lunes, 17 de noviembre de 2014

OTTO DIETRICH (3): "En Adolf Hitler residió vivo el heroísmo indestructible de la nación de nibelungos y él alumbró el nuevo fuego de las proezas. Siguió siempre la voz de su conciencia, de su fuego interior. Perseverancia heroica, voluntad de hierro y fe ciega en el porvenir. Uno para todos, todos para uno. El cantar de los cantares de la fidelidad y del espíritu de sacrificio producían entre el Pueblo su propio resurgimiento."

"Aunque todos nos sean infieles, nosotros persistiremos en nuestra fe."
"Wenn alle untreu werden, so bleiben wir doch treu."


LA LUCHA DEL NUEVO SENTIDO HEROICO

La historia del movimiento Nacional-Socialista pasará a la posteridad como la epopeya heroica del resurgimiento de la nación alemana. El sentido heroico del Pueblo alemán, desarraigado del espíritu del Liberalismo y del Intelectualismo carcomido por la ponzoña del pacifismo y hollado de la locura Marxista, suicida de Pueblos, ha revivido, en la lucha heroica y por la lucha heroica del NSDAP un resurgimiento tal, que leyenda alguna por impetuosa y denodada que fuera, y llena de aventuras y fantasías pudiera describir.

El 9 de noviembre de 1918 se desplomó el viejo Reich. En medio de las más duras luchas por la existencia de la nación después de cuatro años de inconcebible heroísmo y de esfuerzo gigantesco, erguido de nuevo el Pueblo alemán y en aquel momento culminante de la embestida -no precisamente movido por una fuerza interior, racial, sino confiado en su fuerza externa, material- aparecieron algunos ciudadanos que, seducidos por ideas y sentidos extranjerizados y por la canallada Marxista le hicieron traición y le asestaron un golpe de muerte, una puñalada trasera. Estos verdugos del Pueblo, se llamaron revolución.

En lugar de un movimiento popular lleno de indignación, que refundiera una vez más todas las fuerzas del Pueblo en un levantamiento nacional, plenamente decisivo, de un país de 70 millones, Alemania vivió una época de algaradas y motines de los miserables desertores. No hubo un solo acto de heroísmo; todo fue vileza, en esos actos ciegos y suicidas. Ese día de la ignominia que llevará para siempre el estigma de la traición a la nación, produjo, sin embargo, por reacción natural, y como revulsivo instantáneo, el despertar de las fuerzas contrarias y facilitó el levantamiento de una nueva generación germana, vengadora y fundadora de la nueva Alemania.

¡En cuántos corazones de soldados alemanes de las trincheras, fieles guardadores del honor, que durante los cuatro años y medio de fe en otra Alemania, se habían mantenido erguidos contra todas las potencias infernales, no alentaron en ese 9 de noviembre de 1918, los mismos sentimientos de dolor y de indignación que los surgidos en Adolf Hitler, aquel soldado de vanguardia, dos veces gravemente herido, al desencadenarse la revuelta, hallándole allí, en el Lazareto de Pasewalle! En aquella misma hora de profundísima humillación, en la que miles y miles de soldados del frente como Adolf Hitler habrán prestado el secreto juramento de vengar algún día la ignominia -con odio irreconciliable contra los traidores Marxistas- y en ese mismo instante, nació la revolución alemana y quedó sembrado el espíritu del nuevo Estado, del cual, con potencia incontenible, surgió el III Reich, el de la libertad y el de la justicia social.

Quizás muchos le imprecaron. Pero uno hubo que laboraba. En Adolf Hitler residió vivo el heroísmo indestructible de la nación de nibelungos y él alumbró el nuevo fuego de las proezas. En medio del caos del desmoronamiento alemán, con visión enfervorizada en su tarea y misión, y animado sólo en amor ardiente a la nación, empezó la lucha por el alma del Pueblo alemán.

Un año de lucha, cada uno en su lugar, y con la confianza ciega en sí mismos. Año de tanteos y de propios contrastes, hasta hallarse plenamente. Seis hombres, animados, como Adolf Hitler, del mismo espíritu y con igual e incomparable voluntad fueron los que a fines de 1919 se lanzaron, con su caudillaje y dirección, a la conquista del Pueblo alemán. ¡Qué ideas más atrevidas! se decía entonces... ¿Es milagro que haya sido realidad tamaña empresa? nos preguntamos hoy. Adolf Hitler no preguntó jamás, sino que siguió siempre la voz de su conciencia, de su fuego interior.

Con voluntad inflexible y perseverancia jamás conocida, que fracaso alguno pudo descorazonar, velaba ese hombre del Pueblo hasta entonces desconocido, velaba con pocos fieles y acechaba la contienda del terror Marxista. Creó, sobre la fuerza sugestiva que se encierra en su propio conocimiento. Prefería siempre un hombre sano, de carácter entero al más ingenioso de los enfermizos. Sabía con certeza que al terror no se le vence con las habilidades del espíritu, sino con terror. Logró ganarse la confianza social de las masas y dar a sus anhelos nacionales, de nuevo, un contenido, un fin.

En la Baviera nacionalista encuentra el joven movimiento campo de expansión apoyando las quiméricas esperanzas de los blanquiazules reaccionarios y separatistas. La liberación del Coburgo rojo en octubre de 1922, la consagración de los primeros estandartes de las SA en el campo de Marte en el primer Congreso del Partido en enero de 1923, la marcha armada sobre el Oberwiesenfeld del 1 de mayo de 1923, y los acuerdos para la formación de la Liga Alemana de Combate el 2 de septiembre de 1923, con ocasión del primer congreso alemán en Núremberg, constituyen los hitos de esa expansión.

1923: año decisivo. Con viveza y decisión, Hitler confía poder atraerse a la Baviera de Kahr en favor del resurgimiento alemán. Pero, de nuevo, la traición frustró esa lucha heroica. El 9 de noviembre de 1923 fue un joven héroe quien, por primera vez, selló con la sangre el juramento del 9 de noviembre de 1918. El Partido Nacional-Socialista alemán de los trabajadores (NSDAP) fue exterminado. Todo pareció perdido. Pero no sólo lo parecía. Estaba escrito. Adolf Hitler vivía y con él, el movimiento.

Pero los disparos en la Feldherrnhalle de Múnich, sonaron a diana para millones de alemanes. Los muertos en la plaza del Odeón, fueron los primeros mártires de la revolución alemana. Por primera vez, a los cinco años de perdida toda esperanza y de derrotismo, la nación empezaba a sentirse atónita y apercibía ya, en su pulso, la mano de un nuevo alemán de creciente personalidad, el resurgimiento de una nueva voluntad nacional, los principios de un proceso interior de la nación.

El espíritu del sentido heroico de la nación sepultada entre los escombros del desastre, despertó a una nueva vida y se incorporó majestuoso como de un sueño. ¡Quién duda que existieron caminos equivocados que, a espaldas del querer del Führer, tomaron falsos mesías populares, mientras él permanecía cautivo en la fortaleza de Landsberg! Sabía que el Nacional-Socialismo sin su creador y sin el aglutinante de su personalidad, no podía mantener puras ni las ideas y voluntades, ni la dirección de su organización, y que sin ella tampoco podía ser conducido a su fin.

Recién se habían cerrado las puertas del cautiverio tras de Adolf Hitler, creaba él de nuevo y de la nada el Partido, pocos días antes de las Navidades de 1924. Después de años de glorioso crecimiento y luego del brutal derrumbamiento, volvió a empezar de nuevo. ¡Tan grande era su valor heroico, tanta su incomparable fe en su misión! “Aunque todos nos sean infieles, nosotros persistiremos en nuestra fe”, así se expresaba Hitler, con estas mismas palabras, cuando en la cervecería Bürgerbraukeller desde el mismo lugar donde en enero de 1923 había lanzado el levantamiento, proclamaba su nueva fundación el 27 de febrero de 1925. En su voluntad inflexible de lucha, templaba de nuevo los anhelos de sus viejos camaradas. La perseverancia heroica, la voluntad de hierro y la fe ciega en el porvenir, constituyeron las fuentes de fuerza interior que alimentaron al naciente movimiento de las que, precisamente, debía de nutrirse la nueva lucha.

Con la nueva fundación, el Partido entraba en otra época de su lucha. Adolf Hitler se reveló como un táctico de visión amplísima. De la suerte deparada al levantamiento de 1923, y de su experiencia, sacó imperturbable las consecuencias. La situación política interior, aunque precaria, no aconsejaba la acción por medios ilegales y los caminos legales se presentaban como único medio para conseguir asegurar el éxito.

El Führer vio clarísimo que sólo, mediante una labor constante de propaganda, se podía impregnar al Estado del nuevo sentido y así, hacerlo comprender al Pueblo y hacerlo surgir de sí mismo. Era evidente que este cambio hacia la táctica parlamentaria no tenía que ver lo más mínimo con una adhesión fundamental al Parlamentarismo. Los fundamentos de su movimiento, tantas veces despreciados, que después del triunfo se mantuvieron de manera tan clara y consecuente, constituían ya entonces, para Adolf Hitler, principios inconmovibles. Consciente de su misión aportó de nuevo sus firmes propósitos en la lucha por el nuevo sentido, lucha sin tregua y dura, durante varios años que, si bien se planteaba desde otro plano, no desmerecía ni un ápice en heroísmo de la anterior. Era el combate a la Democracia en su propio campo y con sus mismas armas. Comenzaba la lucha heroica de los caracteres y confesores.

Se prohibieron los discursos del Führer. El Partido no disponía de los más imprescindibles medios. Su destino, durante aquellos sucesivos años -quizás los más difíciles del movimiento- fue una larga cadena de persecuciones, aprisionamientos y de añagazas.

Quien se confesaba Nacional-Socialista o se comportaba como tal, era aniquilado y expulsado de la vida social del Estado, de aquella sociedad burguesa corrompida, de la vida de la clase trabajadora, de aquella que, ¡oh sarcasmo!, se llamaba consciente. A quien era sospechoso de Nacional-Socialista, se le imposibilitaba de todo oficio y de su pan; era boicoteado y exterminado en sus negocios, expulsado de todo taller y abandonado a la miseria.

Cientos, miles fueron lanzados a las cárceles de aquel Estado novembrino. Por las calles cundía el sanguinario terror Marxista. Contra el joven y tempestuoso movimiento vanguardista se alzaron todos los poderes del infierno. La lucha era cada día más dura y cruel. A cientos de los mejores alcanzó el acero asesino de los Marxistas, pero al mismo tiempo, eran a miles los nuevos adalides de la libertad que asían las banderas y las enarbolaban y clavaban hasta el último rincón de la tierra alemana. El cuadro de honor de sus muertos es lo más grandioso del movimiento Nacional-Socialista; era, lo que atraía, lo que más llamaba a sus filas a la juventud alemana y a millones de patriotas, con fuerza magnética. Es que sentían vivamente lo siguiente: un movimiento por cuya idea se puede morir, como morían nuestros héroes y en el cual, todos están dispuestos a despreciar la muerte; un movimiento que encierra el más firme derecho moral, el derecho a la existencia de Alemania.

Sangre y lágrimas, pero también orgullo en la lucha, indomable valor de heroísmo y el más magnífico espíritu de unión y solidaridad, son los signos que señalan el camino por el que anduvo el movimiento durante esos años épicos. En ciudades y pueblos, en las casas de vecindad de las grandes ciudades, en palacios y chozas, en asambleas y en la calle, en las relaciones familiares entre el hombre y la mujer, entre los padres y los hijos se discutía y misionaba por el nuevo sentido; y la idea del Nacional-Socialismo invadía y hacía luchar las almas todas. Se movilizaron las iglesias en su contra, y los combatientes por la nueva Alemania eran perseguidos hasta en la sepultura para rehusarles hasta la paz de las almas. Nada, empero, consiguió abatir a los luchadores ni impedir el progreso del movimiento. Los entusiastas Congresos del Partido, en Weimar en 1926, en Núremberg en 1927 y 1929, constituyeron los toques de llamada general, las grandes conjuras de ese camino.

El mundo no sabe aún hoy lo que fueron realmente esos años en luchas espirituales entre el Pueblo, de otra parte, imposibles, ni tan solo de percibir por los que no las vivieron. Hay que haber convivido y sentido al unísono con esa lucha llena de heroísmo, con ese cambio radical lleno de sorpresas insospechadas, desde la más grande podredumbre al más alto sentimiento de la fuerza interior, para poderlo comprender en toda su magnífica profundidad. Será el gran secreto y la gloria interior de aquellos que lucharon en medio de ese infierno. Sólo a quien le es dado medir el tiempo de nuestros días con la medida de su propia aventura puede conocer plenamente la grandiosidad de las conquistas de hoy. El sentido poderoso y la voluntad dinámica del Nacional-Socialismo nos dieron el triunfo, surgido de esa lucha titánica de los caracteres.

Aunque nunca se hubiera cumplido la sentencia de que el carácter es quien conduce y crea las realidades, ahora sería verdad. En la lucha por este movimiento, el Pueblo alemán resucitó por su carácter. En esos años difíciles de su lucha, el movimiento Nacional-Socialista ha provocado la más esplendorosa solidaridad de la nación. El idealismo de su voluntad de ser y el latir unísono de sus corazones le soldaron íntimamente en una única gran familia, en una comunidad de destino en la necesidad y en la muerte.

Uno para todos, todos para uno. Cierto que no faltaron los traidores en esa lucha heroica; pero no consiguieron conmover lo más mínimo la unidad del Partido. El cantar de los cantares de la fidelidad y del espíritu de sacrificio producían entre el Pueblo su propio resurgimiento. 

En los infiernos de esos años de luchas el NSDAP se fortaleció para la lucha final y se endureció con el temple de acero. El Führer había conducido al movimiento, contra infinidad de enemigos, a la situación en que se hallaba a fines de 1931.


Otto Dietrich; del libro "Hitler Caudillo."







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