lunes, 29 de diciembre de 2014

JOSEPH GOEBBELS 64 (color): "Había que estructurarlo uniformemente, había que darle una voluntad común y animarlo con un impulso nuevo y ardiente. Había que romper los estrechos límites de secta. Había que martillar su nombre y su objetivo en el pensamiento público y conquistar luchando. La razón está a mil tentaciones, mientras que el corazón late siempre su mismo compás."


CONTRA LA DESINTEGRACIÓN

Aquí comenzamos con nuestro trabajo. Y sin que conscientemente pusiéramos peso en ello, la lucha por la recuperación del proletariado del Ruhr adquirió un fuerte carácter socialista. El Socialismo, tal como nosotros lo entendemos es, en lo esencial, el resultado de un sano sentimiento de justicia, unido a un sentido de responsabilidad frente a la nación, sin consideración por los intereses individualistas.

La propaganda en sí no tiene un método fundamental propio. Solo tiene una meta, y en verdad este objetivo se llama siempre en política: conquista de las masas. Todo medio que sirve a este objetivo es bueno. Y todo medio que deja de lado este objetivo es malo. El propagandista teórico que ignorando la realidad elucubra un método ingenioso ante el escritorio comprobará luego, enormemente asombrado y perplejo, que el método no es empleado por el propagandista práctico, o que habiéndolo aplicado, no da resultados. Los métodos de la propaganda se desarrollan causalmente en la lucha diaria misma. Hemos aprendido los medios y posibilidades de una propaganda de masa eficiente, de la experiencia diaria, y recién lo elevamos a un sistema en la aplicación siempre renovada.

También la propaganda moderna se basa aun, en lo esencial, en el efecto de la palabra hablada. Los movimientos revolucionarios no son hechos por grandes literatos, sino por grandes oradores. Es un error si se admite que la palabra escrita tenga mayores efectos, porque por intermedio de la prensa diaria llega a un público mayor. Si bien en la mayoría de los casos el orador, cuando mucho, sólo puede alcanzar con sus palabras a algunos miles (mientras que el escritor a veces y con frecuencia a diez o cien mil lectores), la palabra hablada, de hecho, influye no sólo a aquél que la oye directamente, sino que éste la lleva y trae centenares y miles de veces. Y la sugestión de un discurso impresionante se eleva inmensamente sobre la sugestión papelera de un artículo de editorial.

El Partido se encontraba, entonces, poco después del derrumbe y la nueva puesta en libertad de Adolf Hitler de la fortaleza de Landsberg, en un estado desesperante. Esto, por supuesto, cambió cuando Adolf Hitler abandonó, alrededor de la Navidad de 1924, la fortaleza. Pero lo que los espíritus pequeños y limitados habían destruido en un año, una cabeza genial no lo podía reconstruir en tan corto tiempo. 

Por eso, en el primer curso de la lucha en el Rin y en el Ruhr fuimos primordial y casi exclusivamente agitadores. Poseíamos en la propaganda de masa nuestra única arma principal, y tanto más estábamos obligados a su empleo, cuando que por de pronto carecíamos de toda arma publicitaria.

Pues lo que entonces se llamaba en Berlín, 'Partido', no merecía este título de ninguna manera. Era un conjunto amorfo de algunos centenares de hombres con pensamiento Nacional-Socialista, de los cuales cada cual se había formado acerca del Nacional-Socialismo su opinión personal, y esta opinión personal, en la mayoría de los casos, solo tenía muy poco que ver con lo que corrientemente se entiende por Nacional-Socialismo. Había que estructurarlo uniformemente, había que darle una voluntad común y animarlo con un impulso nuevo y ardiente. Había que reforzarlo numéricamente y romper los estrechos límites de secta. Había que martillar su nombre y su objetivo en el pensamiento público y conquistar luchando, si no amor y respeto todavía, al menos odio y apasionado rechazo.

Todas las crisis partidarias alemanas partieron de Berlín, y esto también es comprensible. Berlín juzga la política con la razón, no con el corazón. Pero la razón está a mil tentaciones, mientras que el corazón late siempre su mismo compás.

El hombre de la SA, mientras formó parte del Frontbann, era soldado. La característica política aun le faltaba completamente. Fue uno de los cometidos más difíciles de las primeras semanas transformar al hombre de la SA en un soldado político. Esta tarea fue, sin embargo, aliviada por la dócil disciplina de la Vieja Guardia. El hombre de la SA quiere combatir, y tiene derecho a ser llevado a la lucha.

También entonces ya había críticos en cantidad, que desde el tapete censuraban toda decisión, y en la teoría todo lo sabían mejor de lo que nosotros lo hacíamos en la práctica. No hemos hecho mucho caso de ello. Pensamos que el mejor rendimiento finalmente los haría callar. No podíamos hacer nada, sin que ello fuera criticado y reprobado total y completamente por los sabelotodos.

Esto era entonces como hoy. Pero los mismos que, antes de cualquier decisión, siempre los sabían mejor que aquellos que debían tomar la decisión por propia responsabilidad, siempre eran también, cuando las decisiones tomadas habían conducido a éxitos, lo que lo habían predicho, y que al final hasta hacían de cuenta que en realidad habían sido ellos los que tomaron la decisión y también podían por eso reclamar para sí el éxito.

Recuerdo aun hoy con profunda emoción interna, una noche cuando yo, completamente desconocido, con algunos camaradas de la primera época de lucha, viajaba en ómnibus a través de Berlín a una reunión. Uno preguntó con preocupada aflicción, si jamás sería posible imponer y martillar a esta ciudad (lo quisiera o no) el nombre de nuestro Partido y nuestros propios nombres. Antes aun de lo que en aquella hora lo podíamos creer y esperar, esta pregunta angustiada recibió por los hechos mismos una respuesta inequívoca.


Dr. Joseph Goebbels; extractos del libro "La Conquista de Berlín."







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