lunes, 22 de diciembre de 2014

SALVADOR BORREGO (5): "La guerra es la fuerza terrible, paradójicamente destructora y creadora a la vez, que puede abrir paso a un ideal justo como imponer brutalmente la injusticia. En los umbrales se angustia el alma de cada ser en un íntimo conflicto. Y viene luego, el sentido del deber, de los valores espirituales, como fuerza que se les contrapone para hacer que el individuo afronte los más grandes riesgos. Por eso el drama de la guerra es el mayor drama de la historia."



INTRODUCCIÓN

La guerra es el drama que más profundamente hiere y sangra a un pueblo. Es la fuerza terrible, paradójicamente destructora y creadora a la vez, que tan pronto puede abrir paso a un ideal justo como imponer brutalmente la injusticia. En los umbrales de una guerra se angustia el alma de cada ser en un íntimo conflicto. El poderoso instinto de conservación que en forma natural rehuye el riesgo y el no menor poderoso anhelo de bienestar y comodidad que rehuye el sacrificio, se unen en la intimidad de la conciencia y se enfrentan al sentido del deber.

En esta forma la guerra se plantea individualmente como una lucha interna, íntima, del instinto de conservación y del bienestar personal opuesta al peligro que los amaga. Y viene luego, el sentido del deber, de los valores espirituales, como fuerza que se les contrapone para hacer que el individuo afronte los más grandes riesgos. Esta lucha silenciosa, librada en lo recóndito de cada corazón, se decide cuando un ideal de Patria, de creencia o de fe se transforma en espíritu de combate y de sacrificio, que luego se manifiesta en las batallas y aun en las derrotas.

Pero ese conflicto personal, que en forma más o menos intensa afecta a cada uno de los hombres en guerra, es sólo la parte individual, insignificante, del drama bélico, el cual en realidad tiene una existencia más vasta, superior a las voluntades individuales, supuesto que su esencia es el choque de fuerzas metafísicas. El soldado viene a ser solamente la manifestación, la encarnación de esas fuerzas; su manifestación transitoria en este plano de la existencia material.

Aunque parezca paradójico, la guerra es más dura, más sangrienta, más hondamente llevada hasta límites insospechables de la resistencia humana, cuanto más bullen en ella, dándole origen, las fuerzas metafísicas del espíritu. Porque en la guerra, además de los cuerpos en combate, entran en lucha las fuerzas de lo positivo abstracto y de lo negativo abstracto, del bien y del mal. Por eso el drama de la guerra es el mayor drama de la historia. Ninguno envuelve a tantos hombres en un momento dado y ninguno los envuelve en un choque de fuerzas metafísicas tan superiores.

Por eso las guerras están tan íntimamente ligadas a la evolución de la historia, ya sea para bien o ya sea para mal. Y es evidente que en estos conflictos colectivos las ciencias, las técnicas y las formas políticas de vida, e incluso las costumbres y la moral, dan un salto hacia adelante o hacia atrás. La Segunda Guerra Mundial ha sido la más grande y ha determinado los profundos cambios que ahora afectan al mundo entero. Es una guerra que está todavía presente en las consecuencias terribles que desencadenó en los cinco Continentes, y que no ha concluido aún.

Derrota Mundial analizó los orígenes de aquella contienda en que participaron directamente más de mil millones de seres humanos; describió el desarrollo de la lucha en diversos frentes y sintetizó las consecuencias inmediatas. En 23 años transcurridos desde la aparición de la primera edición de Derrota Mundial los acontecimientos han venido confirmando todas las revelaciones y las tesis expuestas en ese libro. Desgraciadamente ha sido así. Ahora bien, muchos aspectos fundamentales de aquel drama de la Segunda Guerra no pudieron ser abarcados, tanto debido a una imposibilidad de tiempo y espacio cuanto a la falta momentánea de numerosos datos y pruebas que han venido acumulándose en los últimos años. Ahora este nuevo libro equivale a un suplemento de Derrota Mundial, aunque es completo en sí mismo.

Es generalmente que el alemán se caracteriza por su firme sentido cívico, por su nacionalismo, por su fervor de soldado. Así lo demostró en la guerra de 1870 y en la Primera Guerra Mundial. Pero durante la Segunda Guerra tuvo un increíble número de traidores en las más altas esferas del mando. Igualmente es admitido que el francés tiene un gran amor a Francia y que su patriotismo lo hace luchar decididamente. De esto dejó testimonio claro en la Primera Gran Guerra, en la legión extranjera y en la Segunda Guerra Mundial. Pero apenas consumada su victoria en 1945, comenzaron a aflorar traidores que apuñalaban a sus tropas por la espalda, lo mismo en Indochina que en Argelia.

Mucho se ha hablado de la heterogeneidad de la población norteamericana, formada de inmigrantes de todos los países europeos y de América, pero es un hecho que en las dos guerras mundiales esa heterogénea población se mantuvo unida y que en sus altas esferas no hubo quienes traicionaran a sus tropas. Pero una vez logrado el triunfo en 1945, los traidores fueron haciéndose evidentes en los más elevados puestos y con los más diversos pretextos. Lo mismo puede decirse respecto Inglaterra, Polonia, Holanda, Bélgica, etc., que no tuvieron ningún traidor notorio en la época de la Segunda Guerra, pero que inmediatamente después se vieron infestadas por funcionarios, periodistas, técnicos e intelectuales que abiertamente trabajaban en favor del nuevo enemigo y en contra de los intereses de sus propios pueblos.

Este fenómeno tan extendido en el siglo veinte como jamás se había visto en la historia, no es propiamente un caso multiplicado de espionaje. Es algo mucho más profundo y más grave. Es el asalto, con nuevas armas, contra la Civilización Cristiana occidental. No es del todo una arma nueva, pero sí una arma con nuevas técnicas, con nueva organización institucionalizada, diabólicamente eficaz. Jamás se había visto un asalto igual.

El punto de partida de estas fuerzas de las tinieblas; el punto en que empiezan a actuar coordinadamente en un frente universal; el punto en que inician su ofensiva total, está ubicado en los días sangrientos de la Segunda Guerra Mundial. De ahí la necesidad de volver los ojos a aquella época, de examinar nuevamente aquellos magnos acontecimientos que no terminaron al cesar la lucha armada, sino que siguen desarrollándose ahora con implacable tenacidad, con crueldad inaudita a cuyos planes no escapa ningún rincón de la tierra. Y también es necesario volver los ojos a aquella época porque un error de espejismo nos ha hecho creer que ahí terminó la lucha. 

En realidad, terrible realidad que muchos se empeñan cómodamente en soslayar, aquel terrible conflicto no ha concluido aún, y la tregua que desde entonces se ha vivido es más aparente que real, pues la lucha de las fuerzas metafísicas no se ha resuelto aún. Esa lucha continúa en la existencia menos visible de los pueblos, o sea en su existencia metafísica. Lucha terrible, porque se libra en las entrañas mismas del ser humano y del ser colectivo de los pueblos. Lucha terrible porque irá haciéndose presente en el plano físico con zarpazos apocalípticos cada vez más insidiosos y destructivos.


Salvador Borrego Escalante (México); del libro "Infiltración Mundial."







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