viernes, 18 de septiembre de 2015

EL CLUB DE LOS CUATRO (1): "Mientras la conveniencia de las grandes naciones (grandes por su fuerza) y su Imperialismo Financiero armonice el mundo con la presencia de grandes buques y temibles aviones, el mundo vivirá en perpetuo estado de guerra latente."

Ramsay Mac Donald


PROFECÍA MÁGICA

El artículo que se reproduce a continuación es producto de la opinión pública que se tenía a la llegada reciente del Nacional-Socialismo al poder en Alemania, aunado a la incertidumbre y desconfianza internacional que reinaba posterior a la Primera Guerra Mundial. Para esta fecha el Proyecto Social NS aún era desconocido para todos. 

Al salir de Roma dijo Ramsay Mac Donald aproximadamente: “Voy a París a poner a disposición de Édouard Daladier y Joseph Paul-Boncour los elementos de juicio necesarios para que Francia se adhiera a nuestros esfuerzos. Desde luego, todo lo tratado entre Inglaterra e Italia se ajusta al espíritu del pacto Briand-Kellogg, no compromete a nadie y asegura una larga paz”.

¿Pero cómo una paz sin compromisos? Además, el espíritu de los pactos no es por sí solo garantía de nada. Las potencias que han tergiversado la letra de dichos compromisos en beneficio del Japón, dieron los más formidables argumentos a los enemigos del actual ‘statu quo’. Negaron su lealtad a la Sociedad de Naciones y se ven en el caso de crear otra máquina de concordia y autoridad: el llamado Club de los Cuatro.

Mientras la conveniencia de las grandes naciones (grandes por su fuerza) y su Imperialismo Financiero armonice el mundo con la presencia de grandes buques y temibles aviones, el mundo vivirá en perpetuo estado de guerra latente. La Sociedad de Naciones ha sido el más noble ensayo de soberanía democrática internacional. Pero las dictaduras están descaradamente a la orden del día. (Incluso en potencias menores: las tiranías sudamericanas, la votación de reforma en Portugal, la derrota de los Liberales griegos, la amenaza de los Heimveren y Nazis en Austria...) Retoñan los Nacionalismos bélicos.

¡Cuán vanamente simbólica esa fiesta de las naciones en Lyon, donde se han enlazado todos los símbolos patrios! ¡Y qué llena de dramatismo la manifestación de Ginebra, en que los representantes de doce millones de excombatientes, de quince naciones distintas, unos en sus cochecitos, otros con sus muletas, acompañados todos de viudas y huérfanos de camaradas caídos en las trincheras, han elevado a las potestades humanas un férvido llamamiento al desarme efectivo! No se trata de que los futuros héroes sean alcanzados por obuses de mayor o menor calibre, sino simplemente de que no haya guerra.

Entre tanto, aunque el peligro de guerra no sea inminente, como dice Lord Cecil, en la tierra de la cultura triunfan los colores del terror. ¿Blanco? ¿Pardo? ¿Qué importa que la violencia se oriente a un lado u otro? El terror es siempre rojo. Blanco y negro son apariencias en la restaurada bandera del Imperio germánico. Y la oriflama verdadera fulguró una noche en medio de Berlín, ondeando siniestramente sobre la mole del Reichstag.

Cuando se dice que ha caducado la política del miedo, hay que añadir que se inaugura un régimen de odio. Francia dice que la salvación propuesta desde Roma equivaldría a un “acuerdo de dos contra dos”. En efecto, Europa se deslinda en dos campos: a un lado Italia con los Imperios centrales; al otro Inglaterra y Francia con sus amigas, cuya soberanía quiere defender. También los Laboristas ingleses se oponen a la Dictadura de cuatro sobre los demás, considerados inferiores por débiles. La prensa gubernamental inglesa apoya las gestiones del “Premier”. La italiana da muestras de una mesura desusada. La opinión alemana está llena de reservas. Los Estados secundarios se preguntan perplejos: “¿Somos nosotros los que ponemos la paz en peligro? ¿Nos la van a garantizar las potencias paternales?”. Y también hay quien dice que excluir del “Club” a un Estado como el ruso, con su intensa economía y su poderoso ejército, hará estériles todos los esfuerzos de paz y de restauración económica mundial. Se objeta, por si fuera poco, que las cuatro potencias mayores son precisamente las que constituyen el Consejo permanente de la Sociedad de Naciones. ¿Por qué, pues, quieren obrar a espaldas de la Asamblea ginebrina?

En la política que se propone, Francia es la llamada a ceder, con Polonia. La igualdad militar con Alemania y la paridad naval con Italia son los mayores obstáculos. Es natural la cautela de Daladier y de Paul-Boncour. Su respuesta a las gestiones de Mac Donald es el acto más delicado a que Francia se ve abocada desde la declaración de guerra. Entonces no había opción; había que afrontar al enemigo. Hoy, las concesiones que hiciera tendrían difícil compensación. Todo depende de que quiera darse por pagada con esa era de paz que augura la palabra mágica de Mac Donald.


La Vanguardia; 23 de marzo de 1933.







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