martes, 7 de abril de 2015

EL WAGNERIANISMO (5): "El punto de unión de la música y el drama: un todo orgánico. La reforma realizada por Wagner tendió a la creación de un teatro lírico alemán, y lo logró, que puede decirse que Wagner es el mismo Teatro Lírico Germánico. Cuando se desea una obra que no sirva únicamente para recreo del oído, sino que sea traducción de conceptos filosóficos y de sentimientos íntimos, hay que volver los ojos a Wagner."



WAGNER: A CINCUENTA AÑOS DE SU MUERTE

A las cuatro de la tarde del 13 de febrero de 1883 exhalaba su postrer suspiro el creador del drama musical. Allá, en la estancia del palacio Vendramin Calergi, de Venecia, donde Wagner, a pesar de su delicado estado de salud, se había entregado al trabajo, estaban con el coloso su esposa, Cósima Liszt, y su fiel amigo Paul von Joukowsky: el amor y la amistad. Jukowsky lloraba silenciosamente; Cósima, transida de dolor, al besar la frente del amado, cuya noble cabeza tenía apoyada sobre sus rodillas, recordaba las terribles luchas materiales soportadas en común, antes y aun después de la protección de Luis II de Baviera y del apoteosis de Bayreuth.

La desolada esposa evocaba la terminación del teatro erigido sobre la colina sagrada, y el primer ensayo: Richard Wagner, ante el atril, haciendo brotar, con su batuta, los acordes mágicos de una orquesta invisible; ofreciendo el encanto sublime del metal y de la cuerda, maravillosamente combinados; animando en la escena, con sus gestos imperiosos y sus miradas llenas de fuego a los artistas, poseídos a su vez, por la mística embriaguez de un mundo de ensueño. Iluminado por una simple lámpara de petróleo, colocada delante de la partitura sobre una caja de madera, el perfil del maestro proyectaba la sombra fantástica de su cabellera en desorden, su frente desmesurada, su nariz aguileña y su triunfante maxilar.

Aquel perfil se apagó en la dulzura augusta de la muerte, el 13 de febrero de
1883. Dos días después, el cuerpo del titán era trasladado a Bayreuth, y en el jardín de la casita de Wahnfried, reposan bajo un gran bloque de mármol, los restos del músico inmortal.

Toda la vida de labor del gran compositor tendió, especulativa y prácticamente, a hallar el punto de unión de la música y el drama. Wagner no procuró más que la fusión de estos dos elementos. La música, en sus dramas, debía ser y figurar como un todo orgánico, registrándose entre una y otro, una perfecta correspondencia, no sólo en el carácter general, sino también en los más minuciosos detalles. En una palabra, que el drama no podía separarse de la música. Según Wagner, la concepción operística italiana, daba o dejaba a la música una misión preeminente. La música, en las óperas italianas, tenía una propia estructura formal: podía regirse, y se regía, por sí misma, estuviese o no inspiraba por el drama y connaturalizada con él.

La reforma realizada por Wagner tendió, pues, a la creación de un teatro lírico genuinamente alemán, y de tal modo lo logró, que puede decirse que Wagner es el mismo Teatro Lírico Germánico.

El Teatro Wagneriano es típicamente alemán, sin ser ni el principio ni la continuación de un teatro nacional. No tuvo precursores, ni ha tenido, hasta el presente, continuadores

Podría citarse a Wolfgang Amadeus Mozart, a Christoph Willibald Gluck, a Carl María von Weber, entre los precursores del Wagnerismo; pero el primero es espiritualmente italiano, la revolución musical del segundo tuvo escasa trascendencia, y von Weber sólo en su aspecto lírico era realmente alemán.

Y de los continuadores. Wagner dio de su pensamiento y de su estética una expresión tan definitiva, que después de él no ha sido posible modificarlos.

El discípulo más ferviente de Wagner fue, tal vez. Franz Schreker quien también obedecía al principio de la confesión, pero con una tendencia más marcada hacia el efecto escénico. Eugen d'Albert, el autor de ‘Tierra baja’, se resiente de las influencias ítalo-veristas. Engelbert Humperdinck fue, acaso, el mejor representante del folklore autóctono, pero se diferencia del autor de la Tetralogía por la brevedad de sus ritmos, por la reserva de su sensibilidad y por su concepción del arte dramático. Richard Strauss es ante todo un colorista. Max Reger, Anton Bruckner, Hans Pfitzner, Arnold Schönberg, siguen otros derroteros.

Las teorías musicales de Wagner, que sólo un contado número de escogidos admitió sin reservas en un principio, son hoy artículo de fe para todos los melómanos. La hegemonía de Wagner sobre todos los escenarios líricos es absoluta. Cuando se desea una obra que no sirva únicamente para recreo del oído, sino que sea traducción de conceptos filosóficos y de sentimientos íntimos, hay que volver los ojos a Wagner.

El tiempo, que suele apagar glorias y memorias, sólo ha servido en este caso para agrandar, dándole proporciones gigantescas, la figura del músico de Leipzig. Y es que su obra -verdadera obra de arte- lleva la marca de un genio creador y será imperecedera.

Barcelona, que siempre rindió fervoroso culto a Wagner; que fue de las primeras en comprender al Maestro; que veces y veces ha alentado la celebración de festivales y ciclos Wagnerianos, espera, seguramente, para tributar un nuevo público homenaje a la memoria del gran músico, las representaciones con que en el Liceo se quiere conmemorar el cincuentenario del vuelo del alma del autor de ‘Parsifal’ hacia la región de las eternas serenidades.


U. F. Zanni; febrero de 1933.







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