jueves, 6 de noviembre de 2014

EL ARMISTICIO DE 1918 (3): "El automóvil de Erzberger, que iba a la cabeza, llevaba una bandera blanca de gran tamaño. Un soldado iba de pie en el estribo y lanzaba sonidos cortos con su trompeta. A unos 150 metros de las líneas alemanas, la comitiva fue detenida por soldados franceses. El Capitán Lhuillier se acercó, reconoció a los alemanes y subió al auto. Escoltó al cortejo hasta el próximo pueblo: La Capelle."

Matthias Erzberger

EN LAS LÍNEAS FRANCESAS

El automóvil de Erzberger, que iba a la cabeza, llevaba una bandera blanca de gran tamaño. Un soldado iba de pie en el estribo y lanzaba sonidos cortos con su trompeta. A unos 150 metros de las líneas alemanas, la comitiva fue detenida por soldados franceses. El Capitán Lhuillier se acercó, reconoció a los alemanes y subió al auto de Erzberger. Escoltó al cortejo hasta el próximo pueblo: La Capelle.

En la plaza de La Capelle la delegación fue recibida por el comandante de Bourdon-Busset, oficial del Estado Mayor del Primer Ejército Francés, que fue enviado allí con tal objeto. Sobre un gran monumento que había en la plaza había un letrero que decía: ‘Kaiserliche Kriegs-Kommandantur’. Y en la cúspide del monumento flotaba la bandera tricolor francesa, izada aquella misma tarde cuando las tropas de Francia ocuparon la población. Varios soldados se acercaron a los automóviles, algunos pidiendo cigarrillos, y otros preguntando ansiosamente: ‘¿Finie, la guerre?’ Se oyeron uno o dos gritos de ‘¡Vive la France!’

A las nueve en punto, hora francesa, después de ser fotografiados, los alemanes tomaron asiento en automóviles franceses, cada delegado en un coche y con un oficial francés escoltándolo. El comandante de Bourbon-Busset iba delante acompañando a Erzberger. Al partir los autos, del público salió una voz socarrona que dijo: ‘¡Nach Paris!’ (‘¡A París!’). La comitiva adelantó lentamente por carreteras casi intransitables. Erzberger refunfuñó cuando se le abolló el sombrero y se le cayeron los lentes.

-Sí, señor -dijo Bourdon-Busset-; las carreteras están en terribles condiciones. Es efecto de la artillería alemana.

-¿Hacia dónde vamos? -preguntó Erzberger.

-Tendremos que hacer un recorrido de cincuenta kilómetros -replicó el comandante francés-, pero no puedo decirle el sitio adónde vamos.

-¿Cómo se pronuncia el nombre del Mariscal Foch? -preguntó el alemán.

El Comandante Bourbon-Busset se lo dijo.

En ningún instante fueron vendados los ojos de los delegados alemanes.

LA DELEGACIÓN ALEMANA FRENTE AL MARISCAL FOCH

Durante esta misma tarde el Mariscal Foch y su Estado Mayor habían salido de Senlis en tren especial, para un punto bien al norte, en el bosque de Compiégne, cerca de la estación de Rethondes. Allí, el tren del Mariscal fue desviado hacia la izquierda, por unos rieles tendidos para un ferrocarril de artillería.

A la media noche la delegación alemana se detuvo para cenar en el Cuartel General del Primer Ejército, en Hombliéres, cerca de San Quintín. Allí fueron recibidos fríamente por el General Debeney y su Estado Mayor. Cuando reanudaron el viaje, la noche era clara, pues ya había salido la luna. Era la una de la madrugada del 8 de noviembre. Llegaron a Tergnier a las tres de la madrugada y se detuvieron para preguntar dónde estaba la estación.

-¿Dónde estamos" -preguntó Erzberger.

-En una estación ferroviaria -fue la contestación.

-Pero, si no hay casas aquí -exclamó el alemán.

-Cierto, aquí se levantaba una hermosa población, pero los alemanes la arrasaron en su retirada de 1917 -contestó Bourbon-Busset.

En la estación los alemanes fueron transbordados a un tren especial de tres coches. Se sirvió coñac. Al salir el tren, el comandante Bourbon-Busset señaló un enorme hoyo al lado de los rieles.

-Ese hoyo es obra de Ustedes -dijo-, una de sus minas de acción lenta. Espero que no encontremos ninguna debajo de nuestro tren.

Poco después del amanecer, el tren llegó a un bosque. Fue desviado hacia la derecha, por una vía muerta, y se detuvo. Erzberger miró por la ventanilla. A través de un silencioso bosque otoñal divisó otro tren más largo, como a cien metros de distancia. Preguntó varias veces dónde se encontraba, pero nadie le respondió. Al poco rato se colocaron tablones entre ambos trenes y un oficial francés cruzó por ellos y avisó a los alemanes que el Mariscal Foch los recibiría a las nueve en punto.

A dicha hora los enviados alemanes cruzaron el paso, de uno en uno, hacia el tren aliado. Los funcionarios civiles vestían trajes de viaje y los militares sus uniformes de campaña. Fueron conducidos a un coche-comedor que había sido convertido en despacho. Este era el coche número 24130D de la Compañía Wagons-Lits, y, cuando el Mariscal Foch viajaba en él, era el Cuartel General Aliado. En el centro había una gran mesa. Cerca de ella estaba de pie el General Weygand, quien mostró a los alemanes sus respectivos asientos. Estos permanecieron de pie detrás de sus sillas. Entonces el General Weygand se retiró al coche contiguo para avisar al Mariscal Foch que todo estaba listo.

Un instante después hizo su entrada el Mariscal Foch, rodeado de su Estado Mayor. Llevaba su gorra ladeada sobre la oreja derecha; su actitud era viva y enérgica, como hombre acostumbrado a dar órdenes.

¿QUÉ LES TRAE A USTEDES AQUÍ?

-Aquel fue el mejor día de mi vida -dijo poco tiempo después a uno de sus ayudantes-. Cuando vi frente a mí, alineados al otro lado de la mesa, a aquellos hombres, me dije: ‘¡He ahí al Imperio Alemán!’ Le aseguro que me sentí enorgullecido. Entonces pensé: ‘Seremos corteses, pero tenemos que demostrarles quiénes somos’.

El Mariscal Foch saludó a los alemanes militarmente y luego con una ligera inclinación de cabeza. Erzberger entregó sus credenciales a Foch, y su Estado Mayor se retiró en seguida a otro coche para examinarlas. A los pocos minutos regresaron.

-Las credenciales de Ustedes están en orden. Tenga la bondad de presentar a su delegación.

Erzberger lo hizo así, en alemán: “El Secretario de Estado, Matthias Erzberger, Presidente de la Comisión; General Detlev von Winterfeldt, Mayor General del Ejército; conde Aldred von Oberndorff, del Ministerio de Relaciones Exteriores; Capitán de marina Ernst Vanselow; Capitán de Estado Mayor Hermann Geyer; Capitán von Helldorff”.

Foch anunció los nombres de los delegados aliados: “Mariscal Ferdinand Foch; almirante Rosslyn Wemyss; General Maxime Weygand; Almirante George Hope; Capitán Jack Marriott; Comandante Bacot; intérprete-oficial Laperche”.

Ambas delegaciones tomaron asiento, una frente a otra.

Foch abrió la sesión inmediatamente con las siguientes preguntas:

-¿Qué les trae a ustedes aquí? ¿Qué desean de mí?

-Esperamos proposiciones relativas a la conclusión de un armisticio -dijo Erzberger.

-No tengo ninguna proposición que hacer -replicó secamente Foch.

El Conde Oberndorff, que era diplomático profesional, intervino: -No deseamos demorarnos en puras fórmulas. ¿Cómo desea usted que nos expresemos? Estamos preparados para decir que solicitamos condiciones para un armisticio.

-No tengo condiciones que ofrecer -fue la réplica de Foch.

El Conde Oberndorff principió a leer un párrafo de la última nota del presidente Wilson: “El Mariscal Foch ha sido autorizado para recibir a los representantes propiamente acreditados del Gobierno alemán, y comunicarles las condiciones de un armisticio...”

“Estoy autorizado a comunicárselas -replicó Foch- si los delegados alemanes piden un armisticio. ¿Piden ustedes un armisticio? Si lo hacen, puedo informarles sobre las condiciones bajo las cuales podrán obtenerlo.

-Pedimos un armisticio -dijeron Erzberger y Oberndorfí a la vez.


Humphrey Cobb; del relato “En el bosque de Compiégne.







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