miércoles, 31 de diciembre de 2014

JOSEPH GOEBBELS 65 (color): "A esto me movió y me mueve no sólo la disciplina partidaria, sino más allá de ello, me siento unido en forma tan profunda a Adolf Hitler. Que él solo se sintiera llamado a esa misión y que al fin también la fuera cumpliendo, esto es la prueba de que el destino lo eligió para ello. Adolf Hitler entró en la política como cabo desconocido. Su nombre no lo recibió como regalo al nacer. Se lo conquistó en luchas duras y abnegadas contra las fuerzas del submundo. El Movimiento NS sostiene en la forma más terminante el Principio de la Personalidad."



ORDEN INCIPIENTE

Adolf Hitler me había enviado en octubre de 1926 con poderes especiales a Berlín, y yo también estaba decidido a aplicar esos poderes sin consideraciones. La organización Berlinesa había carecido durante tanto tiempo de una mano firme, imperturbable en la conducción, que ya se había acostumbrado en un todo al estado de indisciplina, y ahora por supuesto, toda intervención enérgica y con compromiso se sentía como algo absolutamente molesto. Quizá tampoco yo hubiera tenido para ello la fuerza y la constancia, si no hubiese estado seguro de antemano de la absoluta confianza y la incondicional aprobación del Partido del Reich y en especial de parte de Adolf Hitler mismo.

Ya en esa época y más tarde con mucha frecuencia, se ha querido dar como verdadero un contraste político y personal entre Adolf Hitler y yo. De un tal contraste no podía hablarse ni en aquella época, ni hoy, ni jamás. Nunca hice política por cuenta propia, y tampoco hoy bajo ninguna circunstancia me atrevería a ello o siquiera lo intentaría. A esto me movió y me mueve no sólo la disciplina partidaria (de la cual estoy convencido de que ella solamente nos da la fuerza y la decisión de consumar cosas grandes), sino más allá de ello, me siento unido en forma tan profunda política y humanamente a Adolf Hitler y, sin duda puedo decirlo, aprender a estimarlo y amarlo, que para mí está por siempre fuera de toda cuestión emprender cualquier cosa sin su aprobación, ni mucho menos contra su voluntad. Ésta es la gran ventaja del Movimiento Nacional-Socialista, que en ella se ha ido formando una Autoridad dirigente firme e inamovible, encarnada en la persona de Adolf Hitler. Esto da al Partido en todas sus decisiones políticas, a veces cargadas de alta responsabilidad, un sostén seguro y una gran firmeza. La fe en el conductor está rodeada dentro del conjunto de sus partidarios Nacional-Socialistas hasta, se podría decir, de una mística misteriosa y enigmática. Sin tomar en consideración el valor puramente psicológico que representa este hecho, proporciona al Partido mismo una fuerza y seguridad política tan enorme, que con ello de hecho se eleva inmensamente sobre todas las asociaciones y organizaciones políticas.

Adolf Hitler, sin embargo, no sólo es considerado en el Partido como su dirigente primero y superior. El Nacional-Socialismo no puede ser concebido sin él, cuanto menos contra él. Con razón él mismo ha hecho notar, que en el año 1919 cualquiera era dueño de declarar la lucha al régimen imperante y organizar un movimiento que habría de derribar el sistema tributario de Versalles. Que él solo se sintiera llamado a esa misión y que al fin también la fuera cumpliendo, lo cual es visible para todo el mundo, esto es la prueba irrefutable de que el destino lo eligió para ello. Solo mentecatos y amotinados profesionales pueden afirmar lo contrario, y actuar en consecuencia. Y como el destino me deparó además la suerte de ganar en Adolf Hitler no sólo un conductor político, sino un amigo personal, mi camino estaba marcado de antemano. Hoy puedo hacer constar con profunda satisfacción que de este camino no me he apartado nunca y en ninguna parte.

Adolf Hitler entró en la política como cabo desconocido. Su nombre no lo recibió como regalo al nacer. Se lo conquistó en luchas duras y abnegadas contra las fuerzas del submundo. En base a su experiencia tenía también, para las controversias políticas que ahora debían producirse con inevitable consecuencia en Berlín, la comprensión más amplia y más profunda. Fue uno de los pocos que en todas las crisis futuras en la lucha por la capital del Reich, conservaba siempre la cabeza clara y los nervios tranquilos. Cuando la chusma de la prensa aullaba contra nosotros, cuando se atacaba al movimiento con prohibiciones y persecuciones, cuando las difamaciones y las mentiras lo azotaban, cuando hasta los camaradas más duros y llenos de carácter en una u otra ocasión estaban desanimados y acobardados, él, siempre y en todas partes, estaba fielmente al lado nuestro, era nuestro conductor en la pelea, defendía nuestra causa con pasión, aun cuando hasta desde círculos del Partido se le atacaba: tenía en todo peligro una palabra de aliento, y en todo éxito una de alegre aprobación para el frente combatiente que, creciendo bajo las más penosas privaciones y desde los más pequeños comienzos, se ponía en movimiento contra el enemigo Marxista.

El Movimiento Nacional-Socialista sostiene en la forma más terminante el Principio de la Personalidad. No adora ciegamente la masa y el número, como lo hacen los Partidos Demócrata-Marxista. Masa es para nosotros sustancia no formada. Recién en la mano del estadista-artista la Masa se transforma en Pueblo y el Pueblo en Nación. ¡Los hombres hacen la historia! Ésta es nuestra convicción inamovible. Al Pueblo alemán le han faltado desde Bismarck, hombres y por eso, desde su división ya no hay una política alemana grande. El Pueblo también siente esto en forma sorda y oscura.

Precisamente en la época posterior a 1918, el pensamiento de las masas se llenaba más y más con el ansia de fuertes personalidades conductoras. Si la Democracia alimenta en las masas la ilusión de que el Pueblo soberano quiere gobernarse a sí mismo, éste sólo ha podido creerlo en el breve espacio de tiempo en que Alemania cayó en la creencia supersticiosa de la nivelación, porque los hombres que realmente la gobernaron no eran representantes ideales del gran arte de la Política. El Pueblo siempre quiere gobernarse a sí mismo, cuando el sistema de acuerdo al cual se lo gobierna, es enfermo y corrupto. El Pueblo no tiene deseos por un determinado derecho electoral ni por una así llamada Constitución Democrática mientras está hondamente persuadido de que la capa dirigente realiza una Política justa y honesta. El Pueblo solamente quiere ser gobernado decentemente; un sistema, por cierto, que no posee para ello ni la voluntad ni la capacidad, debe soplar al oído de las masas crédulas las ideologías seductoras de la Democracia, para aturdir y adormecer el creciente despecho en las ciudades y provincias.

Frecuentemente se nos ha reprochado en la prensa opositora que rendíamos culto a un bizantinismo más repugnante que el que se practicaba antes de la guerra bajo el wilhelminismo antes de la Guerra. Este reproche es enteramente injustificado. Proviene de la incapacidad de los otros de levantar en el pantano partidista parlamentario, autoridades similares, e imbuir a las masas de una fe similar en estas autoridades. Una popularidad que es hecha artificialmente por la prensa, por lo general sólo suele durar corto tiempo y el Pueblo también la tolera y sufre sólo de mala gana y con oposición interior. No es lo mismo si una celebridad democrática es inflada artificialmente por la prensa judía con una popularidad ya viciada de escepticismo, o si un verdadero conductor popular, mediante la lucha y el sacrificio personal abnegado, se conquista la confianza y el seguimiento incondicional de las masas populares.

Sin embargo, significaría exagerar el Principio de Autoridad si siempre y en toda decisión que debe ser tomada, sería puesto en el platillo de la balanza. Cuanto menos se usa una autoridad, tanto más tiempo dura. El conductor político de masas, inteligente y circunspecto, la empleará sólo muy raramente para sí. Por el contrario, casi siempre se dejará guiar por la aspiración de que lo que haga o deje de hacer lo fundamente lógicamente y los justifique, recién cuando todos los argumentos prueban ser ineficaces, o ciertas circunstancias lo obligan, al menos por el momento, a silenciar los argumentos más importantes y convincentes, impone su decisión echando mano de la autoridad misma.

Una Autoridad es eficiente a la larga no sólo porque es respaldada y sostenida desde arriba. Sobre todo no es así, cuando más y más esta obligada a tomar decisiones impopulares, y no posee el don de dar a las masas las motivaciones necesarias para ello. Siempre y constantemente debe nutrirse y mantenerse por su propia fuerza. Cuando más grande sean los resultados que la Autoridad puede exhibir, tanto más grande es también siempre ella misma.


Dr. Joseph Goebbels; extractos del libro "La Conquista de Berlín."







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