lunes, 13 de abril de 2015

OPINIÓN FRANCESA: "La obra de acercamiento entre Francia y Alemania sufre un compás de espera. Es lo menos que puede decir un observador con sangre fría."

Édouard Herriot


LAS RELACIONES FRANCO-ALEMANAS

Nota: el presente texto fue escrito desde la perspectiva de los intereses franceses de la época de entre guerras y a comienzos del régimen Hitlerista, cuando los proyectos del Tercer Reich apenas se asomaban lentamente (y el mundo apenas los conocería), especulándose uno de entre varios posibles rumbos de la historia.

Todos los amigos de la paz, todos los que siguen el curso de la reconstrucción económica y política del mundo, se preguntan cómo podría realizarse una aproximación franco-alemana, condición  esencial para la tranquilidad europea.

Esta pregunta se plantea hoy de una manera especialmente aguda, pues Alemania ve acentuarse el progreso del Nacionalismo y del Racismo en condiciones y proporciones que no pueden dejar de impresionar a todo espíritu reflexivo. Hoy no puede presentarse, evidentemente, el problema alemán de la misma manera cuando ocupa la cancillería un Heinrich Brüning que cuando Hitler se sienta en el sillón de Bismarck. No se siente inquietud sólo por la paz, sino por el espíritu de libertad, afectado por las medidas sobre prensa y derecho de reunión. Vemos atacar a las Constituciones, tanto a la prusiana como a la de Weimar, con una violencia que no permite confiar en una larga resistencia de aquéllas. Se disuelven las asambleas de una manera crónica. Cierto que todavía se elevan protestas como la que acaba de formular Baviera en nombre de los Estados del sur. Pero el espíritu de autoridad y de dictadura hace de día en día temibles progresos. Y los franceses, que desde la legislatura de 1919-1924 lucharon para procurar la constitución de una Alemania liberal, se ven en el caso de preguntarse - no sólo en interés de su propio país, sino por la paz mundial en conjunto - qué es lo que subsiste de las instituciones republicanas en una Alemania en cuya conversión a las doctrinas de la libertad se había confiado. En vista de tales acontecimientos, el francés sensato no puede sino ponerse en guardia.

Estamos asistiendo al agotamiento de los esfuerzos punto menos que heroicos que, hombres como Braun, hicieron por democratizar a Prusia. Elevadas conciencias, como la del burgomaestre de Colonia, Konrad Adenauer, perseveran; ¿pero qué suerte le espera a su resistencia en medio del caos de los procedimientos iniciados? La misma oposición de los Católicos y de la Prensa Social-Demócrata parece atenuarse, tal vez por temor a ser objeto de suspensiones. Ya no llega a nuestros días la voz de los amigos de la libertad, que era la de los amigos de la paz. Y en adelante, no parece cosa imposible la restauración de los Hohenzollern, a juzgar por el entusiasmo con que el Kronprinz es acogido cuando se exhibe con el uniforme de húsar de la muerte.

A menos de incurrir en esa ingenuidad que en hombres de Estado equivale a un crimen, no podemos forjarnos la ilusión de que los acontecimientos recientes nos acerquen a la inteligencia tan deseada y deseable entre Francia y Alemania. Observemos, por otra parte, lo que ocurre en Ginebra. El gobierno que yo presidí hizo, a pesar de algunas oposiciones, un esfuerzo sincero para dotar a Europa de un régimen que supusiera la igualdad desde el punto de vista militar. A cambio de una seguridad, muy necesaria, creemos, a un país invadido en cosa de sesenta años por dos veces, proponíamos un régimen de ejército común a todos los Estados de Europa, con un sistema de protección también común contra el agresor siempre posible. Era una tentativa perfectamente leal por parte de hombres que habían ya propuesto el protocolo de 1924.

Por una extraña paradoja, resulta que la mejor acogida dada al plan francés fue la de la delegación soviética. En desquite, pasado el 7 de febrero, la agencia Wolff publica una información de Alemania, al parecer oficiosa cuando menos, que prevé el fracaso de la conferencia del desarme.
Es una nota que contiene, en forma apenas definida, evidentes amenazas para el mañana. Alemania parece anunciar que arreglará su defensa nacional futura según sus necesidades, tal como ella las entienda. De esta manera parece rehusar una vez más la mano que le tendemos al redactar un plan francés que le permitía llegar a tener un ejército del mismo tipo que los de las otras naciones.

Mi amigo Joseph Paul-Boncour tiene que librar una batalla bien dura. Si no logra vencer, hay que preguntarse adonde puede llegar el desarrollo del Militarismo en una Alemania que hace muchos meses multiplica las manifestaciones o paradas guerreras hasta la provocación. Sé que se acusa con frecuencia a Francia y que se le atribuye una parte de responsabilidad en estos resultados. Ha podido comprobarse que yo le decía a mi país la verdad tal cómo se me presenta, aun a trueque de chocar con la mayoría del Parlamento y de la opinión, aunque mi adhesión a mis convicciones me cueste una caída ministerial.

En 1924 firmé en Londres, con mi amigo Mac Donald, con M. Kellogg, con otros varios, incluso Alemania, la primera paz libremente aceptada. Yo soy el Ministro que, sufriendo los denuestos de los Nacionalistas, evacuó el Ruhr, ocupado por Raymond Poincaré. ¿Pero he podido luego cerrar los ojos a propósito de las declaraciones contenidas en las ‘Memorias’ del señor Gustav Stresemann, y viendo la afirmación que hace de que se propuso engañar a los franceses? Los que creen, como yo, en la identidad de la conciencia política y la conciencia moral, pueden imaginarse el desengaño de un hombre de buena fe que quiso la reconciliación de dos grandes pueblos, ¡y que se encuentra con unas confesiones semejantes a las del señor Stresemann!

¿Cómo no he de intranquilizarme ahora, viendo que el mismo gobierno prusiano tiene que protestar ante el tribunal del Imperio contra la violación de sus derechos? ¿Cómo no he de alterarme cuando oigo que el gobierno sostiene que la transmisión de las prerrogativas prusianas del Reich, en caso de consentirse, pondrá fin a la existencia de Prusia como país autónomo y, por consiguiente, a la constitución federativa del Reich?

Hemos llegado a una hora en que el Reich cree que debe absorber a Prusia por demasiado democrática. Después de este acto, ¿qué quedará de la República alemana? ¿Acaso no puede entreverse, desde ahora, qué acontecimientos sucederán como consecuencia de ello, y que sólo a espíritus superficiales podrán causar sorpresa? Para mí, la libertad y la paz correrán la misma suerte.

Sigo siendo un convencido adepto del acercamiento franco-alemán que tanto he esperado y por el que tanto he trabajado. Creo que una inteligencia entre el país de Goethe y el de Voltaire, sería una honra y un beneficio para Europa y para el mundo. Creo que nuestros pueblos tienen cualidades complementarias que harían de su asociación algo infinitamente útil a la causa de la civilización. Yo, francés, admiro la ciencia alemana, la filosofía alemana, el arte alemán. Me deslumbra Richard Wagner; Robert Schumann me encanta por su finura y por la elevación de su espíritu. Saludo con respeto al gran hombre y la gran obra de Immanuel Kant, que nos enseñó lo que es el respeto a la ley moral. Y tributo homenaje al patriotismo de Gottlieb Fichte, sin pensar que se dirigiera contra mi país.

Pero veo con angustia que Alemania se nos aleja al paso que se aparta del espíritu de libertad. A mi entender, la mejor garantía de paz era el desarrollo del espíritu republicano en Alemania, la libertad de discusión. ¿Cómo vamos a estar confiados viendo que se prohíbe, bajo amenaza de persecuciones por alta traición, al ‘Vorwärts’, por haberse manifestado en más de una ocasión en favor de la reconciliación de Francia y Alemania? ¿Y qué se diría de nosotros, franceses, pregunto a toda persona de buena fe, si se nos viese organizar, de vez en cuando, reuniones inmensas de hombres dispuestos a tomar las armas y usar de ellas?

Lo diré, pues, francamente: el sentimiento que domina hoy al espíritu pacifista que yo soy, es la intranquilidad. Observo, siguiendo las discusiones de la dieta de Polonia, que esta inquietud va apoderándose poco a poco de otras naciones, tanto más cuanto que en el estado actual de Europa, en el régimen presente de la Sociedad de Naciones, nada prohíbe la formación de coaliciones eventuales. Y el asunto de las armas de Hirtenberg, sobre el que se hace muy mal en cerrar los ojos, nada tiene de tranquilizador precisamente.

¿No tiene mucho de desalentador el ver a Austria - al menos según las apariencias - recibir de contrabando armas para reexpedirlas a Hungría, al día siguiente como quien dice de habernos estado debatiendo ante las asambleas, para asegurarle a ese país, cuyo restablecimiento deseamos, el beneficio de un amplio empréstito internacional?

No, el idealismo no progresa. En esta hora se aleja de nosotros la paz. Y no se nos ocurre que por ello pueda hacerse ningún reproche a Francia. Dos pruebas, por no decir más. Teníamos el derecho de ocupar el Rin hasta 1935, y, a ciencia cierta, si hubiéramos mantenido este derecho, no tendríamos ahora ninguna preocupación. Sin embargo, hicimos por Alemania lo que ésta no quiso hacer por nosotros en 1871. Retiramos voluntariamente nuestros soldados. En Lausana redujimos las reparaciones al extremo de no pedir más que dos anualidades, entre 37. A menos de sentirse prevención contra nosotros, ¿quién podrá negar la generosidad de estas medidas, la voluntad de paz que encierran?

Sin embargo, la paz no ha progresado. He aquí que se han provocado otros problemas: problema del corredor polaco y de Dantzig, problema de la remilitarización del Rin, problema de las colonias, problema del rearme, ¿qué sé yo cuántas más? Se acumulan obstáculos.

No nos desalentemos, a pesar de todo. Quisiéramos creer que se trata de una crisis pasajera. No dejaremos de tender la mano a los elementos pacifistas de Alemania. Deseamos ver que ese Pueblo reencuentra la calma y la prosperidad. Repudiamos toda intención de hegemonía francesa. Lo único que queremos es la seguridad de que no nos volverán a invadir. Los pueblos que no han sido sometidos a este flagelo, no pueden imaginarse cuáles han sido nuestras torturas. Seguimos opinando que Francia debe persistir en usar toda su paciencia, toda su razón para resolver esta terrible dificultad. Tenemos que ser los más prudentes; lo seremos. Ninguna de las injurias que se me prodigan desde el lado de allá del Rin, impedirá que por mi parte deje yo de proseguir mi tarea de pacificación. Confiamos todavía en que el liberalismo alemán está adormecido, pero que despertará. La reciente manifestación del Frente de Hierro republicano en Berlín, demuestra que hay todavía latentes reservas de energía. Pero si yo disimulase mis inquietudes presentes, faltaría a mí deber para con lo que yo estimo la verdad.

Y esto - tanto si se trata de la cuestión de las deudas a los Estados Unidos, como de nuestras relaciones con Alemania - nunca lo podría yo hacer... La obra de acercamiento entre Francia y Alemania sufre un compás de espera. Es lo menos que puede decir un observador con sangre fría.


Édouard Herriot; Febrero de 1933.







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