viernes, 1 de mayo de 2015

MANFRED VON RICHTHOFEN 2 (color): "Von Richthofen soy yo. El que yo quiera dar mi vida por mi patria no puede impedírmelo nadie y menos que nadie el Káiser. No me preocupa la idea de la muerte."



LOS HÉROES DEL AIRE: "EL DIABLO ROJO"
I

Corrían los días de la batalla de Arras, en la primavera del pasado año. Llegábamos a Douai, centro por aquel entonces de las fuerzas alemanas que resistían la formidable embestida inglesa, cinco corresponsales de guerra. Aunque veteranos los cinco, al descender de los andenes de la estación, ansiosos de asistir a la gran batalla, nos sentíamos todos poseídos de una muy viva y honda emoción. Se iba el día y el sol, al ocultarse tras de las líneas británicas, ponía en el cielo violentos fulgores de hoguera. Rugían a lo lejos los cañones y debían hacerlo tantos cientos de ellos a la vez, de tan grandes calibres y en una tan extensa región del frente, que su rugir llegaba hasta nosotros con una intensidad tal que nos ensordecía y angustiaba, como si miles de truenos violentísimos rodasen por los espacios, confundidos en un solo y gigantesco rumor.

Al poner pie en la estación, medrosos y confusos, algo así como asustados de nuestra inconsciencia o de nuestra temeridad, que a los lugares de la más terrible batalla que hasta entonces presenciaran los siglos nos habían traído, y hasta un tanto avergonzados de nuestra condición de espectadores y de intrusos, observamos con gran extrañeza cómo el personal de la estación y los muchos soldados que en ella había se encaramaban apresuradamente a los techos de los vagones, lanzando hurras y gritos de entusiasmo desde ellos, mientras alzaban y agitaban sus brazos en el aire.

Entonces pudimos percibir nosotros, distinguiéndolo del otro constante del bombardeo, el ruido de unos aeroplanos que hacia la estación venían. Siete eran, los siete pintados de rojo, volaban a unos cien metros escasos del suelo y avanzaban serenamente, desplegados en orden de combate. Iba uno delante de todos; le seguían dos, bastante distanciados de él y algo más elevados, los dos a la misma altura y en la misma línea, a ambos lados del que los precedía. Venían luego otros dos, escalonándose uno a cada lado de los que volaban delante de ellos y en el mismo orden y colocación seguían los dos restantes. Al pasar por encima de la estación, los soldados que la llenaban y que se habían subido a las techumbres de los coches, agitando frenéticamente sus gorros y fusiles, han redoblado sus hurras entusiastas. Pasada la estación, el biplano delantero ha virado a la derecha, seguido por los demás que, sin perder el orden que llevaban, han ejecutado el mismo movimiento. Más que protegiéndole y dispuestos detrás de él para su defensa, los seis aeroplanos parecían como si fuesen dándole escolte de honor al que volaba delante...

- Es el capitán von Richthofen con sus diablos rojos, - ha dicho un oficial que estaba junto a nosotros.

Otro ha añadido:

- El Rittmeister y los suyos han tenido hoy una buena tarde; en menos de una hora y en las líneas enemigas han echado siete ingleses abajo, él tres de ellos, su 50, su 51 y su 52; de regreso, al pasar muy bajos sobre nuestras líneas, los soldados los han acogido con una calva de hurras y de aplausos.-

Al nombre de Richthofen, que tiene algo de maravilloso y de mágico, hemos alzado todos de nuevo nuestras miradas, a tiempo de ver a la escuadrilla, aterrizando ya, desaparecer tras de unos árboles. Los cinco corresponsales, a una, sin ponernos de acuerdo para ello, le hemos expresado al Capitán que nos guiaba nuestro vehemente deseo de ver al célebre aviador y hablar con él aunque fuese nada más que unos instantes. Y a su promesa de hacer cuanto pudiera por conseguirnos la entrevista, hemos entrado en Douai, contentos y animosos todos, como si la sola esperanza de ver y hablar al “Diablo Rojo”, justificase y recompensase con creces nuestro largo y peligroso viaje.

Dos días después, a media tarde, fuimos a visitarlo a su aeródromo, situado junto a un pintoresco pueblecillo, a escasos kilómetros de Douai. Al entrar en el campo, cerca de un ‘Albatros’ de combate y hablando con un mecánico, hemos visto a un oficial aviador. Era un hombre joven, un muchacho rubio de grandes ojos azules, que a lo sumo podría tener veintidós o veintitrés años. Vestía un uniforme de caballería, bastante deslucido y todo manchado de grasa; llevaba puestas unas polainas negras, de un cuero bastante inferior, descolorido y agrietado; se cubría la cabeza con una gorra muy vieja y arrugada, resquebrajada la visera de charol y sucia como si la hubiesen metido en aceite. En sus hombreras, junto a la dorada hélice de metal que es distintivo de los aviadores, hemos visto una sola estrella: Primer Teniente. No ostentaba sobre su guerrera condecoraciones de ninguna clase; ni aun siquiera la cinta de la Cruz de Hierro prendida a uno de los ojales.

El Capitán, nuestro guía, el colega holandés y yo, que íbamos delante, nos hemos acercado al oficial. Éste, adivinando, ha adelantado unos pasos hacia nosotros. Nuestro Capitán le ha preguntado: El Rittmeister nos ha citado aquí y a esta hora. ¿Puede usted decirnos dónde podríamos encontrarlo?

El aviador, sonriéndose y saludándonos a los tres militarmente, ha contestando:

- Von Richthofen soy yo. - Y a continuación, antes de que saliésemos los tres de nuestro profundo asombro, le ha preguntado a nuestro guía:

- ¿Es usted el Capitán von Vignau, cuya visita me han anunciado esta mañana en compañía de varios periodistas neutrales?

En su semblante ha habido un cambio de expresión, se ha tornado serio, hasta grave. Y entonces hemos descubierto en aquel muchachuelo rubio, de rostro casi imberbe, al famoso aviador, al primero de todos, entre los alemanes y entre los enemigos, al “as” de los “ases”. Lo hemos reconocido por su sonrisa, primero, y luego por la gran expresión que ha tomado por unos momentos su semblante. Los periódicos alemanes ilustrados, que han reproducido su imagen miles y miles de veces, nos lo han mostrado siempre así: o sonriente, con una sonrisa de chicuelo alegre y satisfecho, que ha alcanzado cuanto ha querido y que se sabe mimado por todos; o grave, muy grave, casi triste, los grandes ojos azules medio entornados, perdidas las miradas en una lejanía, prendidas entre los misteriosos velos de un sueño.

Hemos tratado de disculparnos. El holandés ha dicho:

- Como no le hemos visto nada más que una estrella y sabíamos que había sido usted ascendido a Capitán...

Von Richthofen, desarrugando una de las hombreras, nos ha mostrado la otra estrella.

- Como no lleva usted ninguna condecoración... - ha murmurado nuestro guía.

El “Diablo Rojo”, sonriéndose, ha dicho:

-Esta chaqueta es muy vieja, es la que uso para moverme aquí, entre los aparatos, que manchan mucho; cuando acabo el trabajo del día y me visto algo más decentemente, me gusta ponerme aquí, al cuello, la “Orden Pour le Mérite”.

En esto, los otros tres colegas, que se habían rezagado algo, han llegado a nuestro grupo. Han saludado al aviador, les ha devuelto éste militarmente el saludo, pero, por una distracción de nuestro guía, a quien sin duda le duraba aún la emoción, no se han hecho presentaciones. Von Richthofen ha dicho que la escuadrilla había salido hacía poco con dirección a las líneas enemigas y que no regresaría hasta la caída de la tarde. A estas palabras, el colega suizo, que era de los que acababan de llegar y que estaba a un lado preparando su “Kodak”, sin duda con intención de fotografiar al célebre aviador en cuanto se le pusiera por delante, ha exclamado con un acento de honda decepción:

- ¡Qué lástima! ¡Entonces no podremos ver nosotros a Richthofen!

Éste se ha echado a reír y entonces nuestro Capitán, saliendo de su ensimismamiento, rápidamente y como contrariado por su distracción, nos ha presentado a todos.

El Capitán von Richthofen contestaba brevemente a nuestras preguntas. Parecía escaso de palabras y aunque se mostraba por demás modesto y amable, hasta tímido en ciertos momentos, había en sus ojos de cuando en cuando una mirada tan altanera y acometedora, la fijaba de una manera tan extraña en los ojos de quien hablaba, con tanta seguridad y hasta cierto punto con verdadera dureza, que pronto se descubría en él al hombre de acción, decidido y resuelto, al luchador que está acostumbrado a acometer y a vencer siempre, seguro de sí mismo, de su valor y de su fuerza. Aunque de mediana estatura y a primera vista de complexión poco recia, mirándolo atentamente, su cuello ancho y musculoso, los enérgicos rasgos de su rostro y principalmente sus poderosas quijadas, así como sus manos, grandes, nervudas, dedos largos y potentes, no tardaba en verse que a su espíritu templado para la acometida y para la lucha, correspondía un cuerpo recio y fuerte, de nervios y músculos de acero.

Nos ha contado que él no había salido al frente de su escuadrilla aquella tarde, como acostumbraba, porque le habían telegrafiado por la mañana desde el Gran Cuartel General y en nombre del Káiser, que le felicitaba por haber echado abajo la tarde anterior a su 55 y 56 enemigos, prohibiéndole volar en adelante y ordenándole se dirigiese al día siguiente al Gran Cuartel General, por vía aérea, pues el Emperador quería verle. Que estaba muy ocupado dando las últimas disposiciones y poniéndolo todo en orden para entregar el mando de su escuadrilla aquella misma tarde. Al amanecer del día siguiente saldría en un aeroplano pilotado por un amigo suyo que conocía bien el camino, hacia el Gran Cuartel General. Preguntado por nosotros si la orden del Emperador prohibiéndole volar tendría un carácter definitivo y se refería a toda la duración de la guerra, nos ha expresado su temor de que así fuese.

- Pero eso no podrá ser, ha dicho luego; cuando haya disfrutado de algún tiempo de licencia y me acometa de nuevo la fiebre de volar y de combatir hasta tal punto que no pueda resistirla, lo que no tardará mucho en sucederme, pues yo, lejos de aquí y del enemigo no he de poder concebir la vida mientras dure la guerra, se lo pediré de tal modo al Káiser, que estoy seguro me habrá de autorizar en seguida para que vuelva al frente. Lo mismo sucedió con Bolke, cuando yo pertenecía a su escuadrilla, después que hubo derribado su cuarenta, y Bolke volvió a volar. No se usarán otros rigores conmigo, aunque se supiera que habría de morir pronto. Precisamente por eso: el que yo quiera dar mi vida por mi patria no puede impedírmelo nadie y menos que nadie el Káiser... Yo no soy de los que dicen que no piensan en la muerte, porque yo pienso siempre en ella, pero me he avenido de tal modo con este pensamiento que ya no me preocupa lo más mínimo. Tampoco quiere decir esto que yo esté seguro que voy a morir. No, tampoco. Yo pienso tan sólo que lo mismo puedo morir que no morir. Es decir, que si pienso en la muerte, no me preocupa la idea de la muerte. Si muero, bien; habré muerto por mi patria, habré cumplido con un deber que yo siento muy hondamente y moriré satisfecho y contento. Y si no muero, tanto mejor, así podré seguir derribando aparatos enemigos sin cansarme nunca. Lo que yo quiero es eso, poder seguir echando abajo a muchos contrarios, cuantos más mejor, muchos, muchos... Eso sí que me obsesiona, yo no pienso nada más que en eso, en derribar muchos aparatos enemigos, muchos, cuantos más mejor... Por eso yo tendré forzosamente que volver a volar muy pronto. Ya me autorizará el Káiser para ello...

Que el Káiser, temeroso de perderlo, hubiese prohibido seguir volando al Capitán Barón von Richthofen, no se hizo público en Alemania. A nosotros, periodistas neutrales, nos rogó el censor abstenernos de mencionar el hecho en nuestras crónicas o despachos. Unos meses después, cuando asistíamos nosotros a la ofensiva inglesa en Flandes...


Enrique Domínguez Rodiño; Mayo de 1918.






1 comentario:

  1. gran reseña del baron, hoy, en el aniversario de su fallecimiento! siempre presente!

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