jueves, 13 de noviembre de 2014

AUGUST KUBIZEK (3): "Yo reunía para él todas las condiciones necesarias para una amistad: no tenía nada de común con sus antiguos compañeros de colegio, no me interesaba en lo más mínimo la carrera de funcionario y vivía enteramente para el arte."



EXTRAÑA AMISTAD

A partir de aquel día nos encontramos a cada representación de ópera, nos citábamos luego a la salida del teatro, y dábamos largos paseos a pie, uno al lado del otro, por la Landstrasse.

Linz, que en este último decenio se ha convertido en una moderna ciudad industrial, y que alberga a gentes de todas las regiones de la amplia comarca del Danubio, era entonces una ciudad de fuerte carácter campesino. En sus arrabales se veían todavía las sólidas granjas cuadrangulares de los aldeanos, al modo de viejas fortalezas, y en medio de los bloques de casas de viviendas se extendían las praderas, en las que pacía plácidamente el ganado. En las tabernas, la gente bebía el mosto habitual en el país. Por todas partes se oía el amplio y cómodo dialecto del país. En la ciudad se conocían solamente los carruajes tirados por caballos, y los cocheros eran quienes más celosamente procuraban que Linz no se distanciara del “campo”. La burguesía, aun cuando en su gran mayoría procedía del campo, y estaba unida también por lazos familiares con la población campesina, procuraba distanciarse tanto más de las capas aldeanas, cuanto más afines eran todavía a ellas.

Casi todas las familias más destacadas de la ciudad se conocían entre sí. El mundo del comercio, los funcionarios y los oficiales de la guarnición eran los que daban el tono y prestancia a la sociedad. Quien se tenía a sí mismo en alta estima, se encontraba por las noches en el paseo cotidiano por la calle principal de la ciudad, que lleva desde la estación al puente que cruza el Danubio, y que se llama, de manera significativa la ‘Landstrasse’. Dado que Linz no poseía en aquel entonces universidad, los jóvenes de todas las capas y estados sociales procuraban imitar lo mejor posible las costumbres de los estudiantes. El tráfico social en esta calle no quedaba muy atrás de la vida nocturna en la Ringstrasse vienesa; por lo menos, así lo estimaban los habitantes de Linz.

Hitler no parecía tener mucha paciencia; pues, si en alguna ocasión dejaba yo de acudir puntualmente a la cita convenida, acudía él al instante al taller en mi busca, y ello, tanto si yo estaba justamente ocupado reparando un viejo sofá de hule negro, o una silla de orejas barroca, o cualquier otro objeto. Consideraba mi trabajo simplemente como una molesta interrupción de nuestras personales relaciones y blandía impaciente el negro bastoncillo de paseo que llevaba siempre consigo. Yo me admiraba que tuviera siempre tanto tiempo libre, y en cierta ocasión le pregunté si no trabajaba también.

-¡De ninguna manera! - fue la abrupta respuesta.

A estas palabras, que me parecieron muy fuera de lugar, añadió Hitler una larga explicación. De acuerdo con su forma de pensar, no consideraba necesario perder el tiempo en un trabajo determinado, un ‘oficio para ganar el pan’, según su propia expresión.

Hasta entonces no había oído yo de nadie palabras semejantes. Estaban en contraste con todo lo que hasta aquel momento había sido fundamental en mi existencia. En un principio acogí sus palabras simplemente como una juvenil baladronada, aun cuando Adolf Hitler no tenía, es cierto, el menor aspecto de vanidoso, ni por su presencia ni por su manera de hablar. De todas formas, no pude por menos de sentirme asombrado por sus propósitos, pero no seguí preguntando. Por ahora ya había sacado bastante de él. Era preferible hablar de “Lohengrin”, la ópera que más nos entusiasmaba, que no de asuntos particulares.

“Tal vez sea hijo de padre ricos”, pensaba yo, “o tal vez haya recibido una gran herencia y puede permitirse vivir sin su oficio para ganarse el pan”; estas palabras tenían en sus labios un tono francamente despectivo. No le tenía, en modo alguno por un ocioso, pues nada en él mostraba el aire superficial e irreflexivo del vago. Cuando cruzábamos por delante del Café Baumgartner, el actual Café Schönberger, se acaloraba siempre al contemplar a los jóvenes sentados allí detrás de los ventanales junto a las mesitas de mármol, como en un gran escaparate, mientras consumían su tiempo en interminables conversaciones, sin que, al parecer, se diera cuenta del contraste de sus palabras con su propia norma de vida. Es posible que algunos de los que “estaban sentados en el escaparate” tuvieran ya una firme posición y unos ingresos garantizados, cosa que en él era todavía incierta.

¿Era tal vez Hitler un estudiante? Esta había sido mi primera impresión. También el negro bastoncillo de ébano con el gracioso zapatito de marfil como puño era un accesorio típicamente estudiantil. De todas formas, no dejaba de sorprenderme que hubiera elegido para amigo a un simple aprendiz de tapicero, siempre temeroso de que durante sus paseos pudiera percibirse todavía el olor de la cola con la que trabajaba durante el día: Si Hitler era un estudiante, debía ir a alguna clase. De manera imprevista llevé yo la conversación hacia la escuela.

-¿Escuela?

Fue el primer acceso de cólera que tuve ocasión de observar en él. No quería tener absolutamente nada que ver con la escuela. La escuela no le importaba en modo alguno. Odiaba a los profesores, a los que no saludaba, y también odiaba a los compañeros del colegio, que en éste eran educados solamente a la ociosidad. Le conté cuán poco éxito había yo tenido en el colegio.

-¿Por qué poco éxito? -quiso saber.

No parecía complacerle lo más mínimo que yo hubiera obtenido tan poco provecho del colegio, al que él declaraba odiar de esta manera. No pude descubrir el motivo de esta contradicción. Sin embargo, de la ulterior conversación pude deducir que hasta no hacía mucho había asistido él también a un colegio, probablemente a una escuela superior, el instituto o quizá la escuela real, y que estos estudios habían terminado, probablemente, con una catástrofe. De lo contrario, no podía explicarse esta radical oposición. Por lo demás, de continuo descubría yo en él nuevos contrastes y enigmas.

Muchas veces llegó a parecerme su carácter misterioso. En cierta ocasión, mientras paseábamos por el Freinberg, se detuvo Hitler de repente, sacó del bolsillo un librito negro -¡me parece verlo todavía ante mí y podría describir todos los detalles!- y me leyó una poesía escrita por él mismo.

No puedo recordar ya el contenido de esta poesía, mejor dicho, no puedo distinguirlo de las otras poesías que Adolf me leyó posteriormente. Sin embargo, recuerdo exactamente la enorme impresión que me produjo el hecho de que mi amigo compusiera poesías, y que llevara sus poesías consigo con la misma naturalidad como yo solía llevar las herramientas propias de mi oficio. Cuando más tarde Hitler me enseñó también sus dibujos, planos esbozados por él mismo, proyectos confusos, difíciles de descifrar, que tardé bastante tiempo en poder entender, cuando me explicó que tenía otros muchos mejores todavía guardados en su habitación, y que estaba decidido a dedicar su vida por entero al arte, empecé a comprender, lentamente, lo que le sucedía a mi amigo. Pertenecía a aquel particular linaje humano del que también yo soñaba en mis instantes de audacia; un artista, que despreciaba el vulgar ‘oficio para ganar el pan’, y se ocupaba solamente de componer poesías, dibujar y pintar, y asistir a las representaciones teatrales. Esto me impuso de manera enorme. Sentí un escalofrío ante lo que veía ante mí. Mis ideas acerca de lo que significaba un artista eran en aquel entonces aún bastante vagas; es probable que Hitler se representara también aún muy incierto bajo este nombre. Sin embargo, tanto más atractivo se me aparecía a mí todo ello.

Hitler hablaba raramente de su familia. Era preferible no confiarse demasiado a los mayores, opinaba, pues éstos no hacían más que procurar disuadirle a uno de sus propias intenciones en su particular beneficio. Así, por ejemplo, su tutor, un campesino de Leonding, llamado Mayrhofer, pretendía que él aprendiera un oficio. También su cuñado era de la misma opinión.

Deduje de ello que en casa de Hitler debían reinar unas complicadas relaciones familiares. Al parecer, entre todos los adultos, no tenía más que a una sola persona en verdadera estima: ¡A su madre! Y, con todo ello, no contaba en aquel entonces más que dieciséis años, es decir, era nueve meses más joven que yo.

Por lo demás, ninguna de sus opiniones, distantes de toda concepción burguesa, me molestaba a mí en lo más mínimo. ¡Por el contrario! Justamente este aspecto desusado de su naturaleza me atraía a él aún con mayor fuerza. Que hubiera dedicado su vida al arte era para mí la mayor revelación que una persona joven pudiera anunciar; pues, en silencio, también yo albergaba a menudo la esperanza de poder huir del polvoriento y ruidoso oficio de tapicero hacia el puro y elevado campo del arte, para dedicarme por entero a la música. Para una persona joven no es, en modo alguno, indiferente el lugar en que se inicia una nueva amistad. Que nuestra amistad se hubiera iniciado en el teatro, ante un deslumbrante escenario y en medio de la embriagadora música, se me aparecía, por decirlo así, como un símbolo. En cierto sentido, nuestra amistad se encontraba también bajo esta afortunada atmósfera.

Por lo demás, yo me encontraba también en una situación parecida a la del mismo Hitler. Había salido ya de la escuela, y ésta no tenía nada que ofrecerme. A pesar de todo mi amor y afecto por mis padres, las personas mayores no representaban mucho para mí. Y, ante todo, aun cuando era mucho lo dudoso e incierto en mí, no tenía yo a nadie en quien pudiera confiarme.

A pesar de todo, nuestra amistad fue en un principio bastante difícil, puesto que nuestro modo de ser era fundamentalmente distinto. En tanto que yo era un muchacho callado, algo soñador, muy sensible y acomodable, es decir, dócil, un ‘carácter musical’, por decirlo así, Hitler era extraordinariamente violento y temperamental. Las cosas más ofensivas, algunas palabras ligeras quizá, podían provocar en él arrebatos de cólera que, a mi modo de ver, no guardaban la menor relación con la intrascendencia de su causa. Sin embargo, es probable que, en este punto, no entendiera yo del todo a Adolf. Es posible que la diferencia entre nosotros dos fuera que él se tomaba las cosas en serio, en tanto que a mí me eran indiferentes. Sí, ésta era una de las típicas características suyas: todo le ocupaba e intranquilizada y nada era para él indiferente.

Pero a pesar de todas las dificultades, derivadas de la diversidad de nuestros caracteres, nuestra amistad no estuvo jamás seriamente en peligro. No sucedía tampoco, como es frecuente entre los jóvenes, que con el tiempo llegáramos a ser extraños e indiferentes. Al contrario. En las cosas externas nos teníamos mutuamente la mayor consideración. Esto puede sonar tal vez extraño, pero aquel mismo Hitler, tan implacable en la defensa de sus puntos de vista, podía ser, a la vez, tan respetuoso y considerado, que yo debía sentirme a menudo avergonzado. Es por ello que con el tiempo llegamos a habituarnos completamente el uno al otro.

No tardé en darme cuenta de que la pervivencia de nuestra amistad se debía, en no pequeña parte, a que yo era capaz de escuchar pacientemente. A pesar de ello, no me sentía, en modo alguno, desgraciado por este papel pasivo; pues precisamente por ello comprendía claramente hasta qué punto me necesitaba mi amigo. También él estaba completamente solo. Su padre había muerto hacía dos años. La madre, a pesar de cuánto él la quería, no podía ayudarle en sus problemas y dificultades. Recuerdo cómo, en ocasiones, me daba largas conferencias sobre cosas que no me interesaban en lo más mínimo, como el impuesto de consumo, que se cobraba en el puente del Danubio, o sobre una lotería de beneficencia, a cuyo fin se colectaba en aquellos días por las calles.

Sabía hablar, y necesitaba a alguien que le escuchara. Muy a menudo me sentía yo lleno de asombro, cuando, solo ante mí, pronunciaba un discurso con una animada mímica. Nunca le molestaba que fuera yo su único público. Pero una persona joven que, como mi amigo, pudiera captar con extraordinaria intensidad todo lo que veía y vivía, necesitaba un medio para hacerle tolerables las tensiones provocadas por su impetuoso temperamento. Estas tensiones se expresaban en él de manera directa en sus charlas y discursos. Estos discursos, pronunciados casi siempre en un lugar cualquiera, al aire libre, bajo los árboles del Freinberg, o en los bosques de las islas del Danubio, semejaban a menudo verdaderas erupciones volcánicas. Surgían de su interior como si algo extraño, muy distinto, se abriera paso en él. Hasta entonces no había visto yo tales éxtasis más que en el teatro, entre los actores, que debían expresar cualesquiera sentimientos, y, en un principio, yo no era más que un oyente desconcertado y admirado ante tales estallidos, que, en su asombro, se olvidaba finalmente de aplaudir. Sin embargo, no tardé en comprender que este “teatro” no era en realidad teatro. No, esto no era fingido, no era exagerado, ni “representado”, era vivido profundamente.

Comprendí, también, cuánta amarga gravedad se escondía en todo ello. Una y otra vez debía admirarme yo por la habilidad de sus expresiones, la fluidez con que las palabras surgían de sus labios, cuan gráficamente sabía describir todo lo que llenaba su interior cuando se dejaba arrastrar por sus sentimientos. No era lo que decía lo que me gustó de él en un principio, sino cómo lo decía. Esto era para mí algo nuevo, algo genial. No había sabido siquiera hasta entonces que un hombre, con la ayuda le simples palabras, pudiera ejercer una influencia semejante. De mí no se esperaba más que una cosa: asentimiento. Esto no tardé en comprenderlo y no me fue tampoco difícil ofrecerle mi asentimiento, pues muchos de los temas que tocaba me eran absolutamente desconocidos.

A pesar de ello, sería falso decir que nuestra amistad quedara reducida a esta sola faceta. Esto hubiera sido demasiado cómodo para Adolf y demasiado poco para mí. Lo esencial seguía siendo que nos completábamos magníficamente: en él palpitaba una activa concepción frente a la vida, que exigía una participación interna cada vez mayor; pero, en el fondo, sus elementales arrebatos de cólera eran una prueba de la pasión que ponía él en todas las cosas. Yo, en el fondo una naturaleza contemplativa y pasiva, tomaba con más o menos reservas lo que a él le apasionaba, y, salvo en los asuntos musicales, me dejaba convencer fácilmente. Fue gracias a él que pude comprender a fondo el tiempo y el mundo que nos rodeaba.

De todas formas, debo reconocer que Adolf exigía mucho de mí. Disponía arbitrariamente de todas mis horas libres. Como su propio tiempo no estaba sometido al menor orden, debía someterme yo por entero a sus deseos. Lo exigía todo de mí, pero estaba también siempre dispuesto a hacerlo todo por mí. Para mí no cabía ciertamente ninguna otra posibilidad. Teniendo de este modo todo el tiempo absorbido por él, no me hubiera sido posible cultivar ninguna otra amistad. Yo no sentía tampoco la menor necesidad de ello; pues Adolf equivalía para mí a toda una docena de amigos más o menos indiferentes. En realidad, sólo una cosa hubiera podido separarnos: una muchacha de la que ambos nos hubiéramos enamorado a la vez; en este caso ninguno de los dos hubiera obrado con la menor contemplación. Pero justamente en este punto el destino tenía dispuesta para nosotros una solución tan extraordinaria, que nuestra amistad no se vio jamás perturbada por ello, sino, por el contrario, se hizo aún más profunda.

Yo sabía de él que -aparte de mí- no tenía ningún amigo. Un sucedido sin importancia, al parecer secundario, se ha quedado firmemente grabado en mi memoria, como si acabase de suceder. Adolf había venido a recogerme a mi casa. De la Klammstrasse seguimos el camino de costumbre a través de la Promenade, para desembocar en la Landstrasse. Fue entonces cuando sucedió. Podría mostrar todavía la esquina en la que tuvo lugar la siguiente escena:

Un jovenzuelo, de la misma edad nuestra aproximadamente, dio la vuelta a la esquina; era un señorito bastante compuesto, mofletudo. Reconoció en Adolf a uno de sus antiguos compañeros de colegio, se detuvo, sonrió abiertamente de alegría y exclamo:

-¡Servus, Hitler!

Así diciendo, le tomó confiadamente por la manga y le preguntó, con sincero interés, cómo le iban las cosas. Yo esperaba que Adolf contestara con la misma amabilidad a su compañero de colegio, pues siempre hacía gala de una conducta cortés y amable. Pero el rostro de mi amigo enrojeció de cólera. Yo conocía ya este cambio en su rostro de otras ocasiones, y sabía que no significaba nada bueno.

-¡No te importa en absoluto! - le gritó, con el rostro rojo de indignación, mientras le rechazaba rudamente.

Después me tomó del brazo y proseguimos nuestro camino, sin preocuparse ya más del otro, cuyo desconcertado rostro y el temblor de sus molletes me parece tener todavía ante mis ojos.

-¡Todos son futuros servidores del Estado! -dijo Hitler, todavía furioso-.

-¡Y con semejantes criaturas he ido yo a la misma clase!

Tardó bastante antes de que se hubiera tranquilizado.

Un segundo sucedido, algo posterior, ha quedado también grabado en mi memoria. Mi admirado profesor de violín Heinrich Dessauer había muerto. Hitler me acompañó hasta el cementerio. Esto me asombró, pues él no conocía siquiera al profesor Dessauer.

A mi asombrada pregunta me respondió:

-Porque no puedo sufrir que vayas y hables con otras personas jóvenes.

Había muchas cosas, aun las más intrascendentes, que podían llenarle de excitación. Pero lo que más le indignaba era oír decir que debía convertirse en un funcionario del Estado. Solamente el oír en alguna parte la palabra ‘funcionario’, aun cuando no fuera pronunciada en la menor relación con su propio futuro, era inmediato en él un arrebato de ira. Yo pude comprobar que estos arrebatos de ira, en cierto sentido, eran todavía recuerdo de discusiones con su padre, hacía tiempo ya fallecido, que quería hacer de él, a toda costa, un funcionario; por decirlo así, ‘discursos de defensa a posteriori’.

Para nuestra amistad de aquel entonces era ciertamente necesario que yo tuviera en tan poca estima como él a la clase y categoría de los funcionarios. Con su casi rabioso distanciamiento de la carrera de funcionario, podía yo explicarme, finalmente, que un sencillo aprendiz de tapicero le fuera más a modo como amigo que uno de aquellos estirados hijos de consejero de la corte, que gracias a la protección, relaciones y compromisos políticos de sus padres llevaban ya en la cabeza el plan asegurado de su empleo, y que conocían desde un principio el probable curso de su futura existencia. Hitler era exactamente lo contrario de esto. En él todo era incertidumbre. Y había todavía una segunda condición positiva, que a los ojos de Adolf me había predestinado para ser su amigo: lo mismo que él, también yo concedía al arte la primacía en la vida de una persona.

Naturalmente, en aquel entonces no podíamos formular nosotros estas ideas con unas palabras tan elocuentes. No obstante, vivíamos prácticamente de conformidad con este fundamento, para mí, el ejercicio de la música se había convertido ya en el factor decisivo de mi existencia. El trabajo en el taller no tenía más objeto que asegurarme la existencia externa. Para mi amigo, sin embargo, el arte era todavía mucho más; dada la intensidad con que captaba, examinaba, rechazaba y discutía todo cuanto le rodeaba, en su insondable gravedad, en esta continua e integral participación, necesitaba forzosamente una compensación. Y ésta no podía encontrarla en otra parte que en el arte.

Así pues, yo reunía para él todas las condiciones necesarias para una amistad: no tenía nada de común con sus antiguos compañeros de colegio, no me interesaba en lo más mínimo la carrera de funcionario y vivía enteramente para el arte. Además, yo entendía mucho de música.

Esta afinidad de aficiones nos unía con la misma fuerza que la diversidad de nuestros mutuos temperamentos. Dejo al cuidado de los demás el juzgar si las personas que, como Hitler, siguen su camino con la seguridad de un noctámbulo, saben encontrar casualmente, de entre la masa, a las personas que necesitan para un determinado trecho de su camino, o si es una decisión del destino que las pone ante estas personas en el instante decisivo. Yo no puedo más que afirmar la realidad que, desde el momento de nuestro encuentro en el teatro, hasta su ulterior caída en los tiempos de miseria en Viena, a la que yo no pertenecía, fui esta persona para Adolf Hitler.


August Kubizek; del libro “Hitler mi Amigo de la Juventud.







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