jueves, 2 de abril de 2015

GINEBRA: "Nos autoriza a considerar esta semana como la semana del desarme. El público se ha ido acostumbrando a oír de boca de los representantes de las grandes potencias proposiciones atrevidísimas, consideradas hasta ahora como demagógicas. Una exposición franca de los agravios y de los intereses en pugna constituye el mejor punto de partida para llegar a esta confianza internacional."



MOMENTO DECISIVO

Sería difícil afirmar si la semana que termina hoy ha sido más importante desde el punto de vista del desarme o del pleito chino-japonés, pero el hecho de que el desarrollo del primero de estos dos problemas se ha producido a la luz del día, nos autoriza a considerar esta semana como la semana del desarme.

Los grandes discursos pronunciados alrededor del plan francés han tenido una gran virtud: la de convencer a todo el mundo de que ha llegado el momento de hablar con claridad. Se considerará este resultado como raquítico y como indigno corolario de un debate de la altura del que hemos presenciado, pero si se tiene en cuenta que una gran parte de los trece meses que lleva de vida la Conferencia han sido utilizados por las delegaciones para disfrazar sus verdaderos objetivos y para atacar hábilmente y con grandes rodeos a posiciones rivales, se saludará con satisfacción la crisis psicológica que se avecina precediendo a la hora de la verdad.

Seguramente, al principio, los principales actores vinieron a Ginebra esperanzados de que les sería muy fácil disimular su juego. La Conferencia, según ellos, estaba condenada de antemano al fracaso. Toda su habilidad debía consistir en cubrirse a cada momento de manera que fuera el contrincante el que con su intransigencia, apareciera como único responsable de la catástrofe. De ahí la lluvia de planes de desarme, a cual más atrevido y radical, que ha caído sobre la Mesa del Presidente. Seguros de la imposibilidad de verlos aceptados, los autores de estos planes querían captarse la simpatía de la opinión mundial y justificar su actitud posterior. Lo que no vieron en aquellos momentos fue el peligro de este doble juego. Esta puja desenfrenada resultó en sus manos un arma de dos filos. Por un lado, el público se ha ido acostumbrando a oír de boca de los representantes de las grandes potencias proposiciones atrevidísimas, consideradas hasta ahora como demagógicas y que en este momento se nos presentan avaladas, por ejemplo, con la firma del primer magistrado de Norteamérica.

Además, la crítica acerada que los demás delegados, coreados por la prensa, han hecho a cada uno de estos planes, han puesto al descubierto su punto débil y ha servido para discernir el aspecto sano y posible del proyecto de la parte engañosa o meramente espectacular.

Las posiciones están, pues, sólidamente tomadas. Se ha separado la paja que ocultaba el grano y habrá que trabajar ahora sin caretas, frente a frente. Alemania no ha ocultado sus aspiraciones máximas. Francia ha sentado sus condiciones e Inglaterra y los Estados Unidos han dicho hasta dónde podían llegar. No hay duda de que esta situación se parece más que cualquier otra a una ruptura, pero también cabe la posibilidad contraria. Una exposición franca de los agravios y de los intereses en pugna constituye el mejor punto de partida para llegar a esta confianza internacional sobre la que tiene que descansar forzosamente la empresa del desarme.


Rosselló; Ginebra, 11 de febrero de 1933.







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