miércoles, 31 de diciembre de 2014

ADOLF HITLER 79 (color): "¿Qué se había hecho de la indefinida multitud que había yo visto apenas una hora? ¿Qué era lo que mantenía fascinada a esta gente? A unos pasos de distancia vi a una mujer joven con los ojos fijos en el orador, transfigurada, como si estuviera sumida en un éxtasis místico, había dejado de ser ella misma y se encontraba enteramente bajo el hechizo de la fe de Hitler en la futura grandeza de Alemania."



ASÍ CONOCÍ A HITLER

"De todas maneras, quiero decirle una cosa. Esta mañana he conocido al sujeto más interesante con que jamás me he tropezado."

"¿Es posible? ¿Cómo se llama?" Le pregunté.

"Adolf Hitler."

"Habrá interpretado mal el nombre", le dije, "¿no se tratará de Hilpert, el nacionalista alemán? Aunque, a decir verdad, no sé ver en él ninguna particularidad que llame especialmente la atención."

"No, no," insistió Truman-Smith. "Hitler. Adolf Hitler. He visto un gran número de carteles anunciando un mitin para esta noche. Dicen que ordena poner letreros en los que se prohíbe la entrada a los judíos, pero que en cambio sabe emplear argumentos muy persuasivos a propósito del honor alemán, los derechos de los trabajadores y el establecimiento de una nueva sociedad. Tengo la impresión de que está llamado a subir muy alto, y tanto si a uno le gusta como no, es hombre que sabe lo que quiere. Asegura que la gente de Berlín no logrará jamás la unidad alemana por los caminos que actualmente sigue. Según él, lo primero que hay que hacer es barrer de las calles al populacho rojo: crear en los jóvenes un espíritu de esperanza, reinstaurar entre ellos algún tipo de orden y disciplina y también devolver la moral al Ejército y a los hombres que lucharon en la Guerra. Diríase que posee un sentido del caudillaje que ninguno de sus oponentes demuestra tener. Me han dado una entrada para el mitin de esta noche, y ahora siento no poder ir. ¿Querría ir usted en mi lugar y comunicarme luego sus impresiones?"

Así fue como conocí a Hitler.

El Kindlkeller se hallaba atestado por un público sumamente variado. Muchos de los asistentes lucían el traje nacional bávaro. Rosenberg y yo nos abrimos paso hasta la mesa reservada a la prensa. Miré a mi alrededor y no vi a nadie que me fuese conocido. "¿Dónde está Hitler?" le pregunté a un periodista de mediana edad que se sentaba junto a mí. "¿Ve usted a esos tres que están ahí? el más bajo es Max Amann; el que lleva gafas es Anton Drexler y el otro es Hitler".

Con sus pesadas botas, su oscuro traje y la chaqueta de piel, cuello blanco semiduro y un singular bigotito, el hombre no parecía en realidad muy impresionante. Recordaba más bien a un camarero de restaurante de una estación ferroviaria. No obstante, cuando Drexler le presentó en medio de una tempestad de aplausos, Hitler se enderezó y anduvo hacia la mesa con el paso rápido y controlado, típico del soldado vestido de paisano. Por lo visto, ésta era su primera aparición en público tras cumplir una breve condena de cárcel por haber interrumpido el mítin que daba un separatista bávaro llamado Ballerstedt. Tal vez fuese eso lo que dio mayor realce a su discurso, insinuante e irónico como yo no había oído a otro, ni se lo oí luego al propio Hitler. Con el tiempo llego a emborracharse con su propia oratoria y con el efecto de ésta sobre las grandes multitudes, posteriormente su voz perdió calidad con el empleo del micrófono y los altavoces.

Apenas estaría yo a tres pasos de él y lo estuve observando con el mayor interés. Durante los diez primeros minutos hizo un preciso resumen de los acontecimientos históricos de los tres o cuatro años últimos. Con voz tranquila y controlada dibujó un cuadro de lo acontecido en Alemania a partir de noviembre de 1918: El colapso de la monarquía, la rendición de Versalles, la instauración de la República ante la ignominia de la responsabilidad de la guerra, la falsedad del Marxismo y del pacifismo internacional, el eterno Leitmotif de la lucha de clases totalmente estéril entre patronos y asalariados, entre Nacionalistas y Socialistas.

Había como un aire de conversación de cafetería vienesa en la gracia de algunas de sus frases y en la astuta malicia de sus insinuaciones. No era posible dudar de su origen austriaco. Pese a hablar la mayor parte del tiempo con el acento típico de la Alta Alemania, algunas palabras reveladoras se escapaban ocasionalmente a su control. Cuando estimó que su auditorio estaba suficientemente interesado en lo que decía, desvió el pie izquierdo a un lado, como un soldado que se pone en posición de descanso y empezó a mover las manos y los brazos con gestos de los que tenía un expresivo repertorio. Daba pruebas de un ingenioso humorismo, que era certero sin ser ofensivo. De modo paulatino fue entrando en materia.

Desarrollóse un poderoso movimiento de simpatía entre el excombatiente y su auditorio. De vez en cuando oiáse alguna que otra exclamación. Entonces Hitler solía levantar ligeramente la mano derecha, como recogiendo una pelota, o se cruzaba de brazos y con una o dos palabras volvía a atraer a sus oyentes. ¿Qué se había hecho de la indefinida multitud que había yo visto apenas una hora? ¿Qué era lo que mantenía fascinada a esta gente? A unos pasos de distancia vi a una mujer joven con los ojos fijos en el orador, transfigurada, como si estuviera sumida en un éxtasis místico, había dejado de ser ella misma y se encontraba enteramente bajo el hechizo de la fe de Hitler en la futura grandeza de Alemania.

El orador hizo una pausa para secar el sudor de su frente y tomar un buen sorbo de cerveza de un vaso que le pasó un hombre de edad madura con un bigote negro. Fue el toque final, la nota localista, personal, que hizo desbordar el entusiasmo de aquél público cervecero de Munich. Difícil sería decir si Hitler bebió a fin de brindar a sus oyentes la oportunidad de aplaudirle, o si la gente le aclamó para dársela a él de beber.

"Ése que le ha dado la cerveza es Urlich Graf, es el guardaespaldas de Hitler y le sigue a todas partes. Ya sabrá usted que en algunos de los demás estados se ha puesto precio a la cabeza de Hitler", me aclaró mi vecino. He de confesar que Hitler me dejó profundamente impresionado.

Pese a sus maneras provincianas parecía tener una visión mucho más amplia que cualquiera de los políticos alemanes de entonces. Con su increíble talento oratorio era evidente que tenía que llegar muy lejos, y, por lo que pude ver de sus círculo de amigos, no creí hubiese ninguno que estuviera preparado para darle del mundo exterior la imagen que a todas luces le faltaba. En esto juzgué que podría ayudarle.


Ernst (Putzi) Hanfstaengl; del libro "Hitler: años desaparecidos."







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