este mi primer film fue el último. Ni mis socios ni yo debíamos hacer fortuna con aquella industria. ¡Y no fue poca suerte la mía escapando de aquello con sólo un ojo a la funerala!: Tuve que esperar veinte años para que aquella película consiguiera alguna notoriedad. Iba a alterar las buenas relaciones que mantenía yo por entonces con Goebbels. Había contado a Hitler mi experiencia de magnate del cine y él, interesado y sorprendido, insistió en ver el film. Desempolvé gustoso la cinta y la pasé en la Cancillería. Hitler, Goebbels y yo estábamos sentados en primera fila. Desde las primeras secuencias, al aparecer el peluquero, Hitler se volvió hacia Goebbels con un leve movimiento de cabeza aprobatorio. Pero al seguir proyectándose el film experimenté un sobresalto. ¿Cómo había yo podido, Dios mío, olvidarme de aquello? Con la cabeza entre las manos hubiera querido ser ciego, lo cual no me hubiese impedido oír a Goebbels que me lanzó con violencia en el momento mismo en que se levantaba para salir de la sala:

-¡Muy mal... de muy mal gusto por su parte, Hoffmann!

Habíame olvidado por completo de que el peluquero de mi película tenía un pie contrahecho y Goebbels era atrozmente susceptible con respecto al suyo. Domkapi-tular Cansen, decano hoy de Aachen, fue internado en Dachau por haber declarado en su cátedra:

-Rumor y propaganda van renqueando juntos por el país.

Terminada la proyección, Hitler me preguntó si sabía por qué habíase marchado Goebbels. Le expliqué el motivo.

-No, no, Hoffmann - replicó -; el Doctor es hombre de un espíritu más amplio.

¡Hitler tenía ingenuidades de éstas! Días después, la industria del cine recibía una orden de Goebbels: los films no debían presentar nunca una deformidad física.


Heinrich Hoffmann; del libro "Yo fui amigo de Hitler."







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