viernes, 1 de mayo de 2015

MANFRED VON RICHTHOFEN 3 (color): "No hemos vuelto a ver más al “Diablo Rojo”. Héroes son todos los soldados que dan la vida por su patria y todos se merecen por igual la misma ofrenda de dolor, el mismo glorioso homenaje. Pero ellos son, los aviadores, los que principalmente se adueñan de las simpatías de nuestro corazón. Desde el Káiser hasta el último soldado auxiliar, todos adoraban en él, era el orgullo de todos. Se esforzaban en imitarlo como el más hermoso ejemplo."


LOS HÉROES DEL AIRE: "El DIABLO ROJO"
II

Unos meses después, en agosto, cuando asistíamos nosotros a la ofensiva inglesa en Flandes, aquella batalla que llegó a superar en intensidad y encarnizamiento a la fracasada de Arras y que fue denominada por algunos la “batalla de la guerra”, tal si se la creyese destinada, por los objetivos que perseguía y los formidables medios que en ella se empleaban, a decidirla y terminarla, hallándonos una noche en la ciudad belga de Courtrai (Kortrijk, como hoy la llaman los alemanes por su nombre flamenco), donde a la sazón tenía establecido su Cuartel General el Ejército que mandaba y sigue mandando actualmente el General Sixt von Armin, el mismo que acaba ahora de apoderarse del muy importante monte Kemmel, preguntó alguien por el famoso aviador Barón von Richthofen y por su paradero. Como ya hacía largo tiempo que no se citaba su nombre en los comunicados oficiales y se sabía que poco después de haber sido llamado por el Káiser al gran cuartel general, con la prohibición de seguir volando, cuando nosotros lo vimos en Douai, había vuelto al frente derribando en pocos días siete u ocho aparatos enemigos, éramos muchos los que en Alemania habíamos llegado a temer su muerte, que tal vez por razones especiales se había mantenido en secreto, o, cuando menos, alguna enfermedad o herida grave que le tuviese imposibilitado para la lucha activa en el frente. Quizás, también, había renovado el Káiser su prohibición, destinando al valiente aviador a otros servicios menos peligrosos, aunque no por eso menos útiles al bien del Ejército y de la nación.

Por todo esto fue muy grande nuestra sorpresa al saber que el “Diablo Rojo” - así lo llamaban los ingleses por el color del biplano de caza que él pilotaba y que luego dio a todos los aparatos de su escuadrilla al encargarse él con el mando de la misma, - se hallaba, como siempre, al frente de los suyos, en las inmediaciones de Courtrai. Nosotros hemos de confesar que, al pronto, no le quisimos prestar crédito a lo que se nos decía. Uno de nuestros colegas, un escritor suizo, oficial del Ejército de su país, mostró vivos deseos de ver al célebre aviador, y un Capitán de corbeta de la Marina Imperial Alemana, que había venido con nosotros desde Berlín para guiarnos en nuestra excursión por la costa flamenca, que habíamos recorrido en los días anteriores desde Ostende a Zeebrugge (Puerto Brujas), se unió a la pretensión del colega suizo, solicitando del Jefe del Estado Mayor de aquel Ejército nos permitiese visitar en su aeródromo al Capitán von Richthofen, a lo que aquél, el famoso General von Lossberg, cerebro y corazón del Ejército de von Armin, a quien aborrecerían de todas veras los ingleses si supieran que a él le deben los mayores descalabros que hasta ahora llevan sufridos - ofensivas de Arras y de Flandes, - accedió en el acto, prometiéndonos dar las disposiciones necesarias para que al día siguiente pudiese tener lugar la entrevista.

Cuando llegamos al campo estaban ocupados loe mecánicos en arreglar los aparatos de la célebre escuadrilla. Un oficial aviador que los dirigía y que había sido encargado de recibirnos a nuestra llegada, nos condujo a un “chateau” con honores de palacio que se alzaba entre unos árboles en el extremo opuesto del campo, donde tenía su alojamiento el Barón von Richthofen con todos los oficiales de su escuadrilla. Dos de éstos, al parecer los más jóvenes, casi dos chiquillos, estaban jugando una partida de billar en la gran sala donde fuimos recibidos. Otros tres estaban sentados en un amplio sofá de terciopelo carmesí, conversando. Una vez nos hubimos saludado todos, uno de los aviadores nos pidió permiso para ir a avisar a su jefe que estaba en su habitación del piso alto, descansando.

Mientras éste llegaba, a una pregunta dirigida por uno de nosotros a los cuatro aviadores, nos contestó uno de ellos lo siguiente:

- No, no estarnos aquí todos los de la escuadrilla; dos de nuestros compañeros están ahora en el aire, otros dos descansan, algunos han ido a la ciudad. Los que faltan han sido muertos desde que empezó esta ofensiva o están heridos… Hemos tenido muchas pérdidas, hemos perdido muy buenos camaradas... Nuestro Jefe el Rittmeister, ha sido herido...

Había una gran tristeza en las palabras del joven aviador. Los otros tres, graves los rostros, han permanecido mudos, mirando a su compañero.

- Hemos perdido muy buenos camaradas, los mejores, los más valientes... Son muchos los ingleses, muchos; verdaderos enjambres hay de ellos; cuantos más echamos abajo más parece que hay... Es natural que también tengan que caer de los nuestros…

Y luego, como si sacudiese su tristeza y la apartase de sus ojos, los que se han animado con relámpagos de orgullo, ha añadido, con seguridad, con convencimiento:

- ¡Pero no podrán con nosotros, porque nosotros somos mejores que ellos! Y somos también muchos, sino tantos como ellos, bastantes para poder contra todos ellos y contra más todavía, si viniesen...

El Capitán Barón Manfred Friedrich von Richthofen, el “Diablo Rojo”, ha entrado en la sala. Saludándonos uno a uno, al llegar a nosotros, nos ha dicho:

- Usted y yo nos conocemos ya; nos vimos en Douai, cuando la batalla de Arras y si no recuerdo mal es usted español. Mucho me alegro de verlo ahora, es señal de que los dos vivimos.

Vestía von Richthofen un impecable uniforme de hulanos y de su cuello pendía la cruz azul de la “Orden pour le Mérite”, la más alta condecoración militar de Prusia. Sobre el pecho, a la altura del corazón, llevaba prendida la Cruz de Hierro de Primera Clase. La cabeza y casi toda la frente, hasta muy cerca de las cejas, las tenía completamente envueltas en algodones y gasas. Tenía el rostro bastante pálido, pero en su boca y en sus ojos había la misma sonrisa y el mismo fulgor de la otra vez que lo vimos.

A poco de haberse sentado entre nosotros y después de habernos invitado a tomarlo con ellos, ha hecho servir el té, un té, nos ha dicho, que era todavía muy bueno, como seguramente no lo podríamos beber nosotros en Berlín y que se lo debía a uno de los aviadores allí presentes que se lo había traído de Rusia al pasar a su escuadrilla. Poco nos ha querido contar de su herida ni de cómo fue herido. Fue en un combate general librado sobre las líneas inglesas y todavía no se había podido explicar él de qué manera había sido herido. De todos modos, aunque le había tenido inactivo durante algún tiempo para la lucha directa en el frente, él no había dejado el mando de su escuadrilla. Además, y aprovechando la ocasión para acceder a las reiteradas instancias de una casa editora de Berlín, había empleado sus forzados ocios en escribir un libro sobre su vida de aviador, que había terminado ya, titulándolo “Der Rote Flieger” (El Aviador Rojo). Ya había recibido las pruebas y precisamente cuando nosotros habíamos llegado se hallaba él ocupado en corregirlas.

- Yo no soy escritor y no sé si lo habré hecho bien, pero estoy bastante contento de mi libro. Claro está, que sin estas vacaciones forzosas, yo no lo hubiera escrito.

Al hablarnos de su hermano menor, von Richthofen II se ha mostrado muy orgulloso de él; llevaba ya apuntados veintitantos aparatos en su lista y era un muchacho de quien él esperaba mucho. Se había puesto algo enfermo y se hallaba desde hacía algún tiempo en un sanatorio de la patria: en cuanto se hubiese restablecido regresaría al frente, con él, a su escuadrilla, a la que pertenecía. Refiriéndose a los aviadores enemigos, ha tenido justas palabras de elogio para ellos, especialmente para los franceses, que eran mejores, a su parecer que los ingleses, y no porque éstos fuesen menos valientes, que sí lo eran y en alto grado, en muchas ocasiones hasta la temeridad inútil y suicida, sino porque sabían menos que los otros, eran menos reflexivos, estaban menos hechos que los otros. En cambio ha dicho que los aviadores ingleses se conducían con más caballerosidad que los franceses con los aviadores enemigos. Las relaciones entre los aviadores ingleses y alemanes eran hasta cordiales. Cuando uno de éstos caía, herido o ileso en poder de aquéllos, no solamente se tenía la seguridad de que había de ser bien tratado y hasta objeto de las más finas deferencias, sino que los mismos ingleses, atravesando a veces las líneas enemigas con ese único fin, traían frecuentemente noticias de los alemanes caídos en su poder y hasta cartas suyas dando noticias sobre su estado, que arrojaban en unos saquitos especiales en las cercanías de los aeródromos. Naturalmente, ellos correspondían con las mismas atenciones a los ingleses. Los franceses no se prestaban a semejantes cordialidades. Al hablar de estos últimos, ha citado con especial elogio a Guynemer, aunque haciendo constar, con cierto orgullo casi infantil, que él le llevaba al francés una buena delantera...

A esto se han oído fuera unos rápidos y violentos cañonazos, así que el agudo chirriar de dos ametralladoras.

- Son las defensas de nuestro aeródromo - ha dicho von Richthofen, levantándose.- Los aviadores ingleses nos han descubierto ya y vienen a menudo a bombardearnos. Vengan ustedes.

Hemos salido a la terraza del chateau. Los cañones y ametralladoras seguían disparando. Por las nubecillas características de las granadas explosivas y ‘shrapnels’ hemos descubierto al aviador enemigo contra quien se disparaba. Un Farman inglés que volaba a unos dos mil y pico de metros.

- Hacia aquí parece que viene - ha dicho uno de los aviadores.

- Claro está - ha añadido otro, subrayando sus palabras con un gesto de desdén; - nos imaginan ahora a todos en el aeródromo y creen que así, arrojándonos bombas, se podrán deshacer de nosotros más fácilmente que en el aire. Y sobre todo de usted, señor Rittmeister...

- No, pues lo que es a mí - ha dicho a esto von Richthofen, sonriéndose, - como no consigan eliminarme arriba...

El aeroplano inglés, materialmente envuelto por las nubecillas de las granadas y ‘shrapnels’, de tal modo numerosas y cada vez tan cercanas, que ha habido un momento en que nos ha parecido imposible pudiese escapar y hemos considerado inevitable e inminente su caída, dando media vuelta y elevándose a mayor altura ha emprendido la retirada hacia las líneas de fuego, tomando hacia Courtrai con intención, tal vez, de arrojar sobre la ciudad flamenca las bombas que sin duda traía destinadas para el aeródromo de Richthofen.

No hemos vuelto a ver más al “Diablo Rojo”. Pocos días después, ya de regreso en Berlín, vimos citado nuevamente su nombre en los comunicados oficiales. Ahora, después de haber derribado ochenta aparatos enemigos, lo ha sido él a su vez sobre las líneas inglesas, frente a Amiens, y ha muerto. Los aviadores ingleses, a los que él llamaba “caballerosos adversarios”, le han rendido brillantes honores militares al enterrarlo en el mismo campo de batalla.

La emoción, el dolor que la muerte de von Richthofen ha debido causar en Alemania, tienen que ser muy grandes y profundos. Nosotros los medimos por nuestros propios sentimientos. También en nosotros ha producido una tristeza muy honda la muerte del famoso aviador, la misma que sentimos cuando no hace mucho cayó para siempre Guynemer, herido de muerte, entre las alas rotas de su pájaro. Héroes son todos los soldados que dan la vida por su patria y todos se merecen por igual la misma ofrenda de dolor, el mismo glorioso homenaje. Pero ellos son, los aviadores, los que principalmente se adueñan de las simpatías de nuestro corazón. Los nombres de los más audaces o más afortunados nos llegan a ser tan conocidos que nos encariñamos con ellos: nuestra admiración va creciendo a medida que ellos aumentan sus hazañas y ese mismo secreto temor que nos hace presentir su muerte a cada instante, nos hace amarles más, como una ilusión que acariciamos tanto más cuanto más pensamos que no llegue a realizarse. Y ese es el dolor que dejan con su muerte en nuestras almas: el de una ilusión que se malogra.

Era, sin duda, el Barón von Richthofen el más afortunado de todos los aviadores alemanes, pero también sin duda era el mejor de todos. Ninguno le ganaba en audacia ni en serenidad; seguro de sí mismo, era temerario porque no sabía dudar; pero reflexivo y sereno, también poseía la virtud de la prudencia. Por eso pierden en él los aviadores alemanes al mejor de los Jefes y al mejor de los maestros. Von Richthofen era más que un aviador de combate. A sus dotes de mando y a su celo constante y activo, se debía el que sus escuadrillas hubiesen llegado a ser las primeras entre todas, indispensables en los lugares de mayor trabajo y peligro, verdadero plantel y escuela de donde salían los mejores aviadores. Grave pérdida es su muerte.

Más popular aún que lo fueron en su tiempo Immelmann y Bolke, convertido en un héroe de leyenda al que se le prestaba verdadero culto, su muerte tiene que ser sentida como un duelo nacional en toda Alemania. Máxime hallándose privada del consuelo que tuvo cuando murieron Bolke e Immelmann, de poseer sus despojos mortales, que han quedado en poder del enemigo. En el frente, entre las tropas, la pérdida de von Richthofen, habrá producido un hondo desconsuelo. Desde el Káiser hasta el último soldado auxiliar, todos adoraban en él, era el orgullo de todos.

¡Cuántas veces, como cuando nosotros lo vimos por primera vez en Douai, al volver victorioso de las líneas enemigas, dejaban sus fusiles los soldados alemanes en las trincheras avanzadas para aplaudirle locos de entusiasmo y enronquecer saludándolo con vivas y hurras! Los oficiales de sus escuadrillas, cinco había llegado a reunir bajo su mando, lo respetaban y obedecían ciegamente como a Jefe, se esforzaban en imitarlo como el más hermoso ejemplo, aprendían en él como del mejor de los maestros, lo admiraban hasta la idolatría y lo querían entrañablemente como al mejor de los camaradas y amigos.

Debía haber mantenido su prohibición el Káiser. De esa clase de héroes conviene conservar alguno con vida. Cierto que la muerte sobre el mismo palenque de sus triunfos los engrandece aún más y hasta los diviniza. Pero a cambio de que con ello puedan sufrir más tarde la poesía y la leyenda, se beneficiarían grandemente sus patrias al conservarlos como ejemplos vivientes del más alto y puro heroísmo.


Enrique Domínguez Rodiño; Mayo de 1918.






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