lunes, 3 de noviembre de 2014

JOSEPH GOEBBELS 60 (color): "Mussolini ha abierto así a la Italia contemporánea su ruta. Y contra una humanidad bajo la plena y entera supremacía del Liberalismo, ha osado por vez primera el experimento de encuadrar a los hombres en marcos radicalmente renovados, de proponerles incluso un ideario social y nacional nuevo."



EL FASCISMO DE MUSSOLINI (Parte 1)

Mi tema básico deseo que sea una frase de Treitschke, tomada en cualquier ocasión de Mussolini: la Historia se construye con los hombres. Frase la cual sería una sofisticación, si se pretendiese inferir que, en la serie de evoluciones político-históricas en que se sustancia la vida de los pueblos, el elemento hombre constituye la determinante única y exclusiva. He aquí, por el contrario, la verdadera interpretación: los hombres representan la materia prima. Abandonada a sí misma, la materia prima no sabría ni darse una forma ni asumir una estructura. Por ello es ineludible condición la intervención de una mano ordenadora, el acto creador de una individualidad de superior naturaleza. La cualidad del intelecto político es artística: toda materia prima se transmuta por él en sustancia modelable. La cima máxima de la acción política reside, forzosamente, en la transformación inicial de la materia elemental humana en un pueblo: en su paulatina elevación a Estado Nacional portador de un valor político. Sin Mussolini es imposible concebir el Fascismo, es imposible concebir la Italia contemporánea. Al principio y al fin de la evolución política denominada Fascismo, se halla Mussolini. Con Mussolini el fenómeno denominado Fascismo ha entrado por vez primera en el mundo fenoménico. A Mussolini le debe el Fascismo no sólo su propio núcleo ideal, sino también su forma, estructura, organización. En cada expresión vivífica de la Italia contemporánea está impreso, también y profundamente, el sello inimitable de esta individualidad de especie única.

Mussolini, él mismo, es la encarnación de una voluntad y de una idea. Debido a ello su acción -revelada al afrontar una situación política que no era ya el fruto concreto de la superioridad individual en acción, sino la resultante de un juego de grupos, facciones, entidades- ha podido aparecer tan gigantesca, tan duradera, tan capaz. En medio de un conjunto democrático y baboso de procuradores de sociedades anónimas y secretarios de cámaras de trabajo, su aparición había implicado, por primera vez, la presencia de un arquetipo, de una entidad independiente, de un hombre. En él se expresaba por vez primera, una individualidad política completa, proyectante de los problemas políticos en un ángulo visual, no ya material y mecánico, sino político en sus fines.

Mussolini ha abierto así a la Italia contemporánea su ruta. Y contra una humanidad bajo la plena y entera supremacía del Liberalismo, ha osado por vez primera el experimento de encuadrar a los hombres en marcos radicalmente renovados, de proponerles incluso un ideario social y nacional nuevo. Su máximo mérito histórico se anota aquí: que, a través de revolución política tal, ha demostrado al mundo, de manera original, el teorema de la posibilidad de desmantelamiento del Marxismo. Del Marxismo, entendámonos, en su esencia.

Nunca, hasta ahora, se había efectuado, ni siquiera intentado, esta demostración: y, ante todo, se estaba convencido unánimemente, sea de la indemostrabilidad del teorema, sea de su absurdo. Una vez sobrepasada cada fase difícil, se elevaba ante Mussolini, un obstáculo ulterior, cada vez mayor. Sin embargo, no solamente ha terminado por reducir a cero el Marxismo por primera vez en la Historia, tanto en su eficiencia política como en su propio peso específico real. Además y siempre, por vez primera, ha rendido la prueba clásica del modo de superarlo; y hasta como movimiento y fermento obrero; no con el recurso de la teoría y los métodos de la reacción, sino con doctrinas y raigambres sociales. El Fascismo ha resultado, por consiguiente, el primer proceso político y victorioso contra el Liberalismo. Generalizando más contra aquella corriente ideológica y mitológica que derramada inicialmente en 1789 con la toma de la Bastilla, inundó después, unas tras otras, las naciones, y las azotó con una secuela de convulsiones revolucionarias, y al final, hizo sumergirse a los pueblos en el pantano del Marxismo, la Democracia, la Anarquía, la lucha de clases. Mussolini había opuesto, por vez primera, a aquella corriente, una noción de solidaridad nacional unificadora de clases, de sectas, de confesiones y profesiones, en el terreno de un denominador común nuevo, fundada en la participación nueva de un destino nacional común.

Esta sí que es una real y esencial revolución, puesto que Mussolini había visto de pronto, y lúcidamente, la inutilidad e imposibilidad de todo y cualquier pacto y compromiso con la humanidad, liberal y democrática. Dos principios diametral y espiritualmente antitéticos se erguían uno frente al otro, y cualquier fórmula de convivencia pacífica recíproca era inconcebible. El problema se había concentrado en la liquidación de toda una actitud psíquica, en su sustitución por una actitud contraria.

Irrupción -en este caso- de la juventud. De la juventud pasada por el fuego del purgatorio de la Guerra Mundial y hecha digna y capaz de guardar las cosas de la patria; más con visión que la humanidad liberal y democrática no podía sospechar ni lejanamente. Naturalísima, pues, en las generaciones italianas menos jóvenes, la desinteligencia del Fascismo surgente; desinteligencia, antes y después, inevitable. Sí: el reactivo introducido por Mussolini en el mundo fenoménico se presentaba, en este punto, con caracteres tales de heterogeneidad, de modernismo, de novedad absolutamente inédita, que a una humanidad semejante era negada, por definición, la idoneidad de comprensión. Confirmándose viceversa la famosa máxima de Schopenhauer. Y, una vez más, los paraísos de hoy son los lugares comunes del mañana.


Dr. Joseph Goebbels; del libro “Nosotros los alemanes y el Fascismo de Mussolini.







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