lunes, 27 de octubre de 2014

HENRY FORD 4 (color): "El judío trató siempre de tener a los Estados por clientes. Los empréstitos se emitían con frecuencia, en presencia de miembros de unas mismas familias financieras en los distintos países. Fueron estas familias las que, integrando una especie de directorio internacional, barajaban a reyes contra reyes, gobiernos contra gobiernos, explotando con una absoluta falta de conciencia las rebeldías nacionales existentes o provocadas en su propio y exclusivo provecho."



LOS JUDÍOS: CARÁCTER INDIVIDUAL Y ACTIVIDAD PRODUCTIVA DE LOS MISMOS (Parte 4)

La difusión de los hebreos a través de Europa y de todo el mundo, durante la cual cada comunidad judía se unió con todas las demás por vínculos de sangre, de fe y de padecimientos, les concedió la posibilidad de manifestarse como internacionales, en una forma que ninguna otra raza, ni comunidad de comerciantes en aquella época hubiera podido hacerlo. No sólo se establecían en todas partes (lo mismo ocurre también con italianos o rusos), sino que, allí donde estuvieren, guardaban íntimo contacto. Se hallaban ya organizados antes que las demás comunidades internacionales, justamente por éste sistema nervioso de la mancomunidad de la sangre. A numerosos escritores de la Edad Media les llamó la atención el hecho de que los judíos solían estar enterados de los sucesos europeos, antes de que lo fueran los mismos gobiernos. 

Conocían también el ulterior desarrollo de los acontecimientos, comprendiendo de inmediato infinitamente mejor las condiciones y mutuas relaciones políticas, que los propios diplomáticos de carrera. Propalaban las informaciones interesantes de grupo a grupo, de nación a nación, preparando así, por instinto, el fundamento de la información financiera moderna, información que les resultó de incalculable valor para sus transacciones especulativas. Los conocimientos anticipados constituyeron, indudablemente una ventaja extraordinaria, en una época en que las informaciones todavía eran escuetas, lentas e inseguras, y les puso en condiciones de tornarse indispensables como intermediarios de los empréstitos de los Estados, negocio que los judíos siempre fomentaron. El judío trató siempre de tener a los Estados por clientes. Los empréstitos se emitían con frecuencia, en presencia de miembros de unas mismas familias financieras en los distintos países. Fueron estas familias las que, integrando una especie de directorio internacional, barajaban a reyes contra reyes, gobiernos contra gobiernos, explotando con una absoluta falta de conciencia las rebeldías nacionales existentes o provocadas en su propio y exclusivo provecho.

Un reproche muchas veces repetido contra los financistas judíos modernos se basa precisamente en que prefieran ante todo este terreno para sus maquinaciones. Efectivamente, la mayoría de las críticas antisemitas no se dirigen contra el negociante particular judío con clientela privada. Millares de pequeños comercios judíos cuentan con nuestra general estima, y del mismo modo respetamos también a decenas de miles de hebreos particulares como vecinos nuestros. La crítica que con razón se dirige contra los financistas judíos no es pues originada únicamente por motivos raciales. Desgraciadamente esta aversión de raza, que como prejuicio conduce tan fácilmente a errores, deriva del hecho cierto de que en la cadena financiera internacional, que rodea al mundo entero, cada eslabón siempre corresponde a una cierta familia financiera judía, a un capitalista judío, o a un sistema bancario judío. Muchos pretenden ver en tal circunstancia una premeditada organización del poderío judaico para dominar a todos los otros pueblos del mundo, en tanto que hay quien lo explica tan sólo como el resultado de naturaleza y mutuas simpatías judías, o por el desarrollo natural del sistema familiar del comercio hebreo, que propende cada vez a abarcar más ramas en su actividad. Según las antiguas escrituras, crece Israel como la vid, que hace brotar siempre sarmientos nuevos, hundiendo cada vez más sus raíces; pero todo sigue formando parte de una misma planta.

La facilidad de los hebreos para negociar con los gobiernos halla también su explicación en las antiguas persecuciones, en cuyos dolorosos momentos el judío comprendió el inmenso poder del oro sobre los caracteres venales. Allí donde se dirigía, le perseguía como una maldición la creciente antipatía popular. Los judíos, como raza, no se hicieron jamás simpáticos, hecho que el más ferviente hebreo no negará, aunque se esfuerce por ofrecer una explicación satisfactoria. Tal vez alguno que otro judío, como particular, goce de nuestra estima, y hasta es posible que determinados rasgos del carácter judío, detenidamente estudiados, nos resulten simpáticos. Sin embargo, una de las cargas que soportan los judíos como raza, radica en la antipatía colectiva de los otros pueblos. Existe esta antipatía en nuestra era moderna, en países civilizados y en condiciones que, al parecer, tornan imposible toda persecución.

El judío, en cambio, parece preocuparse muy poco de la amistad o enemistad de los demás pueblos, acaso por los fracasos de épocas pretéritas, o también, y con mayor verosimilitud, por suponerse hijos de una raza superior a todas las otras. Pero sea cual fuere el verdadero motivo, existe el hecho de que su tendencia principal se dirigió siempre a conquistar para sí reyes y nobleza. ¿Qué les importaba a los hebreos que los pueblos murmuraran contra ellos, en tanto los reyes y su corte fueran sus amigos? Así vimos existir siempre, hasta en las épocas más duras para ellos, un "judío de corte", que mediante sus préstamos y los grillos de la deuda, pudo penetrar a cada instante en la antecámara real. Fue siempre táctica judaica aquella del "camino recto al cuartel general". Jamás trató el judío de conciliarse con el pueblo ruso; buscó, en cambio, las simpatías de la corte imperial. Tampoco quiso nunca envolver en sus redes al Zar y a su Gobierno. 

En Inglaterra se reía el hebreo del pronunciado antisemitismo del pueblo inglés. ¿No tenía acaso, detrás suyo a toda la nobleza? ¿No apretaba en sus manos todos los hilos de la bolsa londinense? Dicha táctica de ir "derecho al cuartel general" explica perfectamente la omnipotente influencia que tiene el Judaísmo sobre tantos gobiernos y la política de los pueblos. Semejante táctica pudo desarrollarse con facilidad por la habilidad del judío de poder ofrecer en cualquier momento aquello que los Gobiernos precisaban. Cuando se trataba de un empréstito, intervenía al punto el judío de corte, facilitándolo con ayuda de hebreos de otras capitales o centros financieros. Si un gobierno quería saldar una deuda vencida, pero sin confiar el precioso metal a un convoy a través de terrenos peligrosos, también aparecía el judío, que se hacía cargo del asunto; extendía sencillamente un papel, y cualquier institución bancaria establecida en la otra capital pagaba el importe. Cuando por primera vez se proveía un ejército con pertrechos modernos, igualmente se encargaba de ello un judío que poseía el dinero suficiente y disponía también del sistema adecuado. Lograba, además, la satisfacción de convertirse en acreedor de toda una nación. 

Esta táctica, que prestó a aquella raza servicios admirables hasta en las mayores adversidades, no ofrece hoy el menor indicio de modificación. Bien puede comprenderse que el judío, al notar la enorme influencia que su raza numéricamente tan insignificante ejerce actualmente sobre la mayoría de los gobiernos, considerando la desproporción entre el número y el poder de su pueblo, quisiera ver en tales hechos una fehaciente prueba de una superioridad racial. 


Henry Ford; del libro "El Judío Internacional."







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