domingo, 12 de julio de 2015

NACIONALISMO EN EL MAR: "Cada navío es una nación. En él están encerrados todos los caracteres nacionales de cada país. El idioma internacional que no se ha podido crear lo van formando los marineros de todos los países de la tierra. Ruskin descubre en esos veleros las más nobles virtudes de la humanidad: la inteligencia, el amor del orden, la valentía, la obediencia, el patriotismo reflexivo, la espera tranquila en el juicio de Dios. En torno a ellos vivirá eternamente la leyenda de los héroes."



UN PUERTO: UNA MULTINACIONAL

Hallándose en Liorna con el gran poeta Percy Shelley, de quien era amigo y camarada el Capitán de la Marina Inglesa Edward Trelawny, éste hubo de decirle:

-Como aún nos queda una hora por delante, vamos a ver si podemos dar la vuelta al mundo en cuarenta minutos. En estos muelles viven ejemplares de todas las naciones de la tierra; así que podemos dar una vuelta y visitar y curiosear la nación que queramos, observando sus costumbres, indumentarias, idioma, comidas, producciones, artes y arquitectura naval, y ver cómo se diferencian en su forma, estructura y decorado los distintos buques. Aquí tenemos “putters” ingleses, “chasse-marées” franceses, “clippers” norteamericanos, tartanas españolas, “trabacolos” austríacos, falúas genovesas, “cebecos” sardos, “brigs” napolitanos, “sparanzas” sicilianas, “galeotes” holandeses, “snows” daneses, “hermafroditas” rusos, “sackalevers” turcos y “bombardas” griegas. No veo “dows” persas, ni “cárabos” árabes, ni “juncos” chinescos; pero con lo que hay aquí tenemos de sobra para nuestro objeto.

Con sumo donaire hace la evocación del pintoresco panorama de un puerto. En efecto, éste es un mundo en pequeño. Un mundo en que están representadas casi todas las naciones, con sus costumbres, con su arte, con sus idiosincrasias respectivas. Un mundo, aunque tan complejo, tan reducido que se puede recorrer y observar en cuarenta minutos.

Nada tan cosmopolita como un puerto. Se dijera que, dentro de su gran variedad, es la síntesis del universo entero.

Cada navío es una nación. En él están encerrados todos los caracteres nacionales, así psicológicos como externos de cada país, sin necesidad de que lo indiquen los colores de las banderas que ondean en lo alto de los mástiles.

En aquella jornada de Liorna, Shelley y Trelawny lo pudieron comprobar. Visitaron un navío griego, el “San Spiridione”. Sobre el timón había una urna, ante la cual ardía una lamparilla: era el “Padre Santo Spiridione”, patrono del buque. Al pasar ante la urna, todos los marineros se santiguaban devotos.

-Me gustaría saber -dice Trelawny a Shelley- si en el lenguaje o las facciones de estos griegos del siglo XIX de la era cristiana, encuentra usted la menor semejanza con los sublimes genios que vivieron en el siglo IV antes de Jesucristo.

A lo que hubo de replicar el poeta:

-No hay aquí ni una gota de la antigua sangre helénica. No son éstos los hombres que han de reanimar la llama del antiguo genio griego. El comercio y la superstición han acabado con sus almas.

Luego visita un “clipper” norteamericano. Es decir, que de Grecia al Nuevo Mundo no hay más que un paso, unos metros de muelle.

Los yanquis del “clipper” rebosaban orgullo nacional. Buques buenos no se podían construir más que en Baltimore o en Boston. Y al obsequiar a los visitantes con un vaso de “grog”, los hicieron brindar, bajo la bandera estrellada, por la memoria de Washington.

-Como soldado y estadista -dijo Shelley- se condujo con rectitud en todos sus actos, a diferencia de cuantos vivieron antes y después que él, nunca se valió de su poder, sino en provecho de sus hermanos: los hombres.

-Nunca se ha dicho nada más cierto -respondió el yanqui-; en todos los tronos del antiguo mundo hay una raíz podrida, y ustedes no podrán hacer nada de provecho mientras no se trasplanten y se adapten al Nuevo Mundo.

Esos rasgos retratan los caracteres.

Un puerto es un mundo amplio, cosmopolita, pero cada buque es una nación en pequeño, aunque perfectamente definida. Comienza por las diferencias del lenguaje. Un puerto es una Babel moderna. Y sin embargo, el “patois” de los puertos, en que van mezcladas palabras de todos los idiomas, es como, un idioma internacional, un lenguaje universal en que se entienden las razas más diversas. El idioma internacional que no se ha podido crear científicamente, lo van formando los marineros de los buques mercantes de todos los países de la tierra.

Como en el mundo, también las naciones dejan al descubierto en los puertos sus grandezas y sus miserias. Al lado de los espléndidos trasatlánticos, llenos de iluminación, rebosando lujo, colosales, de líneas elegantes, de marcha prodigiosa, donde viajan los opulentos con toda clase de comodidades, están los ventrudos y deformes “cargos”, con sus bodegas llenas de mercancías, las más heteróclitas, carbón, madera, granos, y están los aún más modestos veleros, los viejos lobos de mar, ya casi inválidos, o por lo menos viviendo en la miseria. Estos últimos se esconden en el último rincón de los puertos, como enfermos en una sala de hospital. Y sin embargo...

Rudyard Kipling ha dicho: “La poesía del velero ha muerto; la ha matado el vapor.”

Acaso. Pero contra la muerte de esa poesía que ha inspirado a tantos poetas, John Ruskin se levantaba en airado son de protesta. Bajo el encanto de los viejos puertos ingleses, Ruskin, tan enamorado de la estética, él consagró hermosas páginas al elogio de los antiguos veleros. Nunca se ha hablado en términos tan emocionantes de los enormes buques costeros y de los carboneros, no esos carboneros de hoy que se encuentran en todos los puertos del mundo, sino los viejos carboneros de vela, casi fósiles ahora, porque su lentitud en el andar, su inseguridad en el tiempo que ha de durar el viaje, los han desterrado de un mundo que todo lo quiere organizar, puntualizar, que sólo quiere la celeridad.

Ruskin descubre en esos veleros, casi retirados ya de la navegación, las más nobles virtudes de la humanidad: la inteligencia, el amor del orden, la valentía, la obediencia, el patriotismo reflexivo, la espera tranquila en el juicio de Dios.

Joseph Mallord Turner, el gran pintor, los ha inmortalizado. Ya no atraen ni siquiera la curiosidad. En el rincón más olvidado de los puertos se los ve, fragatas, bergantines, bricbarcas, goletas, en silencio, alineados en los muelles desiertos. En fila, como rebaño de emigrantes con el hálito de las expatriaciones melancólicas y tal vez para siempre. Y cuando suben las velas para airearlas, para secarlas de las salpicaduras del mar, recuerdan los mendigos que tienden, después de lavarlos, a orillas del río, sus harapos al sol.

Pero, ¡qué espléndidamente bellos! ¡Cuánta poesía! Como la cascada, pero sugestiva canción de una abuela, hilando, mientras sus dedos descarnados, suaves en las caricias que sus manos han conocido más que ningunas, mueven a su compás el huso y la rueca.

Bien está el cosmopolitismo de los pueblos. Podemos sentir orgullo de esos modernos Leviatanes que andan en medio de la bahía, y que nos deslumbran con sus luces y con sus lujos. Ellos son los grandes señores de los mares, la gala de los puertos. Son el progreso, la expresión ultima de los adelantos de la ciencia moderna.

Pero no desdeñemos los veleros. Tienen una historia, una gran historia. No olvidemos que los “trirremes” de la antigüedad llevaron la civilización a lo largo del Mediterráneo, y que las pobres carabelas españolas llevaron la civilización europea a América.

En torno a ellos vivirá eternamente la leyenda de los héroes.


José Betancort; 11 de marzo de 1933.






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