viernes, 2 de enero de 2015

ADOLF HITLER 81 (color): "Nosotros siempre hubiéramos ayudado a los ingleses con toda nuestras fuerzas a preservar su imagen. La Inglaterra de nuestros días no hace su guerra, hace la guerra a la cual sus Aliados llenos de odio la han forzado. La guerra como tal era inevitable. En verdad, los enemigos del Reich Nacional-Socialista ya a partir de 1933 han urgido para ello."



SOBRE INGLATERRA Y LA UNIÓN EUROPEA

Churchill se tiene por un Pitt. ¡Qué presunción! Pitt contaba en 1793 precisamente treinta y cuatro años. Churchill lamentablemente es un anciano que apenas puede reunir la fuerza necesaria para obedecer servilmente las órdenes del paralítico Roosevelt.

Ya las circunstancias puramente exteriores no tienen nada en común. Hay que trasladarse siempre a la situación de la época para hacer comparaciones. Desde el punto de vista de Inglaterra, Pitt debía rechazar todo entendimiento con Napoleón. Abrió con esta postura rígida las puertas para el rol dominante que el Pueblo inglés pudo completar en el siglo XIX. Ésta era una política de voluntad vital. Churchill, en cambio condujo al Pueblo inglés por un camino suicida al abismo al rechazar el entendimiento por mí propuesto. Se hallaba al respecto en un error, que es especialmente característico de los viejos miembros de Estado Mayor General, que planifican una nueva guerra según las reglas de juego y experiencias de la anterior. Pero no se pueden copiar simplemente tesis exitosas de épocas pasadas.

La realidad de hoy, que ha transformado el rostro del Mundo, es la existencia de dos colosos, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. La Inglaterra del gran Pitt era capaz de mantener en equilibrio el Mundo evitando toda hegemonía en Europa.

La realidad del presente hubiera debido determinar a Churchill a brindar su asentimiento a la unión de Europa para asegurar el equilibrio político del siglo XX.

Me he afanado a principios de la guerra por actuar de manera como si el jefe del Gobierno británico fuera capaz y se hallase en situación de comprender tal política de grandes espacios. Y hasta un Churchill quizá también reconoció esto en instantes claros, pero ya estaba demasiado profundamente atado al salario judío. Hice cuanto pude para preservar el orgullo británico y postergué en el Oeste todas las decisiones definitivas.

El genio de Pitt se muestra en una política que se ajusta a las exigencias de su tiempo, realista y, sin embargo, de gran visión del futuro, un arte estatal que fundamentó el ascenso único del Reino insular británico y procuró a Inglaterra en el siglo pasado el dominio mundial. Churchill, que imita testarudamente los aspectos extrínsecos de esta política, comete con ello una necedad sencillamente monstruosa. El Mundo no se ha quedado parado desde los días del gran Pitt. Aunque el ritmo de los cambios del último siglo nos parece relativamente lento, no obstante, la Guerra Mundial ha acelerado la transformación y la guerra actual nos presenta la cuenta.

En el ámbito de una verdadera política de poderío, en el siglo pasado sólo contaba Europa. Los reinos asiáticos se encontraban sumidos en un sueño letárgico. El Nuevo Mundo no era mucho más que un apéndice de Europa, y ningún hombre podía presentir el destino de las trece colonias inglesas, que justamente se habían independizado. Trece... ¡Por cierto que no soy supersticioso, pero en el caso de los Estados Unidos uno puede volverse tal! Este nuevo Estado con apenas cuatro millones de habitantes se expande poderosamente en sólo cien años y se convierte a principios de nuestro siglo en potencia mundial.

En los decisivos años treinta la situación mundial es fundamentalmente distinta de la de Napoleón y Pitt. El Continente, agotado por las grandes batallas de material en la Guerra Mundial, había perdido su posición de preeminencia. Si bien Europa continuó siendo uno de los centros políticos de gravedad - sólo uno entre muchos - disminuía cada vez más su importancia. En la misma medida creció la importancia de los Estados Unidos y la del coloso asiático Bolchevique, y en no escasa medida, asimismo, la del Imperio del Sol Naciente. Un segundo Pitt, si la Providencia se lo hubiera otorgado a la Inglaterra degenerada, en lugar del judaizado semiamericano borracho, debió asir la oportunidad de trasladar la tradicional política de equilibrio europeo al plano mundial. En vez de atizar el odio, la envidia y la enemistad y eternizar las luchas competitivas, Londres debía - si no promover e impulsar - por lo menos dejar que se realizase la unión de Europa. Con una Europa unida como aliada, Gran Bretaña podía jugar su papel de árbitro en todos los litigios mundiales.

Inglaterra tuvo la posibilidad aún a principios de 1941 de terminar la guerra. El espíritu de resistencia y valor del Pueblo inglés quedó atestiguado en la lucha sobre Londres. La defección de las divisiones italianas en África del Norte podía hacer olvidar el descalabro en el Norte de Francia. Creo que la vieja Inglaterra de Pitt se hubiera aferrado a estas posibilidades de paz. Los judíos y sus cómplices, Churchill y Roosvelt, no quisieron permitir esto.

En la primavera de 1941 la paz fue la última oportunidad de dejar a los americanos al margen de los asuntos europeos. Bajo la conducción del Reich, Europa se hubiera transformado pronto en un bloque unido, después de haber sido descartada de una vez la influencia judía. Francia e Italia, ambas vencidas por una potencia germánica en el campo de batalla, hubieran escapado con un ojo amoratado, renunciando a una política de gran potencia. Naturalmente debían renunciar a sus pretensiones en el Norte de África y en el Cercano Oriente, dejando liberado el camino a la Nueva Europa para una política de amistad de amplias miras con el Islam. Inglaterra, aliviada de todas sus preocupaciones en Europa, se habría dedicado plenamente a su Imperio mundial. El Reich, por último, podía sin peligro de una guerra en dos frentes, dedicarse al verdadero cometido de su existencia y cumplir la misión del Nacional-Socialismo y de mi vida: el aniquilamiento del Bolcheviquismo, asegurando simultáneamente con esto el espacio vital del Este, indispensable para el futuro de nuestro Pueblo.

A las leyes de la Naturaleza les es inherente una lógica que no necesariamente precisa coincidir con la humana. Dispuestos a compromisos con Inglaterra, incluso estábamos animados del propósito de ayuda a garantizar el Imperio mundial británico.

Inglaterra pudo elegir libremente, nadie la ha forzado a arrojarse en esta guerra. Londres no sólo se comprometió a esta guerra, sino que la provocó temerariamente. Librados a sí mismos, sin ser acicateados por los investigadores bélicos anglo-franceses, las herramientas de los judíos - los polacos - nunca se hubieran practicado el harakiri. Aun luego de haber comenzado la demencia, a Londres se le presentó repetidamente la oportunidad de sacar la cabeza del lazo: sea después del aniquilamiento de Polonia, sea después de la derrota de Francia. No mediante una retirada especialmente brillante, seguramente, pero los británicos al fin de cuentas nunca fueron exigentes en sus medios. Nada más fácil que echar una vez más las culpa a fallas de los Aliados, como se hizo en Mayo de 1940 juntamente con París frente a Bélgica. Nosotros siempre hubiéramos ayudado a los ingleses con toda nuestras fuerzas a preservar su imagen. Todavía a principios de 1941, después de los primeros éxitos en África y el recuperado prestigio de las armas, la oportunidad era favorable para zafarse del asunto y concertar una paz de compromiso. ¿Por qué Churchill ha sometido incondicionalmente su país al dictado de los Aliados judeo-americanos, que en realidad se muestran mucho más codiciosos que sus peores enemigos? La Inglaterra de nuestros días no hace su guerra, hace la guerra a la cual sus Aliados llenos de odio la han forzado.

A nosotros, los alemanes, en cambio, no nos quedó otra alternativa. En el instante en que el Mundo se dio cuenta de que yo, dispuesto y decidido a unir a todos los alemanes en un Reich, iba a conquistar luchando el espacio vital para el Pueblo, de modo de asegurar a esta Gran Alemania independencia y poder, los enemigos se pusieron de acuerdo. Esta guerra era para nosotros inevitable ya por el hecho de que el único camino de evitarla hubiera significado la renuncia a los derechos vitales básicos del Pueblo alemán. Para el Pueblo alemán un status de seudo-soberanía es inconcebible. Esto puede ser soportable para suizos o suecos, que en todo momento se dejan conformar con exterioridades cuando al mismo tiempo se pueden llenar los bolsillos: ciertamente la República de Weimar se había avenido a ello y su camarilla gubernamental judaicamente emparentada se sentía visiblemente bien en el banco de los sirvientes de la Liga de las Naciones en Ginebra. ¡De esta especie de ambición, por cierto, el Tercer Reich se sabe libre!

Así los alemanes nos hallábamos condenados a la guerra, lo único que aún podíamos determinar nosotros mismos era la elección del momento favorable. Pero no había posibilidad de retroceder para nosotros. Nuestros enemigos no sólo han puesto la mira sobre nuestra visión del mundo Nacional-Socialista, a la que hacen responsable de que haya llevado a la plena realización las facultades del Pueblo alemán, sino sobre todo la alemán sencillamente. Quieren nuestro aniquilamiento radical. Sobre esto no hay duda. No podemos estar demasiado agradecidos a nuestros enemigos por esta franqueza.

El Viejo Federico se encontraba durante la Guerra de los Siete Años permanentemente al borde de la catástrofe. Al final de sus fuerzas, resolvió durante el invierno de 1762, envenenarse en un día por él mismo determinado de antemano, si hasta entonces no se lograba modificar el curso infortunado de la guerra. Y tres días antes del plazo muere inesperadamente la Zarina, y como por un milagro todo se vuelve a favor. Como el Gran Federico, también nosotros estamos solos frente a una coalición de poderes enemigos. Pero las coaliciones son obra humana, mantenidas por la voluntad de unos pocos. Un Churchill puede desaparecer y todo cambiaría. Con su fin quizás una elite de Inglaterra tomaría conciencia del abismo ante el cual la entrega al Bolcheviquismo y la coloca, y podría haber un repentino despertar. Aquellos ingleses por los que en último término también hemos luchado y que podrían ser los beneficiarios de los frutos de nuestro triunfo...

Todavía podemos arrebatar para nosotros la victoria en un último esfuerzo. ¡Qué nos sea dado el tiempo para esta última prueba de fuerza! Para nosotros se trata sólo simplemente de seguir existiendo en independencia, esto ya significa para nosotros una victoria. Esto sólo sería suficiente para justificar esta guerra inútil. La guerra como tal era inevitable. En verdad, los enemigos del Reich Nacional-Socialista ya a partir de 1933 han urgido para ello.


Adolf Hitler; de "Mis Últimas Consideraciones", publicadas en el apéndice del libro "¿Fue Hitler un Dictador?" del Príncipe Friedrich Christian de Schaumburg-Lippe.







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