lunes, 17 de noviembre de 2014

HANS KEHRL 1 (color): "Nosotros, los americanos, llevamos ya casi ocho semanas en Alemania, y hemos encontrado un país y un Pueblo completamente distintos de lo que esperábamos según nuestras informaciones. Tendrán que tener ustedes mucha paciencia, pues somos prisioneros de nuestra propia Propaganda."



INTRODUCCION

El 6 de junio de 1945 vino a buscarme J.K. Galbraith, el más tarde conocidísimo economista y escritor. Me sacó de mi soledad en el Lüneburger Heide para llevarme a Bad Nauheim, donde durante unos diez días se me sometió a un interrogatorio que dirigía él, como jefe de la “U.S.-Strategic Bombing Survey”. Uno de mis interrogadores, con el cual yo había mantenido largas conversaciones al mismo nivel, me dijo en un coloquio de despedida: “Nosotros, los americanos, llevamos ya casi ocho semanas en Alemania, y hemos encontrado un país y un Pueblo completamente distintos de lo que esperábamos según nuestras informaciones. Pasarán todavía muchos años hasta que podamos adaptarnos plenamente a la realidad del pasado y del presente, y podamos entenderla. Tendrán que tener ustedes mucha paciencia, pues somos prisioneros de nuestra propia Propaganda”.

En el otoño de 1973 apareció mi libro “Experto para casos críticos en el III Reich”, con el subtítulo de “Seis años de guerra y seis años de paz”. Me sorprendió comprobar que mis interlocutores en la editorial y el consejero historiador de ésta, Profesor Viefhaus -así como numerosos lectores que me escribieron posteriormente, e historiadores con los que entré en contacto-, se extrañasen de que las ideas que habían mantenido hasta entonces no coincidían de ninguna manera con la realidad expuesta por mí, sobre todo en lo relativo a la forma de gobernar durante la “dictadura”, reparto de tareas y posibilidades de influencia en el NSDAP, nivel de conocimiento e información de los ciudadanos y muchas cosas más.

Ya en el otoño del año anterior, el profesor Robert Kempner, mi fiscal principal en el proceso de la Wilhelmstrasse en Nuremberg, me dijo que “había creído conocer verdaderamente todo sobre el III Reich, pero, después de haber leído mi libro, sabía ya que se trataba de un error".

Eike Hennig escribe en un capítulo de la obra “Economía y rearme en vísperas de la segunda guerra mundial”: “'Quod non est in actis non est in mundo', dice una de las máximas más importantes de la ciencia positivista de la Historia, que con ello destierra a priori de su ángulo visual grandes dimensiones de la historia auténtica". En este tomo habla además Timothy W. Mason sobre "la alergia de los gobernantes Nacional-Socialistas hacia lo escrito”.

Las jerarquías del III Reich no tenían ninguna “alergia contra lo escrito”, sino que su modo de trabajar difería de lo conocido y usual hasta entonces, entre otras cosas porque en lugar de cartas, anotaciones en actas, informes y órdenes escritas, predominaban las conversaciones, conferencias, instrucciones verbales y coloquios informales, así como las autorizaciones y delegación de poderes sin formalidades. Estas últimas, a menudo, las aceptaban simplemente los interesados como otorgadas, cuando el reparto de funciones parecía exigirlo. Ese era en gran medida mi caso, sin que por ello surgiesen dificultades.

El sistema Nacional-Socialista de gobernar y de trabajar se caracterizaba, en todas sus esferas, por la falta de formalidades especiales. Franz Neumann habla, y con razón, de un “shapelessness” (informalismo) del sistema de gobierno Nacional-Socialista. Todo esto conduce a que sirva de manera extraordinaria, para la historiografía del III Reich, la frase enunciada por David Irving en la introducción de su libro “Hitler y sus generales”: “Al historiador se le concede lo que se niega a los mismos dioses: modificar lo acontecido”.

Considerando esto y algunas cosas más, me siento obligado a realizar con mis observaciones una humilde aportación para esclarecer la realidad del III Reich. Toda apología personal, así como cualquier porfía o reacción obstinada, están lejos de mí. Con 75 años uno se halla por encima de tales motivaciones.

Mis observaciones las expongo de manera sencilla, bajo epígrafes que, en su temática, me parecen haber sido especialmente polemizados y que, por ello, podrían necesitar una aclaración. Lo acontecido en el III Reich, y la enorme base de confianza que logró Hitler, sólo puede comprenderse viéndolo desde el derrumbamiento de la República de Weimar, y comparando la situación económica inicial de 1932 con la lograda antes de estallar la guerra. Al mismo tiempo, tomo con ello una postura respecto a manifestaciones hechas por algunos historiógrafos, como por ejemplo Eike Hennig, el cual, en su obra “Tesis sobre la historia social y económica alemana 1933-1938”, intenta demostrar que la política económica entre los años 1933 a 1939 era asocial, e incluso tenía que serlo.

Recogeremos solamente dos “tesis” de él. Hennig indica, por ejemplo, que el porcentaje salarial en la industria retrocedió de un 64,4 por cien en 1932 a un 57,2 por cien en 1938. Desde el punto de vista de la Política Social, ello no demuestra absolutamente nada. Los años que van desde 1932 a 1938 fueron en la industria, casi sin excepción, esencialmente años de mejor explotación de la capacidad de las empresas y de una más fuerte racionalización, mediante la elevación de las inversiones. Por ambas razones, se llegó automáticamente a una disminución de la participación de los salarios que, con toda seguridad, sobrepasó en mucho a ese 7,2 por cien de valor nominal que él ha indicado.

Eike Hennig objeta también que las escalas de salarios hora quedaron congeladas. Pues bien, esto ocurrió a consecuencia de los esfuerzos de la Política Económica por mantener las tendencias inflacionarias dentro de los límites más bajos, y que fueron coronados por el éxito.

Nos llevaría demasiado lejos, si quisiéramos entrar con detenimiento en el material estadístico de Hennig, presentado muchas veces con una selección arbitraria y, sobre todo, porque también en gran parte se trata de un baile de cifras falto de interés. De la exposición global que voy a presentar a continuación, se deducen claramente dos cosas: los ingresos anuales de los trabajadores se duplicaron al suprimirse el paro, y al lograrse no sólo el pleno empleo sino incluso el muy buscado sobreempleo; la subida de precios en los siete años fue solamente de un 5,6 por ciento, es decir, aproximadamente un 0,8 por cien de término medio anual.

Al mismo tiempo, después de 1932 se consolidó considerablemente la situación financiera del Estado. Para echar una ojeada más profunda sobre la historia previa, comienzo por exponer mis consideraciones sobre el derrumbamiento de la República de Weimar.


Hans Kehrl; del libro "La Alemania Nacionalista a través de sus economistas."







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