sábado, 25 de abril de 2015

FRANZ VON PAPEN 1 (color): "Este Gobierno, al emprender su ruta, recibió el más precioso tesoro que una nación puede producir: una inconmovible fe en el renacimiento del Pueblo y del Estado. El lazo común que une al Pueblo a sus Jefes es el amor a la Vaterland y la presteza con que estamos todos dispuestos a servir. Lo que presupone esta tranquilidad es el retorno a la confianza. ¡El Pueblo alemán ha despertado! Y en bien del mundo entero."


UNA NUEVA ALEMANIA

¿Sabrán, por fin, los Jefes de la Alemania nacional echar tierra sobre sus triviales antagonismos, sobre sus divergencias de criterio y disensiones de grupo, para unirse en la hora suprema a fin de salvar a la Patria de sus inmensas desventuras? Tal era la medrosa pregunta que durante semanas y meses estuvo atormentando y casi arrastró a la desesperación a todos los sectores y clases del Pueblo alemán.

El 30 de enero obtuvo respuesta la pregunta; la unión nacional era un hecho. Una vez más el pensamiento de la patria, unificador de energías en todo momento decisivo, ha producido los medios anhelados de salvación.

Acontecimiento es éste que evidencia cómo, a pesar del indecible sufrimiento y miseria de nuestro Pueblo, entre la opinión participante en el poder se mantiene vivo y firme el fundamental concepto de un vasto Estado alemán, y la voluntad de sacrificarse en aras de la nación. El propósito de arrimar todos el hombro en bien del país, acabó por despejar de obstáculos el camino, obstáculos que al principio parecían insalvables. La Vaterland triunfaba sobre los partidos.

¡Unidad nacional! He aquí la premisa indispensable para intentar el resurgimiento alemán. Considerando el abatimiento económico y la situación Política interior y exterior, se ve de cuán imperiosa necesidad es la reintegración do todas las fuerzas activas de la Alemania nacional. Ningún Gobierno alemán tuvo jamás, ni por asomo, la autoridad de que está investido el gabinete Hitler-Hugenberg. Y tampoco hubo ningún Gobierno tan profundamente arraigado en el Pueblo. Son ilimitados el idealismo y el espíritu de sacrificio que animan al presente Gobierno nacional del Reich. Este Gobierno, al emprender su ruta, recibió el más precioso tesoro que una nación puede producir: una inconmovible fe en el renacimiento del Pueblo y del Estado. Nunca pudo un Gobierno del Reich declarar con tanta justificación y convicción que ¡ésta fe no ha de sufrir desengaño!

No cabe la menor duda de que en ningún rincón de Alemania se hace nadie ilusiones que oculten la verdad de un país que por entero debe prepararse a vencer una larga crisis de convalecencia. Nada estaría tan fuera de propósito como suponer que, a partir de mañana, todo va a caminar.

Para vencer la crisis alemana es menester muy duro trabajo en el plano mental y en el terreno económico. Sólo es duradera la obra que madura lentamente y que fue construida con prudencia. No debemos esperar éxitos inmediatos. Estamos plenamente convencidos de que únicamente con paciencia, trabajo y perseverancia llevaremos a Alemania adelante. Pero ya es una garantía de que se hará una afortunada ascensión, el ver cómo la totalidad nacional alemana apoya con entusiástica generosidad e ilimitada disposición de sacrificio, la realización de todas las medidas que el nuevo Gobierno se halla en trance de tener que adoptar, por rigurosas que sean.

¡Alemania necesita, y quiere salvarse! Pero el tiempo pasa. Nada contribuiría a facilitar la ascensión que hay que emprender, como el restablecimiento de la confianza del país en sus dirigentes. El lazo común que une al Pueblo a sus Jefes es el amor a la Vaterland y la presteza con que estamos todos dispuestos a servir sólo a Alemania. Lo primero que necesitamos, no obstante, es la tranquilidad de las masas. Lo que presupone esta tranquilidad es el retorno a la confianza.

Por consiguiente, es de primordial necesidad evitar todo traspié en mataría económica. Un ejército de hombres sin trabajo, compuesto de seis millones de alemanes, está clamando por empleo y pan. Este problema decisivo será tratarlo esforzadamente por el Gobierno, que no regateará actividad ni energía. Será norma del Gobierno en esta materia, la realización de lo que sea posible y hacedero, sin dejarse guiar por engañosas y deslumbrantes utopías. Consciente de la realidad práctica, el Gobierno, por otra parte, comprende que el desenvolvimiento económico del mundo, tornado en conjunto, seguirá en marcha prescindiendo de los esfuerzos peculiares de Alemania al dar la vuelta a la rueda del timón económico.

Tenemos a la vista, la Conferencia Económica Mundial con sus abundantes, importantes y urgentes problemas planteados. Alemania tiene el mayor interés en que dicha Conferencia produzca acuerdos eficaces, de los que necesitamos dolorosamente para llevar a efecto nuestro restablecimiento total. Por supuesto que no existe nada capaz de brindar una solución inmediata que allane las dificultades  de una crisis como la alemana, tan agudizada por la depresión dominante en todo el mundo. El proceso que ha de conducirnos a una mejora será forzosamente gradual.

La propiedad privada debe defenderse, y la iniciativa del industrial protegida. Esta es la piedra angular del progreso de la Economía alemana. Lo primero que necesita el sistema económico alemán para reanimarse es el mantenimiento de las empresas sobre una base de razonable recompensas. El empuje al alza que se nota en el mercado mundial y en particular de Alemania, es un augurio que anima la esperanza en una próxima re ascensión. El Gobierno alemán está plenamente percatado de que importa mucho evitar por ahora todo intento de experimento nuevo e innecesario. La reconstrucción alemana en 1933 únicamente puede alcanzarse en medio de la tranquilidad y la estabilidad.

Debe restablecerse la unidad espiritual y mental del Pueblo. El Gobierno tiene que escudar firmemente el Cristianismo como fundamento de la moral, y la familia como única célula del organismo nacional. El punto de partida de la educación de la juventud alemana debe ser la reverencia al glorioso pasado de nuestra patria y el orgullo de nuestras antiguas tradiciones.

Todo alemán que desee el bien de su Pueblo, que se sienta completamente y efectivamente dispuesto a servir a la totalidad de la Nación y el Pueblo, a su libertad exterior y a su bienestar interior, que desee asimismo la preservación de la cultura, de la lengua y de los principios y costumbres alemanes, y que se halle dispuesto a subordinar sus apetencias personales, intereses y ventajas en beneficio de la Comunidad Nacional alemana sin exclusiones, tiene derecho a llamarse ‘nacional’. Esto caracteriza las lindes de la amplitud en que se consolida la Alemania nacional. El objetivo de este Gobierno no es la supresión de los adversarios políticos en el interior, sino la inclusión de los mismos en el Estado nacional.

Al mismo tiempo que a costa de tremendos dolores internos, se unen todas las fuerzas nacionales para trabajar en cooperación, la Política Exterior Nacional tiende también a robustecerse en un frente único e insuperable. En la Conferencia del Desarme, Alemania se encuentra con un gran problema entre manos: el de llevar adelante sus fundadas y justas demandas de igualdad militar y política. Por primera vez, desde la Gran Guerra, el Gobierno se siente apoyado en el inquebrantable empuje nacional, con decisión de alcanzar la meta. Con prudencia y fortaleza, no por medio de azarosos radicalismos, mas con mayor rapidez que hasta el presente, el Gobierno continuará marchando por la ruta que conduce a la liberación del Pueblo alemán.

Seguramente todas las naciones se habrán convencido de que un sano Movimiento Germano Nacional es mayor garantía de paz presente y futura y de seguridad y de la economía de Europa, que un Movimiento Comunista Internacional desintegrante. El baluarte que hemos levantado contra los asedios del Bolchevismo en Alemania, equivale a la salvaguardia de la cultura occidental, y, por  consiguiente, del desenvolvimiento progresivo del mundo entero. El problema que el nuevo Gobierno del Reich se ha planteado consiste en procurar a Alemania su restablecimiento nacional, agarrotar con energía la confusión política extendida a todo el Reich, y construir un Estado alemán cristiano que extienda la seguridad social a todos los ciudadanos. Únicamente así puede alborear una Alemania digna del respeto del mundo y que sea una salvaguardia de la paz. La situación económica del mundo necesita de esta Alemania.

¡Estamos en el umbral de una nueva era! Así lo percibió todo el mundo, alemanes y extranjeros, cuando el 30 de enero de 1933 las fuerzas nacionales unidas desfilaron ante el anciano Mariscal de Campo y Presidente del Reich, Paul von Hindenburg. Las llamas de las antorchas paseadas durante aquella marcha por la capital de Alemania, prendieron en el corazón de todos los verdaderos alemanes la inspirada esperanza de que por fin, la obra de reorganizar en un sentido alemán el país en que nacimos, encontraba una forma política que volvía a vincular en espíritu a la Vaterland a todos los patriotas, incluso a los que residen más allá de nuestra fronteras geográficas.

¡El Pueblo alemán ha despertado! La acritud, la envidia y el odio entre los Jefes nacionales han sido barridos. Ante los ojos del país se muestra, grande y resplandeciente, una meta única, a la que debemos llegar por medio de la unión y el esfuerzo combativo, meta que se cifra en este lema: una nueva Alemania para nosotros y para nuestros hijos, y en bien del mundo entero.


Franz von Papen; Febrero de 1933.






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