martes, 18 de noviembre de 2014

HEINRICH HOFFMANN 7 (color): "Hitler se complacía en la atmósfera artística que creaba yo a su alrededor. Después de todo, desde mi punto de vista de aquella época, su vida de político debía compensar malamente su gran ambición fallida que había cifrado en llegar a ser un artista. Yo lo era, o cuando menos creía serlo. Y mientras él me envidiaba, se convencía a sí mismo de que tenía una misión que cumplir y que sus planes políticos, suponiendo que pudiera realizarlos, salvarían su país. Para ello, ningún sacrificio era demasiado grande."


FOTÓGRAFO DE LOS ROSTROS DEL MUNDO

Afiliado al Partido en abril de 1920, tenía yo la tarjeta de miembro núm. 427. Los anteriores episodios me habían puesto en contacto personal con Hitler: base de una amistad que iba a llegar a ser profunda y a mantenerse durante los veinticinco años siguientes de trastornos.

Mi mujer y yo nos dimos en seguida cuenta del poder magnético de aquel hombre; pero mientras que a mí me atraían su actitud modesta, su felicidad que (en apariencia) provenía de los goces sencillos y su afición a las artes, mi mujer seguía las directrices de sus teorías políticas. Ella y no yo iba a convertirse en una de las entusiastas del Partido y a seguirlo siendo hasta su muerte.

Hitler se complacía en la atmósfera artística que creaba yo a su alrededor. Después de todo, desde mi punto de vista de aquella época, su vida de político debía compensar malamente su gran ambición fallida que había cifrado en llegar a ser un artista. Yo lo era, o cuando menos creía serlo. Y mientras él me envidiaba, se convencía a sí mismo de que tenía una misión que cumplir y que sus planes políticos, suponiendo que pudiera realizarlos, salvarían su país. Para ello, ningún sacrificio era demasiado grande.

A eso sacrificó el artista que había en él; su honor quedaba a salvo.

Y salía de la lucha política para entrar en el oasis de mi casa, para divertirse en compañía de un hombre cuya vida modesta pretendía él envidiar. Mostraba, pues, un vivo placer cada vez que entraba en nuestra acogedora casa, y se detenía para admirar mi colección de cuadros (varios de los cuales eran regalos de amigos artistas). Aquel ambiente, aquella despreocupación bohemia le encantaban.

Más adelante, cuando llegó al poder, fui capaz de asombrarle por mi despego con respecto a la política. Me negué siempre a tener un estudio bajo los auspicios del Partido, mantuve el lazo personal de nuestra amistad, a cambio de lo cual me entregó él su confianza de hombre: y me hablaba de todo, con franqueza, libremente, es decir de todo lo que podía admitir desde el punto de vista de mi limitada inteligencia.

A petición suya expresa seguí llamándole “señor Hitler” y jamás “Herr Reichkanzler” y no fue nunca para mí el “Mein Führer” como llegó a serlo para Alemania entera.

No, era yo simplemente y seguí siéndolo, un fotógrafo de Prensa y podía vender mis fotos a cualquier diario de izquierda, de derecha o del centro. Después de 1933, mi obra apareció exclusivamente en los diarios nazis: esto se explica porque el Partido se había encargado de la censura de la Prensa nacional y todos los periódicos eran de hecho nazis.

Era él de una exigencia absoluta: los que formaban parte de su círculo íntimo debían sacrificarle casi su vida privada. Para nosotros, no podía ya haber vida de familia, e íbamos a remolque suyo en avión, en el tren, en los hoteles, por todas partes; bajo nuestro propio techo, por decirlo así, no vivíamos ya.

Hitler se había forjado una armadura de celos: seductor con las mujeres, cortés e incluso efusivo cuando ellas le acompañaban, exigía, sin embargo, ser el primero en nuestro afecto. Él, primero la familia, después, o incluso, suprimida.

Durante aquellos primeros años de nuestra amistad con Hitler, mi mujer, aun siendo una apasionada de su política, vislumbraba ya la dislocación de nuestra vida familiar. Y esto le hacía daño. Nuestra hija, salía de la escuela materna, nuestro pequeño Heinrich, nacido en 1916, llegaba a esa edad en que la camaradería de un padre desempeña un papel decisivo sobre la evolución del carácter de su hijo. De haber sido yo también un fanático de la causa, mi mujer hubiese admitido mi abandono parcial de la familia. Pero que el simple insignificante fotógrafo que era yo consintiese en destrozar nuestra felicidad y su propia carrera para satisfacer el capricho de un camarada exclusivista, ella lo rechazaba.

Tenía razón, era yo el equivocado, pues sabía todo eso y, sin embargo, me sentía inexorablemente atraído hacia él: mi amistad parecía indispensable para su equilibrio, porque representaba para él una evasión.

Habíamos congregado a nuestro alrededor un grupo de pintores, de músicos, de escritores, de actores: un círculo, en suma, muy ecléctico entre cuanto había de más artista en Munich. Un medio muy diferente del que rodeaba a Hitler. No hay que olvidarlo: la mayoría de los hombres de quienes él hizo altos funcionarios eran de origen modesto, oscuro, elegidos menos por su capacidad, por su inteligencia o por sus dotes que por su adhesión al Führer y a su causa. Muchos de ellos estaban ya casados antes de haber sido descubiertos por Hitler; eran unos “self-made men” y sus mujeres se resentían de ello: venidas de sus provincias, poco desbastadas, hacían mal papel cuando se las trasladaba de golpe a un medio artificial. Los maridos se sentían avergonzados, preferían dejarlas en sus casas, tanto más cuanto que conocían ellos a mujeres más jóvenes, más elegantes, más listas que sus antiguas “mujeres-fardos”. Aquello llegó a ser una regla general: se califica corrientemente el círculo que rodeaba a Hitler de “antecámara del divorcio”.

En 1923, Hitler se volvió muy activo. El número de sus adheridos aumentaba a diario, el Movimiento adquiría importancia y él empezaba a ser temido.

El 27 de enero de 1923, centenares de SA desfilaron por el Mars Feld para que Hitler les hiciera entrega de cuatro estandartes. Aquellos cuatro estandartes, Hitler, el artista, los había diseñado con su propia mano. Después del desfile, las columnas cruzaron la ciudad. No fueron ni aplaudidas ni aclamadas: la gente de la calle miraba de soslayo, e incluso con un terror sordo, a aquellos hombres totalmente entregados a Hitler, un desconocido.

El 1° de mayo de ese mismo año, la situación en Munich era crítica. Los afiliados del SPD (Partido Socialista Alemán) y del KP (Partido Comunista) se congregaron en la plaza Theresienwiese: pero en la plaza Oberwiesenfeld se hallaban los hombres de Hitler. Iban armados de fusiles. Y aquellos hombres habían llegado de toda Baviera, hasta el punto de que el Oberwiesenfeld parecía un amplio campamento en armas. Hitler pasaba de un grupo a otro, daba órdenes sin esperar nunca una respuesta.

En realidad esperaba que los rojos provocasen la violencia; más aún, confiaba en ello. Entonces, con sus unidades de SA bien armadas, bien disciplinadas, estaría en disposición de prescindir del Gobierno y de apoderarse del poder.

Las cercanías de Oberwiesenfeld estaban custodiadas por SS. Se los veía por todas partes, con sus fusiles y sus ametralladoras y se notaba que estaban prontos a entrar en acción. Según Roehm, aquellas armas se habían obtenido de la Wermacht.

Sin embargo, no ocurrió nada: los rojos eludieron con gran cuidado toda clase de provocación.

Estaba yo en aquellos momentos con Hitler que llevaba un casco de acero cogido del barboquejo. Pensaba en los rojos y yo en el casco: si se lo hubiera puesto ¡qué magnífico clisé habría yo podido hacer! En aquella ocasión, por lo demás, y durante toda su vida, se negó a llevar un casco de acero.

Por último, las unidades SA y las de la Unión Oberland efectuaron algunas maniobras a las cuales se unieron las unidades del Reichsflagge: una gran duquesa asistía a aquello como espectadora.

En la tarde del 8 de noviembre, Hitler y yo estábamos sentados -solíamos hacerlo- en el saloncito de té de la Gaertnerplatz, en Munich. Descansaba él hablando conmigo de cosas insignificantes, cuando de pronto, como si aquella idea se apoderase de todo su ser, decidió que debía ir a ver a su amigo íntimo Esser, que estaba en la cama con un ataque de ictericia. Ya en casa de Esser, esperé abajo. Visita relámpago. Marchamos de nuevo hacia la Schellingstrasse, donde los SA tenían su cuartel general en la misma casa del Voelkischer Beobachter. Allí estaba Goering, Comandante en jefe de los SA. El abultado paquete que llevaba debajo del brazo (lo supe después) contenía un casco de acero, una svástica y una pistola. Una vez más atrajo a Goering a su lado; intenté captar sus palabras, pero lo que le murmuraba no llegó a mis oídos. Aquel misterio me molestaba; tenía, sin embargo, forzosamente que dejarlos. Antes de irme, pregunté a Hitler qué pensaba hacer aquella noche; pero me contestó que estaría muy ocupado con un trabajo importantísimo.

Fui al café Schelling-Salon, cerca de mi casa, donde me esperaba Dietrich Eckart y empezamos nuestra partida habitual de póker. Jugábamos: pero ni uno ni otro podíamos sospechar que en aquel preciso instante se iniciaban los preparativos del “putsch” del 1° de noviembre. ¿El “putsch”? Ni siquiera los que iban a tomar parte en él sabían aún lo que se esperaba de ellos: y ya obedecían.

Había yo olvidado las confidencias de Hitler a Goering y, descansado, volvía hacia mi casa complacido. En el momento de entrar oí el timbre del teléfono. “¡Diga!” Reconocí la voz del pastelero, del especialista de aquella famosa tarta de boda con la efigie de Hitler. Curiosa comunicación.

-La Revolución Nacional -dijo el pastelero- ha sido proclamada desde el Buergerbraeukeller. Hitler y Ludendorf han derrocado al gobierno Kahr. Se ha formado un nuevo gobierno con Kahr, Lossow y Seiser.

Repliqué:

-Vamos, vamos, eso es imposible: he estado con Hitler no hace aún dos horas.

El pastelero insistía:

-Se ha publicado un telegrama sobre eso en las Muenschner Neueste Nachrichten: los SA y la Unión Oberland han ocupado ya todos los edificios públicos.

Me sentía enloquecer y colgué; salí, me precipité a las calles que me parecieron extrañamente vacías, descontando las columnas de SA y las unidades de la Unión Oberland. Pero las oficinas del diario socialdemócrata Muench-ner Post estaban sitiadas por centenares y centenares de gentes y otras habían asaltado el interior y destrozaban de un modo salvaje las prensas y las máquinas.

Por primera vez se me aclaró el sentido de la conversación musitada entre Hitler y Goering. Sólo más adelante averigüé que Hitler había ido a ver a Esser para encargarle que organizase una reunión en el Loewenbraeukeller a manera de diversión, con objeto de ocultar lo que sucedía en el Buergerbraeukeller.

Cuando volví a casa, hacia medianoche, Esser me esperaba. No bien terminó su mitin en el Loewenbraeukeller se precipitó hacia el Buergerbraeukeller. Pero, ¡qué impresión experimentó!;

-Se acabó todo -gimió Esser-; el “putsch” ha fracasado: Hitler y Ludendorf han dejado marcharse a Kahr, Lossow y Seiser: y en cuanto los tres se han visto libres, han dado todos los pasos necesarios para informar a la población de que se habían unido a Hitler coaccionados. Unas alambradas de espinos han sido colocadas ya alrededor de los edificios del gobierno y la mayoría de las unidades de la Unión Oberland han sido cercadas en sus cuarteles por el ejército regular.

Esser no podía más, hubiera llorado.

La mañana del 9 de noviembre debía ser un día memorable; salí temprano con mi máquina. La luzera lúgubre. Sobre la Torre de Rathaus ondeaba la bandera con la svástica. Espectáculo inaudito: abajo, los agitadores del Movimiento Nacional-Socialista arengaban a una multitud entusiasta.

Llegué justamente a tiempo de presenciar cómo detenían a los consejeros socialistas y comunistas.

Me daba cuenta de que vivía un momento histórico de mi profesión; mi provisión de placas se agotaba. Se había entablado una discusión en el Buergerbraeukeller para saber si una marcha sin armas por la ciudad se atraería las simpatías de la población. Por encima de mi cabeza oigo a alguien que cuenta eso y corro a mi casa para coger más placas. Pensaba estar de vuelta una hora después en Buergerbraeukeller. Pero cuando al regresar llegaba al Feldherrenhaller me contaron el trágico final de aquella marcha de la milicia. Debía ver con mis propios ojos la capa de aserrín empapada en la sangre de las catorce víctimas, que se elevaba sobre la calzada. Pero era demasiado tarde: había perdido el instante de aquella foto por la cual Hitler y la historia me hubieran quedado agradecidos.


Heinrich Hoffmann; del libro "Yo fui amigo de Hitler."







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