miércoles, 5 de noviembre de 2014

DAVID IRVING (1): "Tuve muy presente la aguda ironía de esta frase cuando me embarqué en el estudio de los doce años de poder absoluto de Adolf Hitler. Consideré mi tarea como la de un encargado de limpiar la piedra de una fachada, pero no tanto para realizar una apreciación arquitectónica, como para quitar la suciedad acumulada por los años y reavivar los colores de un monumento lúgubre y silencioso."


INICIAR UNA NUEVA HISTORIA

“A los historiadores se les ha otorgado un poder del que ni siquiera gozan los dioses: cambiar los hechos ya sucedidos.”

Tuve muy presente la aguda ironía de esta frase cuando me embarqué en el estudio de los doce años de poder absoluto de Adolf Hitler. Consideré mi tarea como la de un encargado de limpiar la piedra de una fachada, pero no tanto para realizar una apreciación arquitectónica, como para quitar la suciedad acumulada por los años y reavivar los colores de un monumento lúgubre y silencioso. Me dispuse a estudiar la historia como si me encontrara sentado en el escritorio del Führer tratando de verlo todo con sus ojos. Este método limita forzosamente el campo de visión, pero sirve de gran ayuda para explicar unas decisiones que de otro modo resultan inexplicables. Que yo supiera entonces, yo era el primero en intentar algo parecido y creí que el esfuerzo valía la pena; después de todo, la guerra de Hitler dejó cuarenta millones de muertos y fue la causa de que toda Europa y la mitad de Asia quedaran devastadas por el fuego y las bombas; también destruyó el “Tercer Reich” de Hitler, provocó la ruina económica de Gran Bretaña e hizo que ésta perdiera su imperio: dejó al mundo sumido en unos problemas que iban a durar mucho tiempo, vio cómo se atrincheraba el Comunismo en un continente y cómo no tardaba en aparecer en otro.

En libros anteriores, preferí acudir a las fuentes originarias de la época antes que a toda la literatura publicada sobre el tema, ya que ésta contenía demasiadas trampas para el historiador. Ingenuamente supuse que podía aplicar esta misma técnica al estudio de Hitler sin necesitar para ello más de cinco años. La verdad es que tuvieron que pasar trece años antes de que el primer libro, ‘La Guerra de Hitler’, se publicara en 1977; y aún ahora, doce años después, sigo trabajando en los índices y añadiendo documentos a mis archivos. Recuerdo que en 1965 tuve que ir hasta los muelles de Tilbury para recoger una caja con microfilmes que había solicitado al gobierno de los Estados Unidos para este estudio. Cuando llegué, supe que el barco que había traído la caja llevaba mucho tiempo en el desguace, y que el depósito donde debía encontrarse estaba al nivel de la tierra. Mucho me temo que hice aquel viaje con demasiada calma. Sin embargo, espero que esta biografía, ahora actualizada y revisada, sobreviva a sus rivales, y que en el futuro haya cada vez más escritores que se vean en la necesidad de consultarla en busca de materiales inexistentes en las demás biografías. Después de viajar por el mundo, he descubierto que este libro ha provocado una división radical en el seno de la comunidad de historiadores universitarios, especialmente en el controvertido tema del ‘holocausto’. Solamente en Australia, los estudiantes de las universidades de Nueva Gales del Sur y de Australia Occidental me han contado que allí se les recrimina con dureza si citan ‘La Guerra de Hitler’; en las universidades de Wollongton y de Camberra, en cambio, los estudiantes son reprendidos si no lo hacen. Esta biografía es lectura obligatoria para oficiales de academias militares que van desde West Point, Nueva York, y Carlisle, Pennsylvania; ha merecido el elogio de muchos expertos al otro lado del Telón de Acero, así como de los que se sitúan en la extrema derecha.

Yo, por ser el autor, he visto mi casa hecha pedazos por unos desalmados, han aterrorizado a mi familia, he sufrido la calumnia, han atentado contra mis impresores y yo mismo he sido detenido y deportado por la minúscula y democrática Austria en un acto ilegal, según sentencia de sus propios tribunales, por el que espero se juzgará a los responsables del ministerio. En una ocasión, un redactor de la revista ‘Time’ con quien me encontraba cenando en Nueva York en 1988, me hizo la siguiente observación:

“Antes de venir a verle, he leído en los archivos todo lo que la prensa ha dicho sobre usted. Hasta la aparición de ‘La Guerra de Hitler’ gozó usted de todos los elogios del mundo y era muy estimado por los medios de comunicación; después de publicar su libro le han hundido a usted en el fango.”

No quiero disculparme por haber modificado el retrato ya existente del hombre en cuestión. He procurado concederle la misma oportunidad de defenderse que hubiera tenido en un tribunal inglés, donde se recurre a las reglas normales de las pruebas, pero donde también se deja un lugar para la intuición. No han faltado muchos escépticos que han preguntado si la excesiva dependencia de las fuentes personales, con su inevitable subjetividad, tiene alguna ventaja como método de investigación sobre los sistemas más tradicionales de búsqueda de información. Mi respuesta es que tampoco podemos rechazar el valor indudable de las fuentes personales. Como observó el ‘Washington Post’ después de analizar la primera edición de 1977, “los historiadores ingleses siempre han sido más objetivos que sus colegas alemanes y norteamericanos en lo referente a Hitler”.

Las conclusiones a las que llegué al terminar el manuscrito fueron sorprendentes incluso para mí. Hitler fue un Führer mucho más todopoderoso de lo que siempre se había creído, y el apoyo que obtuvo de sus subordinados se fue debilitando a medida que pasaban los años. Hubo tres episodios -las consecuencias del caso Ernst Röhm el 30 de junio de 1934, el asesinato de Dollfuss un mes más tarde, y los atropellos antisemitas de noviembre de 1938- que demuestran cómo su poder se vio determinado por el de otros hombres con los que, de una forma u otra, se sentía en deuda. Presento la imagen de un Hitler manteniendo siempre intacta la ambición que le había guiado desde el período de preguerra, pero también muy oportunista en sus tácticas y métodos. Hitler estaba firmemente convencido de que no había que dejar pasar ninguna oportunidad. “Verán pasar a la diosa Fortuna un solo instante -exclamó ante sus ayudantes en 1938- y si en ese momento no la toman, no volverán a tener una segunda oportunidad.” Buena muestra de ello fue el modo en que se aprovechó del doble escándalo de enero de 1938 para deshacerse del Comandante en Jefe del Ejército, Werner von Fritsch, por sus ideas demasiado conservadoras, y así erigirse en su propio Jefe Supremo.

Sus ambiciones geográficas fueron siempre las mismas, y ninguna de ellas iba en contra de Gran Bretaña ni de su Imperio, como demuestran claramente todos los documentos capturados sobre el tema. Sin duda aiguna, Hitler no construyó los aviones y los barcos de guerra apropiados para llevar a cabo una campaña continuada contra las islas británicas; además, algunos pequeños indicios, como las instrucciones que dio a Fritz Todt para levantar grandes monumentos en las fronteras occidentales del Reich, inclinan a pensar que para Hitler estas fronteras iban a ser permanentes. También hay pruebas evidentes sobre sus planes de invasión del Este: las palabras que pronunció en secreto en febrero de 1933, su memorial de agosto de 1936, sus instrucciones para fortificar Pillau como base naval del Báltico en junio de 1937 y los comentarios que hizo a Mussolini en mayo de 1938 acerca de que “Alemania se precipitará hacia el Este por el antiguo camino teutónico”. No fue hasta finales de aquel mismo mes cuando Hitler se acabó convenciendo de que había muy pocas probabilidades de que Gran Bretaña y Francia se mantuvieran al margen de todo.



David Irving; introducción (extracto) del libro “El Camino de la Guerra”.







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