lunes, 4 de mayo de 2015

RELACIÓN HISPANO-ÁRABE: "Que vean claramente que no pretendemos convertirles, que no aspiramos a civilizarles 'a la europea', que no intervenimos en sus cosas con esos pujos de superioridad. La amistad hispano-árabe vuelve a poner en nuestras manos la llave del próximo Oriente y a convertir el Mediterráneo en centro de nuestra actividad comercial."


ESPAÑA Y EL ISLAM

Quien tenga el alma viajera de nómada empedernido y el deber de cada día le ate corto, sin dejarle alejarse con demasiada frecuencia del pueblo donde reside, tiene el recurso de viajar con lupa paseando su mirada por el globo terráqueo. Además de un placer - si la imaginación nos acompaña- es un entrenamiento para posibles viajes futuros a los cuales uno no se resigna a renunciar.

Cada vez que, en la soledad de mi estudio, me entrego a este ejercicio, suelo detenerme, con la lupa escrutadora, en nuestro Mediterráneo - nuestro, bien nuestro, con media España metida en él - y comprobar que la mitad del viejo mar latino está bordeada por los países de lengua árabe, sin que nosotros le demos demasiada importancia al hecho de que nos una tan estrechamente con ellos el mar. (Son diez millones de kilómetros. Son cincuenta millones de habitantes. Y nuestras relaciones con ellos muy escasas, por no decir nulas. ¿Dónde está nuestro espíritu comercial?...)

Tenemos en poca estima al divino charco - matriz de varias civilizaciones y en vías de alumbrar una nueva - y somos muy pocos los que apreciamos y agradecemos el don de haber nacido en sus orillas.

Estamos muy lejos de los tiempos gloriosos en que la bandera barrada ondeaba triunfadora en el Mediterráneo. Las conquistas catalanas en el próximo Oriente no han tenido, en nuestro tiempo, una continuación a tono con las exigencias de la nueva era. Nuestros productores quisieron abarcar mucho y han apretado poco. Todos creímos que la frase “descubrir el Mediterráneo” se limitaba a la intención irónica de zaherir a los descubridores ingenuos de cosas olvidadas de puro sabidas, cuando lo cierto es que permanece inédito y por descubrir, aunque lo tenemos ante las propias narices.

También la suficiencia de la ignorancia tomó a broma la afirmación de que el porvenir de España está en África. ¿Dónde ha de estar sino, mentecatos?... Esto lo ven mejor los árabes que nosotros mismos. Y, desean compenetrarse con España, convencidos de que les ha de ir mejor con nosotros que con cualquiera de los pueblos imperialistas, los cuales sólo ven en el vasto mundo islámico la posibilidad, de una mayor extensión de su poderío colonial. El espíritu Colonista de las potencias europeas permanece inmutable al través de los tiempos y, hoy como ayer, mantiene en un plano de inferioridad a los habitantes de esas colonias que, para disimular, se llaman protectorados o mandatos y hasta, más hipócritamente aún, emiratos y sultanatos. Pero a los interesados no les satisface este trato. Los intelectuales islámicos, que han hecho sus estudios en las mejores universidades europeas, que están al corriente de la política mundial y que ponen por delante, en sus relaciones con otros países, el sentimiento de la propia dignidad, no pueden estar conformes con el trato de parias que todavía les dan los Colonistas.

De ahí que el ejemplo de la India cunda entre los islámicos, y la no cooperación, y el boicotaje de mercancías procedentes de las potencias imperialistas se extienda - lenta y eficazmente - por Persia, Afganistán, Arabia, Egipto, Túnez y Argelia. Por Trípoli hasta la zona francesa de Marruecos y hacia Albania, Bulgaria, Rumania y Hungría. Y en las Indias holandesas también, cuya población, musulmana en su mayoría, flamea, enardecida, la bandera de las reivindicaciones islámicas.

Ante esta perspectiva, es evidente que el Gobierno español viene obligado a situarse no ya en el plano de la neutralidad, que a sus proveedores exige el mundo islámico - y en su nombre y representación, los valiosos elementos que dirigen, desde Ginebra, el movimiento - sino en el de la fraternidad que esperan de nosotros los descendientes de los árabes españoles.

Ahora que, como es natural, no se van a fiar de promesas. De nuestra política en Marruecos depende el porvenir de las relaciones hispano-islámicas. Y si el régimen republicano no modifica radicalmente los antiguos procedimientos, todos los buenos deseos se disiparán.

Pero supongamos que los árabes en contacto directo con España, o sea los que radican en nuestra zona de protectorado, se dan cuenta de que su cultura, su religión, sus usos y sus costumbres merecen nuestro máximo respeto y comprueban que su dignidad nacional, no sufre menoscabo al cumplir nosotros la misión que nos confiara Europa en África. Es decir: que vean claramente que no pretendemos convertirles, que no aspiramos a civilizarles “a la europea”, que no intervenimos en sus cosas con esos pujos de superioridad - en el fondo bien ridícula - que caracterizan al Colonista tradicional, modelo de petulancia, que mira por encima del hombro a los habitantes del que él considera país conquistado. Si España llega a practicar esta política de tolerancia y de respeto y evita el pecado de soberbia Colonista, que hace que los árabes nacionalistas sean perseguidos como si se tratara de elementos peligrosos, se puede asegurar que la corriente de simpatía iniciada en Marruecos se extenderá por todo el Islam.

Y, bien, ¿saben lo que esto representa?... Es el más amplio de los horizontes abiertos a la actividad española. Es una de las más sólidas garantías de intensas relaciones comerciales permanentes. Con derivaciones de otros órdenes. Como la posibilidad de traer a España esas cien mil familias árabes que - como mínimo, según estadísticas controladas por los comités islámicos- vienen, cada verano, a Europa en viaje de turismo...

La amistad hispano-árabe vuelve a poner en nuestras manos la llave del próximo Oriente y a convertir el Mediterráneo en centro de nuestra actividad comercial.

Creo vale la pena de que, más que el escritor curioso, los técnicos y los hombres de amplia visión organizadora, se detengan, ante la esfera terrestre y con la lupa en la mano, a contemplar la realidad geográfica, de la cual formamos parte, que tiene por eje el glorioso y breve mar.


Santiago Vinardell; 02 de marzo de 1933.






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