domingo, 30 de agosto de 2015

ANALIZAR HISTORIA: "¿Comprende el lector por qué motivos he recordado ahora el artículo del escritor francés? Nos solemos contentar, generalmente, con recordar las glorias históricas, las grandiosas gestas de la raza, y no queremos enterarnos que se necesita de algo más que de glorias antiguas para que un Pueblo moderno viva ordenadamente y prospere."

Batalla de Reichshoffen


LA ALDEHUELA

Pocos años después de la Guerra Franco-Alemana de 1870-71, un insigne escritor francés escribió, con el mismo título de que es traducción el que encabeza estas líneas, un artículo que las circunstancias actuales me han hecho recordar. En dicho, artículo, su autor se refería a la aldea de Woerth-sur-Sauer, junto a la cual, un día del mes de agosto de 1870, se libró una gran batalla, conocida igualmente en los textos por batalla de Reichshoffen, en la cual el Príncipe Real de Prusia derrotó al ejército de Mac Mahon, a pesar del heroísmo de que dio pruebas la brigada de coraceros en una carga admirable, que no pudo impedir que aquel día la Alsacia quedase en poder de los germanos.

En el escrito a que me refiero, su autor hacía observar cómo en un instante, un modesto pueblecillo, cuyo nombre desconocían la inmensa mayoría de los franceses, pasó desde las obscuras regiones de lo ignorado a las brillantes esferas de la inmortalidad. El nombre de Woerth quedó escrito en todas las relaciones militares de aquella guerra y en todas las historias de Francia; e ilustres pintores acrecentaron su fama representando sobre la tela la impresión viva de la fogosa carga de los coraceros. Pero hacía notar el autor de aquel artículo, todo ello ocurrió en Woerth en virtud de circunstancias múltiples; algunas, hijas de la situación de la aldea sobre la línea seguida por el Ejército invasor; otras, ajenas en absoluto a aquel pueblecillo, que no había desencadenado la guerra ni había conducido a los pueblos beligerantes al estado de relaciones en que la guerra se hizo inevitable. La batalla de Woerth, la celebridad de la humilde aldehuela, tenían precedentes que se perdían en la noche de los tiempos.

¿Comprende el lector por qué motivos he recordado ahora el artículo del escritor francés? Un día cualquiera, un hecho triste pone en evidencia el nombre de una aldea, o el de una población de mayor importancia; el telégrafo funciona, gimen las imprentas, los periódicos lanzan a la calle por todos los ámbitos de la nación y del mundo entero el nombre del pueblo y el relato de los hechos que en su seno se han desarrollado; las pasiones se agitan, las discusiones se agrian, los sucesos se analizan en sus menores detalles, y el pueblo y el drama que le ha conmovido son, durante un período más o menos dilatado, el principal elemento de lo que llamamos la actualidad atractiva y movediza en grado sumo. Pero, nótese bien, en todos estos casos en que la aldehuela o la ciudad salen de la sombra para quedar expuestas a la curiosidad pública, nadie se ocupa en observar que la aldea no nació aquel día ni que la ciudad cuyo nombre aparece con grandes letras titulares en todos los periódicos surgió con el hecho que atrae la atención pública. Como en el caso, antes citado, de Woerth, son núcleos habitados desde época antigua los que han aparecido en primer plano de la curiosidad: son poblaciones con antecedentes precisos, con características propias, hijas a su vez de circunstancias diversas que tienen sus raíces en el seno de la tierra y que se derivan de las distintas fases de una compleja y larga evolución histórica.

Lo que es, en todos los casos, indudable, es el desconocimiento general, absoluto que se tenía anteriormente del teatro del drama y de sus diferentes actores. Nada se sabía del nombre del lugar, ni de su situación, ni de su género de vida, ni del grado de, su instrucción de sus habitantes, ni del ambiente general, en todos sus aspectos, del teatro nacional en que se desarrollan los dramas lamentables. Ni nadie estima siquiera que estos detalles merezcan el trabajo de que sean examinados. Somos capaces de discutir con la mayor vehemencia sobre las cualidades de una hoja, sin darnos cuenta de que la hoja pertenece a un árbol, y el árbol es parte integrante de un bosque. ¿Quién pregunta, en semejantes casos, cómo se desarrolla la vida de los seres que viven en la aldehuela en que ha surgido el hecho sensacional? ¿Ni quién se acordará ya jamás de ellos cuando hayan cesado los motivos que determinaron la conmoción del espíritu público?

La ciencia, y con ella la civilización, han progresado gracias a la observación detenida de los hechos concretos, de los cuales se han deducido reglas y principios de orden general. Si nosotros, con este mismo espíritu examinásemos ciertos sucesos, en  una u otra forma y con mayor o menor intensidad repetidos con harta frecuencia, deduciríamos lo que ya no hay medio de ocultar, y es el lamentable estado de atraso, de abandono total de una gran parte del territorio nacional. Nos solemos contentar, generalmente, con recordar las glorias históricas, las grandiosas gestas de la raza, y no queremos enterarnos que se necesita de algo más que de glorias antiguas para que un Pueblo moderno viva ordenadamente y prospere. Con tanta gloria pasada, hay que reconocer que la instrucción pública está en tan funesto retraso que la mayor parte de los ciudadanos no saben leer y escribir; y esta es una nota desventurada que no tiene igual en ningún Pueblo moderno, en ningún país que estime su decoro. Esto, en cuanto a la instrucción elemental, que no es toda la instrucción necesaria para que un país ocupe entre sus semejantes un lugar que no sea de manifiesta inferioridad.

En general, los hechos aislados no suelen tener la trascendencia que se deriva de la cadena de sucesos análogos. La batalla de Woerth, por sí sola, como suceso aislado e independiente, hubiera constituido para Francia un acontecimiento lamentable, sí, pero sin consecuencias trascendentales. La cadena de hechos de que aquella batalla formó parte, determinó el que aquella nación perdiera la guerra que sostenía contra su vecina, y que perdiera, además, la situación que desde hacía varias centurias ocupaba en Europa, y que sólo a costa de ríos de sangre ha logrado recuperar con la última Gran Guerra. No veamos, en el suceso de que es teatro la aldehuela humilde, o la ciudad populosa, únicamente la escena concreta, ni fijemos exclusivamente la atención en sus peripecias, por interesantes, por dolorosas que ellas sean, sino que consideremos que por lo regular son términos, más o menos característicos, más o menos acentuados de una serie de acontecimientos análogos que deben preocuparnos más que el hecho principal, por conmovedor que éste nos parezca.

Hay que examinar cuidadosamente el panorama entero y no fijar sólo la mirada en el detalle que nos puede parecer de momento más interesante. Y hay que observarlo, para conocer perfectamente el paisaje y el paisanaje, no de un solo punto de vista, sino de todos los puntos de vista en que podamos colocarnos. Como, para estar bien enterado del drama sensacional que se anuncia en los carteles con grandes y sugestivas letras, no podemos contentarnos con la representación, y menos con la lectura, de la última escena, sino que hay que seguir el curso de todas las peripecias que lo determinan, de todos los sentimientos y de las pasiones todas que engendraron el nudo gordiano cortado al final de una manera violenta.

¿Es así como la opinión pública se da cuenta de los sucesos graves de que es teatro la aldea o la ciudad? Cabe, por lo menos, dudar de ello. En general, tales hechos suelen examinarse con los anteojos de colores que vienen a ser las opiniones políticas. Para la gran masa de los ciudadanos, sólo constituyen un motivo de curiosidad más o menos intensa. Como en el período de la Gran Guerra, las gentes sólo se preguntaban, o preguntan a los demás: ¿pasarán?, ¿no pasarán? El verbo a veces varía, y la pregunta se convierte en esta otra: ¿caerán?, ¿no caerán? Lo cual quiere decir, indudablemente, que vivimos con la nostalgia del siglo XIX, y que las escenas violentas de que nos dan cuenta no son el desenlace de un drama penoso, sino uno de sus múltiples y variados incidentes.


Mariano Rubió Y Bellvé; 19 de marzo de 1933.






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