jueves, 23 de abril de 2015

EL WAGNERIANISMO (6): "He de olvidar el obsesionante tic tac del reloj de Wagner y la escena verídica de su muerte. Y desapareciendo las asperezas del personaje real, únicamente escucharé los últimos latidos de un corazón que aspiró un día al denuedo juvenil de Sigfrido, y otro día a la ecuanimidad de Sachs, y otro a la pureza de Parsifal."



WAGNERIANA

Una asidua lectora de mis artículos musicales, respetable dama que se me ofrece como raro ejemplo de selección espiritual, en quien he podido ver admirablemente complementada, mejor dicho, aureolada, la vida consagrada al cumplimiento de los deberes domésticos y sociales con el culto, intenso y apasionado del divino arte; esa dama, digo, que repetidas veces me ha honrado manifestándome su adhesión a mis modestos escritos, me acaba de confundir reprendiéndome amigablemente por una falta en que he incurrido por omisión.

Era la vigilia del día del cincuentenario de la muerte de Wagner y al hojear mi artículo de aquel día sufrió una desilusión viendo que en vez del artículo conmemorativo con mi firma, que esperaba, hallaba el que dedicaba a Giovanni Battista Lulli, un primitivo de teatro lírico, de dudosa memoria. ¿Por qué guardé el silencio en aquella fecha, silencio que se creyó obligado a subsanar a los dos días, con plausible celo, el distinguido crítico musical de este periódico?

El inesperado reproche me ha desconcertado; no he acertado a disculparme, siquiera alegando que mis artículos, escritos al margen de la contingencia cotidiana, tienen un campo de visión dilatado y se sustraen al angustioso pasar de cada día y a la coacción que pueden ejercer sobre el espíritu los vencimientos a plazo fijo. Mis ritos conmemorativos repugnan a concentrarse en el límite de una jornada y se diluyen complacientemente antes y después de ella. Suelo contar por años. Para mí, 1926 fue el año del centenario de Weber; 1927, el del centenario de Beethoven; 1928, el del centenario de Schubert; 1929, el del centenario de la exhumación de la ‘Pasión, según San Mateo’, de Bach, por Mendelssohn; 1930, el del centenario del Romanticismo en general y del Romanticismo musical en particular; 1931, el año conmemorativo de San Agustín y de Calderón de la Barca, cuyas afinidades con la música consigné, en estas mismas columnas; 1932, el del centenario de Goethe, genio poético que se matiza con variados reflejos musicales e inspirador con sus obras, durante una centuria, de los maestros de la música Beethoven, Schubert, Schumann, Berlioz, Liszt. Wagner,
Hugo Wolf, Paul Dukas...

Me doliera en extremo que se atribuyera a esta enumeración retrospectiva, que me ha venido al volar de la pluma, un avieso propósito de redargüir a mi amable lectora. Sencillamente, he recordado mi modo de proceder en materia conmemorativa: en definitiva, no puede menos de haber estrecha coincidencia en nuestro respectivo culto de las grandes figuras de la música, que es constante y entusiasta.

El presente año es en toda su extensión, el del centenario del nacimiento de Brahms; resulta ser también el del cincuentenario de la muerte de Wagner. Es digno de nota y encierra una ejemplaridad el hecho de acoplar en una glorificación póstuma dentro de un ciclo solar a dos compositores cuyos admiradores en vida se empeñaron en oponer como contradictorios e inconciliables, cual si el vastísimo campo de la música no pudiese acoger todas las expresiones del genio.

Más adelante habré de ocuparme de Brahms. Hoy rendiré acatamiento a Wagner; pero no me es posible apuntar cosa alguna referente a él que no se haya dicho y repetido a saciedad. A raíz de su muerte, en 1883, se calculaba en unas 10 000 las obras wagnerianas que se llevaban escritas; de entonces acá el número habrá sido, por lo menos, doblado. Para ser combatido y para ser admirado, Wagner ha hecho correr ríos de tinta. Porque no podía dejar a nadie indiferente. Hoy su grandeza sigue afirmándose esplendorosamente. Todavía hay quien intenta mermarla; pero en estos últimos cincuenta años ningún compositor ha podido sustraerse a su influjo, aun los que han pretendido contradecirle y buscar nuevos derroteros. Además de ser de justicia, la conmemoración de 1933 será convenientísima para fomentar la modestia entre los artistas creadores de nuestros días.

Si, viniendo al punto concreto de mi omisión, he de escribir algo acerca de la muerte de Wagner, debo confesar sin empacho que me es preciso recurrir a alguna de sus biografías. Las horas finales de su tránsito no quedaron grabadas en mi memoria como las de un Beethoven o Chopin.

Estamos en Venecia. La lluvia da en las ventanas del Palazzo Vendramino. Es el 13 de febrero, que será el último día. Wagner prevé la acometida de una de sus crisis. No obstante, se propone trabajar, prosiguiendo un ensayo que trata del elemento femenino en el hombre; entre angustia y angustia, deja escritas algunas hojas. A primera hora de la tarde, aunque se había propuesto luchar a solas contra el enemigo, requiere la presencia de Cósima y el doctor. Se arrastra a duras penas hasta un sofá de su cuarto tocador y se desploma apoyándose en Cósima. Su criado le desnuda y cae sobre la alfombra su reloj de bolsillo. “¡Mi reloj!” son sus últimas palabras. Su corazón ya no late, pero el obsesionante tic tac del reloj no se interrumpe.

Allá en mis mocedades no conocía yo estos pormenores reales. Recuerdo que al escuchar por vez primera, en unos memorables conciertos Wagnerianos que en el Teatro Lírico dirigiera el maestro Nicolau, la marcha fúnebre del “Crepúsculo de los dioses”, me representé la muerte del gran compositor como un momento heroico y exaltado, sin reparar que en el poema el propio Sigfrido al fin y al cabo perecía sin gloria y a traición. Wagner sólo podía morir transfigurado, a los acordes de aquella música de una grandeza que sobrecoge el espíritu.

Pasando los años y descendiendo de las cumbres de la epopeya, di con el oasis, tan humano, de la humilde tienda de Hans Sachs. Y olvidé largo tiempo la fábula de los Nibelungos. En el preludio del acto tercero de los “Maestros cantores”, tan contrapuesto a aquella marcha fúnebre, creí descubrir la única música perfectamente adecuada para asistir al tránsito del insigne maestro. Si él no acertó a practicar las virtudes del popular poeta de la vieja Nuremberg, poseía, no obstante, nobleza en el corazón y lucidez en el entendimiento para proclamarlas en su obra, realizando maravillosamente en el preludio susodicho la síntesis del alma de Sachs, tan elevada, tan rica en desprendimiento y abnegación.

Finalmente, penetré en el territorio augusto de Montsalvat. Y deseé vehementemente que los coros célicos que van repitiendo los ecos del sagrado recinto de los caballeros de Graal, hubiesen confortado los últimos momentos de su inspirado autor...

He de olvidar el obsesionante tic tac del reloj de Wagner y la escena verídica de su muerte. Y desapareciendo las asperezas del personaje real, únicamente escucharé los últimos latidos de un corazón que aspiró un día al denuedo juvenil de Sigfrido, y otro día a la ecuanimidad de Sachs, y otro a la pureza de Parsifal.


Vicente M. de Gibert; La Vanguardia, 25 de febreo de 1933.




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