jueves, 20 de noviembre de 2014

ERNST ROEHM 1 (color): "Es una falsedad que la guerra eduque al hombre en el odio. El odio que envenenara a la humanidad no lo sembraron los que lucharon. En las avanzadas zonas de combate se tendía el lazo de una comunidad entre todos los combatientes, cualquiera que fuese el uniforme. El odio que otros sembraban no encontró asilo en el corazón del soldado. Él veía que al otro lado los hombres cumplían el mismo deber, eran su imagen. Y la propia imagen no se odia porque habría entonces que odiarse a sí mismo. La sangre que se derrama no mancha al soldado."


LA MISIÓN DE LA SA (Parte 1)

El Nacional-Socialismo es una nueva concepción ideológica. Y llegará a ser en el futuro, en una forma determinada por los factores de sangre y suelo, de la idiosincrasia y del carácter nacional de los diferentes pueblos, la ideología política de todo el orbe. Las raíces del Nacional-Socialismo están en las trincheras de la Guerra Mundial. Sería un contrasentido que una catástrofe como la Gran Guerra hubiera pasado sin duradera huella en lo íntimo de los pueblos. Casi todas las naciones de la tierra se alzaron en armas en todas partes, unas contra otras. No hubo en el mundo rincón libre del reclutamiento para la fragua de la humanidad en los campos de batalla europeos. En todos los continentes hay madres y hermanas, viudas y huérfanos, que lloran a los suyos arrebatados por la guerra. Unas doce millones de tumbas son el horrendo rastro, mediato o inmediato, de ese azote de Dios, el más espantoso que la humanidad ha padecido.

Un acontecimiento de tan ingentes proporciones y tan ingentes consecuencias tenía que dejar necesariamente profundas ruinas en la faz de la Tierra. Más aún: tenía que provocar forzosamente una reversión completa en la estructura espiritual de la humanidad. Pues concepciones políticas, sociales y económicas que hicieron, o que no pudieron impedir, que el mundo entero se precipitase en llamas; que hombres que personalmente no sentían el menor odio del uno para el otro tuvieran que matarse a millones; que millones de mujeres, niños y ancianos inocentes muriesen de hambre, esas concepciones, digo, después de una prueba tan abrumadora de su falsedad no pueden regular entre los hombres y los pueblos el futuro, las mutuas relaciones. Con el natural derecho de quien se siente inmediatamente afectado por las consecuencias de aquellas falsas concepciones, empezó a meditar el soldado en las trincheras sobre esas cosas. En un lado y en otro.

El pensar sobre la insensatez de esa guerra no tenía nada que ver con la cobardía ni tenía tampoco que ver con el concepto de victoria o de derrota. El pacifismo es para el soldado cobardía por principio. La cobardía no es una concepción filosófica sino un defecto del carácter. Y los dos estadistas y conductores de sus pueblos que con mentalidad de soldado hecha en las trincheras provocaron en sus compatriotas un cambio absoluto de ideas y sentimientos -hablo de Adolf Hitler y de Benito Mussolini- no fueron cobardes sino que en el frente, en las avanzadas, demostraron con su valentía y el derramamiento de su sangre, que afrontaron como hombres las consecuencias de la guerra. No puede decirse tampoco que el Nacional-Socialismo o el Fascismo, dos ideologías afines en todo caso por su origen en la concepción del combatiente, sean mentalidad de vencedor o de vencido. 

Pues en el tiempo en que Benito Mussolini concibió su idea del Fascismo, es decir, durante la guerra, Italia tenía todos los motivos para sentirse derrotada. Y Adolf Hitler llegó a su conocimiento del Nacional-Socialismo como soldado cuyos camaradas eran victoriosos en todas las partes del mundo dónde iban. Cuando estos dos soldados desconocidos de la Gran Guerra llevaron a sus pueblos esas ideas surgidas ante el espectáculo de la muerte en el combate, las circunstancias eran precisamente inversas. Ambos, bajo postulados completamente diferentes, llegaron a casi las mismas conclusiones. Ambos no pudieron hasta muchos años después de la guerra, hacer de las ideas concebidas en ella acervo común de sus pueblos. Esto prueba que ese pensamiento de dos soldados no tenía nada que ver con la guerra o con la paz, con la victoria o con la derrota, sino que, independientemente de lo uno y de lo otro, tienen validez general. Esto lo llamamos nosotros una nueva concepción del mundo.

El Bolchevismo no es una concepción del mundo. Algunos consideran también como secuela de la guerra una doctrina completamente opuesta: el Bolchevismo. Nosotros negamos terminantemente que el Bolchevismo sea una concepción ideológica. El Bolchevismo no nace de la misma raíz que nosotros, no surge de las trincheras de la Gran Guerra. Ninguno de sus padres espirituales estuvo en las trincheras, ninguno fue soldado. Sólo el desánimo y la quebrada energía de alma de un Pueblo que devino amargado y apático por la derrota, por la falsa dirección, por el hambre y por la miseria y por la muerte, pudieron sucumbir a ese error. 

El espíritu de la destrucción y de la lucha fratricida, el de la sangrienta embriaguez del odio que marca el camino del Bolchevismo, no tiene nada que ver con las profundas fuentes del Nacional-Socialismo, con el espíritu de soldado. Es, al contrario, cuño de lo que fue y será ajeno al soldado de todos los tiempos y de todas las naciones. Me atrevo a dudar también que el Bolchevismo sea a la larga la expresión mental de dilatados sectores del mundo. El odio, la mera negación, poseen muy poca fuerza sustentante para poder ser fundamento de Estados ni de relaciones internacionales. Más bien, ahora precisamente vemos cómo, bajo la presión de las circunstancias, parece operarse un cambio fundamental. El Bolchevismo como creencia pudo esperar sostenerse sólo si lograba hacer de Alemania su trampolín para el mundo. Únicamente si el Pueblo alemán hubiera dado con su inteligencia, con su energía y con su fuerza de voluntad, perfilación espiritual en sentido constructivo a aquella extraña manifestación mental, habría podido llegar a ser el Bolchevismo fulminante peligro para el mundo, y permítaseme decirlo claramente, infalible tósigo mortal para la humanidad.

Alemania es el campo de los destinos no sólo de Europa sino de todo el globo terráqueo. Lo que en los últimos meses ha ocurrido aquí es mucho más que un simple trastrocamiento interior. En Alemania se ha sellado el destino del Bolchevismo quebrantándole de una vez para siempre como agudo peligro mundial. En el momento en que el Nacional-Socialismo aplastó en el corazón de Europa el complejo Marxista, tuvo que enterrar definitivamente en el Bolchevismo la esperanza de revolucionar al mundo, de la cual había vivido exclusivamente años y años. Por obra del Nacional-Socialismo, Alemania dejó de ser el primer blanco de un ataque mortal al mundo y se ha convertido en un firme bastión contra el Bolchevismo. Desde la reorganización política y espiritual de Alemania, inspirada en el Nacional-Socialismo, se encuentra en el mundo entero todo el Marxismo en definitivo retroceso. Mientras en el corazón de Europa subsista una Alemania Nacional-Socialista, fuerte, no tiene ya el mundo que temer el peligro de una bolchevización. 

La liberación de esa pesadilla que gravitaba sobre todos los pueblos tiene que agradecérsela la humanidad, única y exclusivamente, a la Alemania Nacional-Socialista. El hecho de que hoy el Bolchevismo revele el serio propósito de plegarse al orden de cosas existente en el mundo, obliga a reconocer que la fuerza más poderosa en la vida de los individuos y de las naciones entre sí no es el odio ni la negación, sino el amor y la voluntad solidaria. Es una falsedad que la guerra eduque al hombre en el odio. No se odiaron los soldados que estuvieron frente a frente con las armas por terribles que éstas fuesen. No hicieron más que cumplir con el deber que les impusieron los jefes responsables de sus pueblos respectivos. El odio que envenenara a la humanidad, imputando al soldado alemán atrocidades en la guerra, no lo sembraron los que lucharon con él cuerpo a cuerpo. 

En las avanzadas zonas de combate donde no imperaba más que la muerte y donde la misma angustia y el mismo peligro, se tendía el lazo de una comunidad invisible entre todos los combatientes, cualquiera que fuese el uniforme que llevaran; no fue donde nacieron esas leyendas de crueldades envenenadoras de los pueblos. Al contrario, el combatiente alemán está orgulloso de haber encontrado siempre en el adversario de entonces el censor más leal y más justo. En constante presencia de la muerte, palidecía todo lo que no era más que apariencia, se hundía todo lo que no era más que vanidad. Sólo lo puro, lo verdadero, lo viril, conservaba su valor. El odio que otros sembraban no encontró asilo en el corazón del soldado, porque sencillamente, no le sentía. Él veía que al otro lado los hombres sufrían la misma calamidad, cumplían el mismo deber, morían la misma muerte suya, eran en realidad su imagen solamente. Y la propia imagen no se odia porque habría entonces que odiarse a sí mismo. No hay cedazo más sutil, más riguroso para el carácter, que la avanzada en la línea de fuego. 

El hambre y la sed, la lluvia y el frío, la angustia y el peligro, las heridas y la muerte le arrancan al hombre toda máscara y le dicen inexorablemente: confiesa lo que vales. En esa zona inmisericorde en la que el hombre está abandonado sin defensa, los pensamientos toman por sí solos rumbo a lo esencial, no admiten extravíos, inquieren el por qué. Y entonces, el soldado de la Guerra Mundial adquirió noción de fuerzas que estaban sobre él, que determinaban su destino, su vida y su muerte, sin tomar parte en ello. Adquirió noción de que el soldado enemigo de la trinchera opuesta, la muerte del cual era para él un mandamiento de la propia conservación, no era tampoco otra cosa que un instrumento involuntario en manos de poderes que no podían abarcarse. Adquirió noción de que podría matar una vez, y otra, y otra al adversario, pero la guerra persistía. Inquiriendo y meditando sobre el sentido de la guerra vio claramente el soldado que él, que con sus luchas y privaciones, con su sangre y con su muerte llevaba el único y exclusivo peso del sangriento suceso, no era, sin embargo, más que el peón de la guerra. Comprendió una amarga verdad:

“El soldado marcha y lucha, mata y muere, como fue y como será siempre su misión y su destino. La guerra sigue sus propias leyes. Leyes que son, que deben ser duras y despiadadas, si es que la guerra no ha de convertirse en estado permanente. Deber elemental del soldado es hacerla lo más duramente posible. Y, al mismo tiempo, la forma más humana. Pues cuanto antes termine una guerra, antes llegará la paz. La sangre que se derrame para ello no mancha al soldado.”

Pues sobre las causas que originan la guerra no tiene él influencia alguna. La violenta controversia entre dos naciones, es decir, la guerra es la última forma de expresión de la política. Y la política la hicieron hasta ahora, en todas partes, otros, no los soldados que con su sangre y su vida le dan sello más intenso. A los políticos y a los sostenes espirituales o materiales de ideas o intereses que se servían de la espada para imponer sus fines, no los vio el soldado en la zona de la muerte. Aquéllos se encontraban en casa, en los parlamentos, en los sillones ministeriales o en los consejos de administración, tirando de los hilos, moviendo las figuras, calculando y haciendo negocios. Inexorablemente, el morir por sus intereses políticos o económicos lo encomendaron al soldado. Y el soldado se rebeló contra este absurdo.

Profesión de fe del soldado es una disposición de espíritu que no necesita en modo alguno ir unida a la idea del manejo de las armas, sino que significa la adhesión a una causa hasta lo último. Si los políticos, y los príncipes de la Bolsa, y los capitanes de la industria, y los magnates del petróleo, y los almirantes de la marina mercante, y todos aquellos cuya pugna de intereses se ventilaba en los campos de batalla de la Guerra Mundial, hubieran ido al frente, hubieran sido bastante hombres para defender su causa, buena o mala, con empeño de su persona y de su vida, el soldado hubiese tenido comprensión para ello. ¡Pues eso hubiese sido obrar como soldado! Como no lo hicieron, como desde la impasible tranquilidad de sus salas de conferencias y sesiones precipitaron al mundo en un sufrimiento sin nombre durante cuatro años y medio, como dejaron morir millones y millones de seres, se irguió a manera de un derecho moral el requerimiento del soldado:

“¡Ya que el soldado tiene que luchar y morir por una política, buena o mala, quiere tener también decisión sobre esa política!”


Ernst Roehm; discurso pronunciado en 1933, Editorial Kamerad.







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