domingo, 16 de agosto de 2015

EL DESARME (8): "Jamás hubo tanto estrépito de armas en el mundo desde 1918, como ahora. Se pelea en América. Se pelea en Asia. Y Europa se deja ganar por el belicismo. Sería útil y oportuno poner fin a la tragicomedia de la Conferencia del Desarme. Sus deliberaciones, regateos y votaciones bufas dan una triste idea de los que intervienen en ella."



ESA POBRE CONFERENCIA 'DE LA PAZ'

Ramsay Mac Donald y John Simon, los Ministros ingleses, después de conferenciar en París con los señores Édouard Daladier y Paul Boncour han marchado a Ginebra. Según dice un corresponsal, quieren “salvar lo que se pueda todavía” de la Conferencia del Desarme. La Conferencia del Desarme en esta Europa de “Nazis” y “Camisas Negras”, de dictaduras y armamentos más o menos descarados y públicos, resulta grotesca y los europeos contemplan sus deliberaciones con cierto asombro mezclado de burla. Jamás hubo tanto estrépito de armas en el mundo desde 1918, como ahora.

Se pelea en América. Se pelea en Asia. Y Europa se deja ganar por el belicismo. El triunfo de los Hitlerianos en Alemania, las continuas amenazas del Fascismo italiano, el nuevo pacto de la Pequeña Entente, las provocaciones de los “Nazis” en el puente de Kehl, los refuerzos enviados por Polonia a las inmediaciones del “pasillo” de Dantzig, el lenguaje de la Prensa soviética, el asunto escandaloso de los armamentos clandestinos de Hungría, la campaña germana en pro del “Anschluss”, que apoyan desde las márgenes del Danubio numerosos elementos austríacos, prueban que el ambiente se va cargando de tempestad. Ya consiguió Alemania librarse del fardo abrumador de las deudas de guerra. Prácticamente ya no pagará a sus deudores ni un solo marco. Y ahora se propone destruir el Tratado de Versalles en lo que se refiere a las pérdidas territoriales. Se conforma difícilmente con la anexión a Francia de Alsacia y de Lorena. Pero Eupen y Malmedy, y Dantzig, y la Posnania, y la Silesia, y las colonias, deben volver a ella, sea como sea. Está en el programa de Hitler. Hitler logró diecisiete millones de sufragios. En plena campaña electoral fue en aeroplano a Koenigsberg, volando sobre el “pasillo” dantzigniano. Aquel vuelo era simbólico. Significaba que el Tercer Reich, apenas fundado, emprendía la obra restauradora de los antiguos límites imperiales. Esos límites eran el Niemen, el Wartha y el Rhin.

Pero Polonia, reconstruida con los fragmentos del antiguo reino, con Galitzia, con las provincias que dominara Rusia tantos años, con la Posnania, botín de Prusia en el criminal reparto del siglo XVIII, con la Silesia, salvo los distritos entregados a Checoslovaquia, es hoy una nación homogénea y dispone de un gran Ejército. No se dejará arrebatar, sin lucha dura y desesperada, lo que era suyo históricamente y que de nuevo se unió. Y contaría como aliados, en la Europa central, a Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia y en la Europa occidental, a Francia y Bélgica y probablemente a Inglaterra también.

Se había hablado de los Estados Unidos europeos, generosa ilusión de Aristide Briand. He aquí que a los catorce años del armisticio, Europa se separa en dos campos antagónicos. Están de un lado: belgas, ingleses, franceses, checoslovacos, polacos, rumanos y yugoslavos; del otro, alemanes, italianos, húngaros y búlgaros. Un vencedor, descontento, se unió a los vencidos, y en la otra orilla del Niemen, el Dniester y el Bug, el rojo coloso nórdico espera y acecha. Destruyó al Capitalismo en sus inmensas estepas. Pero el Capitalismo, alcaloide de la civilización occidental, sigue manteniéndose firme en el resto del mundo, a despecho de las crisis bancarias y de los ejércitos de parados forzosos. Tal vez una nueva guerra precipitaría su ruina.

¿Qué haría Rusia si las naciones europeas se lanzaran locamente a la tremenda aventura de otra conflagración? Seguramente creería llegado el momento de desencadenar la catástrofe definitiva y sus grises masas armadas se lanzarían sobre Polonia, cuando ésta peleará con los alemanes. Y esas masas, como los ejércitos de la Revolución Francesa, avanzarían por la Europa central proclamando que no guerreaban contra los pueblos, sino contra los gobiernos.

Sería útil y oportuno poner fin a la tragicomedia de la Conferencia del Desarme. Sus deliberaciones, regateos y votaciones bufas dan una triste idea de los que intervienen en ella.


Fabián Vidal; 15 de marzo de 1933.






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