lunes, 4 de mayo de 2015

SEGURIDAD DE UN PUEBLO: "Aquello no podía continuar, so pena de que Alemania siguiera el mismo camino de Rusia y la misma Europa corriera igual suerte catastrófica. Esa oficialidad se fue infiltrando primero en el Grewischutz y después en la Reichswerh, formando cuerpos regulares armados y restableciendo por completo la disciplina militar. Así se salvó el orden."



DISCIPLINA MILITAR

Contra el propósito que lo inspirara, el libro de Ludwig Renn, ‘Postguerra’, prueba todo lo contrario de lo que pretendía demostrar. Y no es porque al autor le falten talento y condiciones de escritor. Escribe con gran soltura de pluma y narra con un claro acento de verdad. Pero, los hechos tienen un valor. Se les puede desfigurar un tanto cuando se escribe al dictado de un prejuicio; se les puede interpretar caprichosamente cuando al hacerlo se responde más que a un criterio imparcial, al apasionado deseo de convertir lo blanco en negro con la habilidad de un malabarista que de una clara realidad saca una fementida ilusión. No es nada convincente, salvo para ingenuos, el arte del escamoteo. Las hortalizas, en el fondo de la caja de sorpresas del prestidigitador, no se convierten en rosas ni los pañuelos en banderas.

Es el caso de Ludwig Renn. Puede interpretar la realidad de los hechos a su modo, pero no puede cambiarlos a su antojo. Él nos presenta a la Alemania caótica, a las puertas de la anarquía, de la postguerra. Pretende señalar aquellas luchas de la retaguardia como unas luchas del Pueblo que aspira a implantar su plena soberanía y el viejo espíritu del Militarismo que aspira a conservar o al menos a restablecer su viejo predominio en el antiguo régimen caído. La oficialidad, “¡voilà l'ennemi!” La soldadesca indisciplinada, campando por sus respetos, imponiendo su voluntad desalentada, la odia. Y lo que es más significativo, la teme. Lo que no se le hace es justicia.

Es posible que esa oficialidad haya tenido un orgullo de casta, que haya abusado de una altanería, de una insolencia, incluso de una brutalidad con la tropa. Así nos la quiere pintar Ludwig Renn. Pero, al menos, la guiaba un gran móvil altruista en medio de aquellas desastrosas circunstancias trágicas: salvar la integridad de la patria, la vieja aureola del honor nacional.

Frente a esto no puede ponerse, en parangón, las clases y soldados que habían roto la disciplina sin preocuparse para nada de la suerte que podía correr, a causa de aquel desorden y subversión de todas las cosas, su propio país a merced de los vencedores de la guerra. Gente “terre à terre”, aquellos soldados en rebeldía se agitaban, queriendo anteponerse e imponerse a la nación, impulsados por pequeños egoísmos y ambiciones mezquinas. En aquel naufragio, no aspiraban más que a salvarse buscando un empleo burocrático o una colocación de colonos a cuenta del Estado. No lo recata, antes por el contrario sobre este punto es honradamente explícito Ludwig Renn. Desde luego, él se refiere a lo ocurrido en la retaguardia, cuando la revolución popular trajo como consecuencia la formación de los Consejos de soldados.

No habla del frente. Si de ello hablara, acaso no fuera tan parcial su juicio. Tendría entonces que reconocer y proclamar que gracias a la oficialidad, al mantenimiento rígido de la disciplina militar, no se desmoronó el frente occidental alemán. Y gracias a eso se evitó que Alemania sufriera la vergüenza de una invasión extranjera y padeciera los incalculables estragos que ejércitos invasores, en la exaltación del triunfo y en la sed vengativa de los acumulados rencores, justificados o ilícitos, como se quiera, hubiesen causado a la Alemania vencida.

Pero atengámonos a lo ocurrido en la retaguardia y exclusivamente a lo que se dice y narra en “Postguerra”. La indisciplina social, con las revueltas populares en días de revolución, engendra el caos. La indisciplina militar, llevando el motín a los cuarteles, ayuda a empujar a la catástrofe.

Episodio de Berlín:

“Las bandas de espartaquistas trataron de obligar a entregarse a las tropas del Gobierno que ocupaban el Reichstag. Montaron ametralladoras, y pronto se desarrolló un tiroteo muy vivo. También fueron arrojadas de vez en cuando granadas de mano. Ambas partes tuvieron heridos y muertos. Asimismo intervino en la lucha un cañón emplazado en la Dorotheenstrasse. En aquellos barrios de la ciudad en que los espartaquistas no han sido rechazados todavía, atacan a los transeúntes y les roban el dinero y los objetos de valor que llevan encima. Han cerrado el Grüne Weg, entre la Markusplatz y la Brunnenstrasse, hasta la Grosse Frankfurterstrasse, con objeto de saquear todas las tiendas.”

En tan terribles momentos, ¿qué hace el Gobierno Socialista? ¿Qué decide el Comisionado del Pueblo, Noske? Pues, para dominar situación tan peligrosa, en que se está jugando la suerte do Alemania, se decide la formación de batallones de oficiales. Y ellos son los que ponen término a la desbordada insurrección Comunista. Dos víctimas sacrificadas a las necesidades del orden, de la tranquilidad pública, de numerosas vidas humanas. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, caudillos del grupo “Spartacus”. Lamentable, doloroso, abominable, si este calificativo se estima adecuado al condenar el hecho de esos dos asesinatos, pero fatal e irremediable, sin duda, en tan graves y críticas circunstancias. Bárbara, pero indeclinable la antigua divisa: “Salus populi, suprema lex esto”. De paso conviene decir que esa divisa antigua sigue siendo moderna y que no es privativa de los reaccionarios, sino también de los revolucionarios.

En la responsabilidad de la materialidad de la forma en esos crímenes, allá el Capitán Waldemar Pabst con su conciencia. Pero la necesidad de aquella represión, la virtualidad de aquella represión, por sus efectos, han sido después justificada la una y comprobada la otra. Después de estos episodios de Berlín se pudiera hablar de los registrados en otras ciudades alemanas, en Hamburgo, en Leipzig, en Bremen, en Munich.

Aquello no podía continuar, so pena de que Alemania siguiera el mismo camino de Rusia y la misma Europa corriera igual suerte catastrófica. Ya había sido un aviso la aventura húngara de Béla Kun. También había faltado poco para que se repitiera el caso en Baviera con la audacia de Kurt Eisner. Clara Zetkin quería ser la sucesora, en la agitación revolucionaria Comunista, de Rosa Luxemburg.

Alemania pudo salvarse gracias a una saludable reacción a tiempo. Gracias a la oficialidad, aunque se quiera desconocer. Se la combatió por que se la creía imbuida de espíritu Monárquico, todavía aferrada a su vieja fidelidad a los Hohenzollern destronados. Y ello no era exacto, pues aunque en lo más íntimo existiera ese sentimiento, después de todo signo de consecuencia moral, la oficialidad respondía, ante todo, al cumplimiento del deber patriótico. El interés dinástico lo supo supeditar al interés patriótico. Los hechos lo confirman. El famoso “putsch” de Wolfgang Kapp y de Walther Lüttwitz, a pesar de los contingentes de tropas bálticas, fracasó no tanto por la movilización obrera en una huelga general acordada por Friedrich Ebert - aunque así lo cree el comentarista italiano Curzio Malaparte- como por la falta de asistencia que encontrara en la oficialidad, negándose a todo intento de reacción violenta, como a todo cuanto representara una extralimitación revolucionaria.

Esa oficialidad se fue infiltrando primero en el Grewischutz y después en la Reichswerh, formando cuerpos regulares armados y restableciendo por completo la disciplina militar. Así se salvó el orden interior en Alemania, y así se ha podido evitar el peligro de una agresión externa posible, de encontrarse cualquier país audaz -no hay que olvidar a los rusos rojos en plan de ayudar a la subversión universal- con la fácil presa de una nación debilitada y anárquica.


José Betancort; 02 de marzo de 1933.






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