jueves, 2 de abril de 2015

LLOYD GEORGE 4 (color): "Un mundo entero está hablando en infinita variedad de lenguas. Todos dictan órdenes que nadie atiende. Si metafóricamente pudiera, escribiría los mises del mundo como barcos sin objetivo en turbulento mar, sin carta de navegar, bajo un cielo sin estrellas. ¿Hacia dónde se dirigen? Nadie puede contestarnos, pues nadie lo sabe. Si Hitler tratara de llevar adelante el programa completo de los ‘Nazis’ los resultados serían sorprendentes, tanto dentro de Alemania como en el resto del mundo."

Lloyd George, Vittorio Emanuele Orlando, Georges Clemenceau y Woodrow Wilson.


LA SALVACIÓN DEL MUNDO

La salvación del mundo depende de la cordura que éste tenga. ¿Podría nadie arriesgarse a poner en peligro su reputación anticipando cuándo las naciones van nuevamente a entrar por las vías del sentido común? Por mi parte, no veo el más ligero síntoma de esta tendencia ni en nuestro país ni en el extranjero.

La confusión imperante me recuerda un viaje que realicé a Oriente hace unos catorce meses. La salida del puerto de partida fue algo relativamente ordenado. Algunas órdenes concisas y enérgicas dadas a intervalos, y cierto número de marineros y de cargadores de muelle, ocupados directa y ordenadamente en los trabajos de carga, manejo de las máquinas de cubierta, desatar amarras y retirar las pasarelas. El trabajo terminó. Sin ruido ni desorden. Se trataba, simplemente, de algo comercial.

Pero cuando nuestro buque recaló en el puerto del Este, hallamos el muelle invadido por una multitud de caras bronceadas. Unos advenedizos se diseminaban, otros iban sin rumbo en un inquietante barullo, toda una confusión y gritería. Todos hablaban sin parar en una veintena de dialectos. Se juntaban, se apiñaban y se disolvían los grupos nuevamente; pero fuera, intencionada o inadvertidamente, el hecho es que no cesaban un momento su incesante vocerío. Me sentí sobresaltado, sobrecogido y casi estupefacto por el martilleo aturdidor del muelle invadido por la muchedumbre. Tenía algo de pesadilla, algo de sueño opresor del cual uno no puede despertar. Y así continuó la situación. Yo me refugié en mi camarote para escapar de la demencia de aquella Babel.

Cuando hoy observo la confusión política y trato de clasificar las apelaciones de los conflictos que invaden el mundo, recuerdo los muelles del Este con sus cincuenta dirigentes, cada uno de ellos interesados en la carga y descarga de distintos buques, y con diferentes criterios en cuanto al tiempo y forma de proceder a la realización de aquellos trabajos, y me embarga la misma inquietud de pesadilla, de confusión sin tregua, de agitación sin finalidad ni método, de tumulto que ofusca. Un mundo entero está hablando en infinita variedad de lenguas. Todos dictan órdenes que nadie atiende.

Pequeños grupos y fracciones tratan de mantener sus ideas o sus intereses, dando de lado a los ajenos. Se erigen en propugnadores de las reformas del cambio del proyecto de Douglas Plan; de patrón oro; del Bimetalismo; de la Tecnocracia; la Inflación, la Reflacción; la tarificación aduanera alta o baja; la nacionalización; la economía. El mayor desarrollo en los gastos, y una multitud de ‘ismos’: Fascismo, Socialismo, Comunismo, Hitlerismo, Nacionalismo, Intervencionismo y todos los demás. Muchos se han ocupado sin fruto de restablecer la nivelación de sus presupuestos. Aquellos que lo han logrado, discuten ahora los medios más simples para volverlos a desnivelar.

Si metafóricamente pudiera dejar el puerto, describiría los mises del mundo como barcos sin objetivo en turbulento mar, desmantelados y cuarteados - sin carta de navegar, bajo un cielo sin estrellas -. ¿Hacia dónde se dirigen? Nadie puede contestarnos, pues nadie lo sabe. Nuevos capitanes desde el puente nos prometen que ahora todo irá bien. Hay que desear que no se equivoquen.

La prueba de que las naciones no se muestran tan confiadas sobre el porvenir como lo están sus gobernantes, nos lo demuestran en la prontitud con que los cambian tan pronto como se les presenta ocasión. Ningún país democrático ha mantenido el mismo gobierno desde que comenzó la crisis en 1930, y aquellos países que se hallan en condiciones de cambiar de gobierno con facilidad, han ido de un gobierno a otro continuadamente, a partir del mismo año.

Francia, en estos últimos años, ha tenido varios Ministerios. Ha derribado dos gobiernos en el transcurso de las últimas semanas, buscando la manera de nivelar sus presupuestos, con un aumento de la tributación fiscal o con una reducción en los desembolsos. Alemania ha cambiado de gabinetes y disuelto el Parlamento con la misma inquietud, en un esfuerzo neurótico, para dar con un gobierno que encuentre un camino para salir del caos. América no sabe de qué medios ha de valerse para evitar que mueran de hambre doce millones de parados, sin que pueda hacérsele responsable de su mantenimiento.

Gran Bretaña habiendo cerrado sus puertas con las tarifas, entregado las llaves a los Dominios, y puesto en lugar inaccesible sus reservas, encomendado su custodia a los banqueros, espera con disimulo lo que pueda pasar. Entre tanto, el promedio de los británicos se contenta con seguir con atención los resultados de los deportes en Australia. Esto parece el acontecimiento que por ahora despierta más su interés. Dejan los peritos las consideraciones sobre los resultados del comercio y el tráfico.

Y a esta miscelánea hay que añadir el Japón, que aun con la bancarrota de su hacienda, se ha lanzado sin descanso a hostilidad abierta contra China, la enorme, la desarticulada China. Y parece dispuesto a entendérselas con la Sociedad de Naciones y China a la vez. La primera posiblemente no le dará ninguna molestia, no dejándose convencer por los discursos del señor Yōsuke Matsuoka. Pero China puede resultar algo mucho más serio. Si las tropas chinas no se hallan suficientemente equipadas para vencer al ejército del Japón, su resistencia puede ser lo suficientemente prolongada para socavar el ‘yen’ japonés, y las condiciones económicas del Japón ya no son actualmente del todo satisfactorias.

En Sudamérica. Bolivia y Paraguay han ido a la guerra por la posesión de un territorio que se halla poblado por anacondas, y tan remoto e inaccesible, que las tropas bolivianas y paraguayas hallan casi imposible el descubrir al enemigo  para presentarle batalla.

Frente a esta confusión reinante, uno se ve inclinado a seguir los acontecimientos con viva curiosidad, a falta de esperanza de que un cambio se imponga en la dirección autorizada de algún país importante; y a especular con inquietud sobre las posibilidades de que nuevos hombres importen nuevos procedimientos que mejoren el panorama general. Se han producido varios hechos importantes: en Alemania, Adolf Hitler ha reemplazado a Kurt von Schleicher, y en Francia, Édouard Daladier, se ha hecho cargo del gobierno al dimitir Joseph Paul-Boncour.

De momento parece que el gabinete Daladier se sienta sobre un taburete de dos patas. Daladier hará lo que pueda en el tiempo que dure. Pero ha de ser su esfuerzo extraordinario y veo difícil, muy difícil, que llegue a coger el cabo que podía conducirle a la solución de problemas que agitan al mundo.

El nombramiento de Adolf Hitler para la Cancillería de Alemania, abre ancho campo a nuestra observación. Si Hitler, como Canciller, tratara de llevar adelante el programa completo de los ‘Nazis’ - la expulsión de los judíos de toda Alemania; romper el bloque capitalista y distribuir el botín del Capitalismo entre la empobrecida clase media y los obreros; abandonar la deflacción; repudiar el tratado de Versalles y desarrollar una política agresiva de Nacionalismo alemán -, los resultados serían sorprendentes, tanto dentro de Alemania como en el resto del mundo, especialmente en aquellos Estados limítrofes de la Europa Central.

Pero yo dudo que muchos de los alemanes de buena intención quieran que este programa sea puesto en práctica. Se mostrarán ciertamente tranquilizados al reflejar su confianza de que no es probable que se realice. Cierto es que Hitler se sienta en el sitial de Bismarck; pero aunque tiene el don de una oratoria que arrebata, no es generalmente considerado como hombre que posee las cualidades de sentido práctico y sagacidad de un Bismarck: su voluntad de hierro, su experiencia, su conocimiento de los asuntos, sus determinaciones inflexibles y su autoridad sobre cuanto le rodea. Y sería preciso un hombre como Bismarck para poner en práctica el programa Nacional-Socialista, que hoy que se ve enfrentado a problemas de orden económico cuya solución depende de la buena voluntad e inteligencia por lo menos de veinte naciones, sobre las cuales el ejército de ‘los Camisas Pardas’ no tiene control, ni aun contando con el apoyo de los cascos de acero.

El programa expuesto por el nuevo Canciller en su manifiesto es en su conjunto, moderado y práctico. Pero acusa vaguedad, que necesariamente había de existir en estos momentos, pues el nuevo gobierno alemán no ha tenido tiempo todavía de cuidar los detalles. El pretender que Alemania produzca la cantidad suficiente de artículos con que mantener a sus habitantes, es ciertamente una pretensión algo aventurada. Pero, ¿puede realizarla? El gobierno de Hitler es un gobierno de coalición, en el cual los principales colaboradores del Canciller son los Jefes de los alemanes Junkers. Se hallan dominados por los grandes señores de la Prusia Oriental. Fueron ellos los que desbarataron el proyecto de Heinrich Brüning, que tendía a una mayor utilización de las regiones baldías y de los terrenos poco cultivados. El señor Hitler ha logrado el poder por la cooperación de dichos señores y tiene que contar con ella para mantenerse. El líder Junker, Franz von Papen, es su Vicecanciller, y Konstantin von Neurath, su Ministro de Estado. El programa de los Nacional-Socialistas, incoherente y a favor de la clase media de Alemania empobrecida, se verá entorpecido por los grandes industriales de Westfalia y los aristócratas de Prusia, antes de que Hitler pueda llevarlo a la práctica.

Es indudable que a los ‘Nazis’ se les permitirá que vayan bastante lejos en cuanto a la represión de los judíos y de los Comunistas, y, como consecuencia, las represalias y las venganzas se manifestarán. Pero no se aliviará la depresión del mundo matando Comunistas, porque éstos no son culpables de que se haya producido. Más acertado sería decir que la depresión los ha creado a ellos. Nada remediaremos restableciendo un Hohenzollern en el trono de Alemania. El mundo sabe ya qué puede esperar de los Hohenzollern.


David Lloyd George; Febrero de 1933.







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