jueves, 13 de noviembre de 2014

HEINRICH HOFFMANN (6) color: "En la época en que luchaba para conseguir el poder, estimaba la influencia política de las mujeres, convencido de que el entusiasmo, la tenacidad y el fanatismo femeninos serían un factor decisivo para el éxito. En los mítines, las mujeres tenían su papel. Mucho antes de la reunión, armadas con labores de punto o de aguja, las ‘incorruptibles’ tomaban asiento en las primeras filas, impidiendo así que los adversarios se acercasen a Hitler."



MI ESPOSA ES ALEMANIA

-Mi esposa es Alemania -decía Hitler.

Una sencilla broma, aunque había algo de verdad en esa afirmación. Hasta el punto de que si le agradaba la compañía de mujeres bonitas, había decidido, sin embargo, permanecer soltero; y lo declaraba.

Cuando hubo asumido el poder, pidió con frecuencia a la señora Goebbels que invitase a jóvenes actrices a tomar el té. Se complacía en acudir a aquellas pequeñas reuniones y en mostrarse lleno de encanto y de cortesía. Ofrecía flores a cada una de las invitadas, acompañadas de una bombonera. A veces se me ocurrió decirle:

-Decídase a escoger, señor Hitler; ninguna mujer, se lo aseguro, le volverá la espalda.

Se echó a reír:

-Ya conoce usted mi punto de vista, Hoffmann: es cierto que me gustan las flores, pero no hay razón alguna para que me dedique a florista.

No sentía él preferencia por un determinado tipo de belleza: le atraía tanto la personalidad como la línea. Ya fuera una Gretchen o una mujer de mundo sofisticada, ya se hiciera notar por una silueta alargada o por unas redondeces voluptuosas, cada una de ellas podía seducirle a su manera. Si tuvo él alguna preferencia, sin embargo, diría yo que fue por el talle delgado y el busto esbelto. Personalmente, no tenía él nada que objetar contra el lápiz de los labios o el barniz de las uñas condenados con tanto desdén por los miembros del Partido.

Un día, en medio de una discusión sobre el cabello corto, los elementos conservadores abogaron porque ‘las mujeres de pelo cortado no fuesen admitidas en las reuniones del Partido’. Pero Hitler tomó su defensa.

Rechazó el uniforme primitivo dibujado para las Bund Deutscher Maedchen (algo así como las mujeres-guías alemanas). Declaraba que en materia de uniforme femenino podíamos seguir el ejemplo de las otras asociaciones... Cuando destilaron ellas por primera vez ante el Führer, se volvió éste hacia mi yerno Baldur von Schirach, que era entonces el Líder de la juventud del Reich, y le dijo:

-Embutidas en esos viejos sacos, esas pobres muchachas repelen las miradas masculinas. ¿Es que se ha empeñado el Partido en crear una raza de solteronas?

Por orden de Hitler, una modista muy conocida en Berlín dibujó unos nuevos uniformes para las secciones femeninas del Movimiento de la Juventud Hitleriana. Aquellas prendas, más elegantes, fueron adoptadas inmediatamente.

En la época en que luchaba para conseguir el poder, estimaba la influencia política de las mujeres, convencido de que el entusiasmo, la tenacidad y el fanatismo femeninos serían un factor decisivo para el éxito. En los mítines, las mujeres tenían su papel. Mucho antes de la reunión, armadas con labores de punto o de aguja, las ‘incorruptibles’ tomaban asiento en las primeras filas, impidiendo así que los adversarios se acercasen a Hitler.

Las interrupciones delirantes, los aplausos nutridos con que aquellas ‘incorruptibles’ subrayaban los discursos de Hitler, eran indispensables para asegurar el éxito de una arenga. No sólo eran ellas las propagandistas del Partido, sino que persuadían a sus maridos de que se uniesen a Hitler; sabían entregarse por completo a su misión, sacrificando su tiempo libre y todo placer pueril.

Aunque muchas veces le cohibiese, Hitler no podía rechazar la veneración que le consagraban aquellas partidarias de espíritu sencillo. Ayudaban, es cierto, pero habría mucho qué decir y qué repetir sobre su exceso de celo, que desencadenó muy pronto tormentas en el cielo político.

En la dirección misma del Partido, estaban muy restringidas las actividades femeninas; puede decirse que ninguna mujer desempeñó nunca un papel preponderante en el gobierno del Tercer Reich.

-No permito que ningún hombre coma una parte de mi pastel político -me dijo un día Hitler-.

Con mayor motivo, no se lo permito tampoco a ninguna mujer.


Heinrich Hoffmann; del libro “Yo fui amigo de Hitler.







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