martes, 10 de febrero de 2015

COMUNISMO (8): "Detrás de todas las cifras, lemas y declaraciones embozadas, los 160 millones de habitantes de la Unión Soviética ven con espanto el rostro terrible de la guerra. En suma, la lucha de clases, que es tan horrorosa y sangrienta como la guerra que se sostuvo en las trincheras."



EL PUÑO DE HIERRO

La población de la Unión Soviética, al comenzar el segundo ciclo quinquenal, muy poco preciso, se halla frente a una presión política tan dura, que los métodos de estos últimos graves años aparecen frente a ella extraordinariamente moderados.

Las innovaciones han hallado clara expresión en los discursos y en las decisiones tomadas en la sesión del Comité central del Partido Comunista y, sobre todo, en las secas declaraciones de Stalin.

Los procedimientos de policía hasta ahora dados a conocer hacen ya entrever cuál habrá de ser el inexorable sistema, que será extendido y consolidado en los próximos meses, y que costará al Pueblo entero sufrimientos indescriptibles y persecuciones no veladas a millones de los llamados ‘enemigos de clase’. Las principales innovaciones a este respecto, son los decretos referentes a los pasaportes o certificados de identidad, que obligarán a millones de personas de las grandes ciudades a emigrar a los centros de producción de la madera, del algodón, del carbón, del hierro y de los cereales, y la institución de cerca de 7 mil ‘secciones políticas’ en las zonas agrícolas, encargadas de vigilar la producción, las cuales gozarán de amplios y terribles poderes para imponer castigos.

En cualquier otro país, un estado de cosas como el que actualmente impera en la Unión Soviética, sería calificado de ‘estado de sitio’ o de ‘terror revolucionario’, ya que se caracteriza por la extremada vigilancia policíaca, por la amplia aplicación de la pena capital, arrestos en masa, deportaciones y otras medidas semejantes. En Rusia, donde durante quince años de férrea dictadura se estaba habituado a todas estas cosas, los procedimientos actuales se califican simplemente de ‘vigilancia revolucionaria intensificada’.

Esta nueva forma de la vigilancia revolucionaria, tuvo ya inmediata expresión en la segunda mitad del pasado año, en ciertos procedimientos que, con rigor inexorable, habrían de tener plena aplicación en el transcurso de este año. Entre éstos se halla en primera línea la llamada “cistca”, o sea; la limpieza a fondo dentro del Partido Comunista, que atrae cada día a esferas siempre más vastas y que arrojará probablemente a un millón de Comunistas a las tinieblas de la excomunión política. Triste suerte aquella del Comunista expulsado, que le expone a sospechas y a daños continuos. Además, a muchos de los Comunistas repudiados, como ya ha ocurrido en el Cáucaso septentrional se les imponen severas ‘penas administrativas’.

Esa limpieza tiene por mira, al mismo tiempo, como indicó especialmente el discurso de Molotov, el liberar a todas las empresas soviéticas de los miembros de las antiguas clases dominantes. Todo parece indicar que la actual caza a los ‘restos de las clases agonizantes’ obscurecerá en mucho a todos los pasados procedimientos del género.

La lista de tales campañas, emprendidas por una dictadura fanáticamente convencida de que la verdadera salud está en el Imperio de la Fuerza, podrá ser aumentada. Pero todas esas campañas no representan sino un solo lado de la acción. En los rusos suscita mucha más ansia y preocupación lo ignorado, - las alusiones que se hacen en los discursos de los Jefes Comunistas de que no se arredrarán en emplear los medios violentos que sean necesarios para extirpar la oposición el descontento y la indolencia.

Detrás de todas las cifras, lemas y declaraciones embozadas, los 160 millones de habitantes de la Unión Soviética ven con espanto el rostro terrible de la guerra - lucha contra las dificultades económicas, lucha contra los labradores ricos y contra las clases antiguamente dominantes; en suma, la lucha de clases, que es tan horrorosa y sangrienta como la guerra que se sostuvo en las trincheras.

El ingenuo sueño de un momento de respiro al terminarse el primer ciclo quinquenal - al menos oficialmente terminado -, se derrumbó cuando resonó en el país el último discurso de Stalin. Dejó sin importancia el hecho de que la presión política, ya casi sin ejemplo en la Historia contemporánea, se hiciera más fuerte todavía. Exigió una lucha más intensificada, una extensión y fortificación de la dictadura. “La vigilancia revolucionaria es una cualidad que los Bolcheviques necesitan hoy de un modo especial.”

Detrás de esa aguda vigilancia se halla la confesión de que los momentos son críticos para la Revolución Comunista. Las dificultades económicas, sobre todo en la agricultura, son mayores que nunca. El descontento político, también entre el Partido, es una realidad tangible. La oposición de los elementos adversos al dominio de los soviets ha tomado la forma más desesperada y enérgica que tuviera desde hace muchos años a esta parte.

La respuesta del Kremlin a todos estos peligros es: violencia inexorable y abierta constricción de la población en masa. Los discursos están llenos de términos militaristas; en ellos se exhorta recíprocamente a la inflexibilidad. El Kremlin no hace secreto alguno de que ha comenzado un período de dictadura intensificada.



Eugene Lyons, United Press”; 01 de febrero de 1933. 







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