jueves, 9 de julio de 2015

EL NUEVO MUNDO: "El dólar triunfador y omnipotente ya no es más que una moneda como otra cualquiera, sometida al azar de las fluctuaciones. Alemania, dispuesta siempre a entusiasmarse con los éxitos de los demás, no ha tenido inconveniente en aceptar muchas formas del vivir americano. Más vale confiar en que América logre superar los desastres del momento y siga conservando su auténtico sentido. Tal como es, incompleta o absurda, América le está haciendo mucha falta a Europa."



LA GRAN QUIEBRA

No hay espectáculo tan patético como el fracaso del poderoso. Todos los humillados por la grandeza victoriosa salen al encuentro del caído para cobrarse en burlas e improperios su pasada inferioridad. La fabulosa riqueza de los Estados Unidos ha fracasado; el dólar triunfador y omnipotente ya no es más que una moneda como otra cualquiera, sometida al azar de las fluctuaciones. Es cuando todos, con petulante suficiencia y un respiro de satisfacción, se apresuran a declarar que este resultado ya lo habían ellos previsto. Lo único que demuestran es la insoportable contrariedad que el esplendor de los Estados Unidos les producía. ¿Por qué? Primeramente por la natural envidia que el rico y el poderoso han inspirado siempre a los humanos; luego intervenía un sentimiento turbio, que pudiera llamarse defensivo y que en naciones como Francia se exteriorizaba en una literatura de constante diatriba, de humorismo acerbo o de chacota burda. Norteamérica, en efecto, venía con la pretensión de fundar nada menos que un nuevo sentido de la vida y de la cultura cotidiana. Era, en realidad, una réplica o una repulsa del vivir a la manera europea. Una revolución juvenil y extra continental frente a la inercia de los pueblos ilustres y seniles que se consideran el centro del mundo y no quieren que nada sea variado, porque en ellos se ha cumplido ya el hecho genial de todas las excelencias.

Inglaterra suele mantener frente a la América del Norte una actitud en que el desdén se mitiga por un cierto afecto benevolente; los yanquis son los parientes rudos y exagerados que cometen constantes incorrecciones, pero a los cuales se acaba por disculpar; y en último caso son parientes que disponen de grandes fuerzas que pesan demasiado directamente en el tablero del mundo. Alemania, dispuesta siempre a entusiasmarse con los éxitos de los demás, no ha tenido inconveniente en aceptar muchas formas del vivir americano, como antes se había rendido a la admiración de París. La más resistente a la sugestión de Norteamérica es Francia. Sólo en estos últimos años se observa en París una concesión a la vida americana, debido a la enorme afluencia de turistas y que se manifiesta en el tono exterior de algunos comercios, restaurantes, cafés y cines. Pero la literatura no se rinde. Siempre que un escritor francés marcha a descubrir los Estados Unidos, estamos seguros de que ha de volver repitiendo las mismas viejas ingeniosidades sobre la barbarie reglamentada de Chicago y la agitación precipitada y absurda de Nueva York. En la crónica, el anecdotario o la historieta gráfica de los diarios franceses, ya se sabe desde luego que el norteamericano habrá de aparecer con la caricatura del hombre auténtico, es decir, como el reverso grotesco del francés. Para un francés legítimo la cosa no ofrece duda posible; en Francia es donde el acto de comer se convierte en arte, y donde la fruición de beber cobra un sentido augusto, y donde el ritmo de la vida, con todas las formas sociales, con todos los sentimientos e ideas, llega al límite de la perfección. Nadie niega que Francia es admirable. Pero tampoco se puede ocultar que Francia ha terminado por hacerse un poco vieja. El sentido de su cultura huele demasiado a antigüedad, e inercia. Y ocurre que mientras tanto hay en el mundo grandes zonas humanas que quieren operar con arreglo a un impulso de juventud y renovación. La América del Norte, por ejemplo. De ahí que el francés legítimo (como no sea un atolondrado como Paul Morand) mire a Norteamérica con un implacable rencor difícilmente disimulado por el chiste y el rasgo de ingenio.

La catástrofe financiera, la “caída” del dólar permite ya que todos se entreguen con franqueza a la exposición de sus sentimientos. La tiranía norteamericana estaba durando demasiado. Ahora la Europa vieja y resentida se siente aliviada de aquel tributo de inferioridad y subordinación que tan íntimamente le ofendía. La América del Norte, con su dinero fluctuante, con su economía azarosa queda reducida a su condición verdadera de pueblo tosco y simple que no ha sabido pronunciar más que un ademán grosero: el de nuevo rico.

En el curso de mi vida yo he pasado por todos los sentimientos con respecto a los Estados Unidos. Desde la antipatía hasta el menosprecio. Al fin había llegado a una posición ecuánime de curiosidad y de interés que procura ser lo más comprensiva posible. En un último caso, la especie de derrota de Norteamérica me inspira pena y temor; pena, porque no puedo ver tranquilamente que una experiencia de gran aliento, una intención de grandeza y de novedad se malogre en lo mejor de su camino; y temor, porque considero que el mundo de raza blanca no está tan sobrado de fuerzas como para que veamos con indiferencia el fracaso de una de las más originales e impetuosas.

¿Y el espíritu? ¿Qué influencia sufrirán las ideas y los sentimientos de Norteamérica con el nuevo estado de dramatismo que impone la bancarrota económica? Mientras América ha sido el continente que está empezando a vivir, que está creciendo y marchando como un verdadero adolescente esperanzado y robusto; mientras América ha sido el Nuevo Mundo en toda la profundidad de su significado, ha tenido una noble misión, la de conservar la ilusión y la confianza en el porvenir. Enorme reserva de optimismo; eso es lo que le otorga a América el derecho a la simpatía. Tenía fe en la vida y en el futuro porque la riqueza acudía sin tasa al llamado de su esfuerzo juvenil. ¿Se transformará ahora en un depósito de criticismo, de conflictos dramáticos, de negruras espirituales? ¿Nos ofrecerá una literatura tan ácida y senil como la que poseemos en Europa? ¿Saldrán de Hollywood películas con desenlaces tan trágicos y desconsoladores como las de Alemania y Rusia?... La perspectiva de que el depósito de desaliento espiritual del mundo ha de agrandarse con una nueva aportación no puede producirnos mucho agrado. Más vale confiar en que América logre superar los desastres del momento y siga conservando su auténtico sentido. Tal como es, incompleta o absurda, América le está haciendo mucha falta a Europa.


José María Salaverría; 12 de marzo de 1933.







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