domingo, 12 de julio de 2015

CRISIS ECONÓMICA: "Las crisis económicas, no encierran misterio alguno, para quien observe los hechos y sepa discurrir. La dificultad está no en conocer las causas y remedios de la crisis, sino en confesarlos. No la inteligencia, la voluntad sucumbe. La obscuridad no está en la mente, sino en el corazón."



CAUSA FUNDAMENTAL

Un ‘técnico’ escribe: “Las causas de las crisis económicas son desconocidas”. No es exacto. Cierto que varían mucho las opiniones, pero es porque, cegados los peritos por teorías erróneas, previamente aceptadas, o temerosos de herir intereses, huyen de la verdad. En fenómeno tan repetido y vasto como las crisis económicas no hay misterio, ni podría haberlo, salvo que declarásemos la bancarrota de la inteligencia.

La crisis se engendra siempre por una disminución del consumo de las clases más numerosas de la sociedad, compuestas por los individuos consagrados a la producción de artículos de riqueza, o a la prestación de servicios. Esta disminución del consumo debilita el comercio, que, a su vez, hace menos pedidos a la industria, la cual restringe sus demandas de materias primas. Y así se extiende la paralización a todo el mecanismo productor.

Trabajando menos, y ganando menos, agricultura, comercio e industria hacen frente con dificultad a sus deudas; dejan de pagar; se quebranta el crédito, surgen las dificultades en los Bancos, se desorganiza ese complicado sistema. Sobreviene la desconfianza en todo el ámbito social. Quiebran los más débiles. La paralización productora deprime aun más el consumo; y así la crisis viene a ser nueva causa de su propia agravación, y se manifiestan todos los fenómenos que caracterizan estos períodos.

El fenómeno inicial es, pues, la disminución del consumo proporcionalmente a los medios y poderes de producción existentes. ¿Por qué esta disminución de consumo, no en toda la sociedad, sino en una parte muy amplia de ella? Sencillamente; porque las cargas que gravan el conjunto de la producción aumentan; y creciendo la parte proporcional; del producto que se entrega en pago de esas cargas, disminuye proporcionalmente la parte que queda en manos del conjunto de los productores. Como éstos tienen menos riqueza en su poder, pueden obtener menos cantidad de otros artículos de riqueza a cambio de la que poseen; consumen menos, y se originan los demás fenómenos que forman la cadena de hechos componentes de la crisis. Los prestadores de servicios productivos consumen menos, porque, disminuida la parte de los productores, éstos demandan menos de esos servicios y han de pagarlos más avaramente.

¿Cuáles son esas cargas que pesan sobre el conjunto de la producción? Cuatro: las rentas “económicas”, consistentes en la parte del producto que toma el dueño de los elementos naturales, necesarios para toda producción, por conceder el permiso para utilizarlos; las ganancias de monopolio, que no son retribución de ningún servicio, sino tributo exagerado a la producción por la fuerza que el monopolio da; los impuestos sobre los procesos productivos, socaliñas que la producción sufre indirectamente, merced a las reglamentaciones e intervenciones administrativas; y las obligaciones financieras que las propias entidades productoras han asumido, ya para salvar un momento difícil, ya para ampliar su negocio, ya para distribuir más pingües ganancias a sus accionistas o manipuladores. Estas cargas absorben la mejor parte del fruto producido; y dejan para los elementos de la producción tan poco proporcionalmente, que quienes de ésta viven han de reducir su consumo, lo que obliga a reducir también la producción, engendrando huelga de capitales y de hombres.

Esa es la causa fundamental, primaria, de la crisis. Las que, después, se dan como verdaderas causas son, en su mayoría, causas secundarias, circunstanciales, o meros efectos. Muchas, características del tiempo presente, algunas derivadas de la guerra, se aducen. Pero las crisis económicas sobrevenían también antes de la guerra, cuando tales causas no existían. Y su carácter y fenómenos fueron siempre los mismos que ahora.

La determinación de la causa primordial señala el remedio inicial e indispensable, tal que cualquier otro remedio será ineficaz: disminuir las cargas que pesan sobre la producción. No hay otro verdadero remedio; los demás son paliativos pasajeros, que, momentáneamente, pueden aliviar la crisis, pero no suprimirla de un modo permanente y definitivo.

El Estado, a quien le corresponde la acción primera en la lucha contra la crisis (entendiendo por Estado no sólo el poder central, sino todos sus organismos y corporaciones) no puede disminuir esas cargas de un modo orgánico y eficaz sino a través de los impuestos. La disminución de los impuestos que pesan sobre la producción y sus procesos es el paso primero e indispensable en el camino de la pelea contra la crisis. Pero la supresión de impuestos pura y simple tiene dos inconvenientes: primero, que deja sin recursos suficientes con que subvenir a los gastos públicos; segundo, que sería ineficaz, porque la mera supresión de impuestos sólo conduce a aumentar la parte de las otras dos principales cargas: la renta económica y las ganancias de monopolio. Disminuir la parte de los impuestos es, sencillamente, aumentar la parte de las ventas y de las ganancias de monopolio.

Así, al par que se suprimen los impuestos sobre la producción y sobre los procesos de la producción, hay que sustituirlos por impuestos sobre las rentas y las ganancias de monopolio; porque sólo de este modo se contiene su alza y se refunden las cargas del Estado con las otras cargas que sobre la producción pesan. De esta suerte, la producción se ve aliviada de peso, aumenta la riqueza que queda en manos de los productores, acrecientan éstos su consumo, y, en la medida en que el traslado de impuestos se efectúa, va desapareciendo la crisis. El remedio de la crisis es, pues, fundamentalmente, un problema de reforma tributaria, orientada en el sentido de aliviar las tres primeras y principales cargas de la producción; por lo mismo que su causa fundamental es el crecimiento de esas cargas efectuado durante el período precedente a la crisis, que es siempre de pujanza económica, prodigalidad del crédito y despilfarro optimista público y privado. (Las deudas privadas sólo se alivian por la depreciación de la moneda o la baratura del dinero.)

Las crisis económicas, no encierran misterio alguno, para quien observe los hechos y sepa discurrir. La dificultad está no en conocer las causas y remedios de la crisis, sino en confesarlos. Algunos intereses se alarman infundada pero eficazmente; y ante su amenaza, los peritos tergiversan los hechos o se callan. No la inteligencia, la voluntad sucumbe. La obscuridad no está en la mente, sino en el corazón.


Baldomero Argente; 11 de marzo de 1933.






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