viernes, 18 de septiembre de 2015

HUMILDAD INTERNACIONAL: "No hay naciones vencedoras; todas están vencidas. Monedas como la libra y el dólar, símbolo de la potencia inquebrantable, han tenido que descender de su posición eminente; se han hecho humildes ellas también. En este sentido, el mundo, recobrará su orden."



RUMBOS NUEVOS

Todo se vuelve hablar en estos últimos días de la inminencia de una guerra; “la guerra”, como hay costumbre de decir, o sea lo que se ha hecho familiar y antonomástico en las conciencias de los modernos europeos. El triunfo de la Dictadura en Alemania parece dar la razón a esos presagios pavorosos, y muchos ya no piensan más que en el motivo, en el pequeño episodio de fronteras que ha de poner en movimiento a los batallones y las escuadrillas de aeroplanos. Todo puede suceder, si reflexionamos en las cosas que desde hace tres lustros hemos visto. Pero con el mismo fundamento podemos confiarnos a la esperanza y creer, por ejemplo, que es ahora precisamente cuando se halla en vías de resolverse la tremenda crisis del mundo.

Tenemos por lo pronto este dato: las naciones más soberbias se han hecho humildes. Que un Primer Ministro de Inglaterra vaya a Roma a conversar y pactar con el árbitro supremo de Italia, es, un suceso que nos tiene que llenar de asombro y sugerir extraordinarias sugestiones. Es un hecho que rompe todas las tiranteces y todos los esquinamientos de una tradición de irreducibles jerarquías. Si Inglaterra se decide a descender al nivel de Italia, no ha de haber obstáculo para que Francia haga Io mismo. Y si Alemania e Italia aparecen unidas por idénticas conveniencias e igual espíritu, París, a través de Roma, bien puede acceder a negociar con Berlín. Y puestos en el camino de las suposiciones, nada nos impide esperar que el desaguisado de la paz de Versalles sea corregido. Es decir, que aquella situación de ira y ofensa, de tensión y amenaza, que dejó sobre Europa una paz insoportable, venga a deshacerse, sencillamente porque el dolor y el miedo han terminado por hacer comprensivas y humildes a las naciones que hasta hoy no querían renunciar al rango de vencedoras.

No hay naciones vencedoras; todas están vencidas por algo que puede más que los estados mayores de los Ejércitos y las previsiones de la Diplomacia. Vencidas por el déficit. Derrotadas por las enormes cifras de los presupuestos, por el costo cada día más abrumador de los armamentos y por la fuga definitiva de las antiguas ganancias. Conviene repetirlo: la civilización se había agrandado desmesuradamente. Lo cual quiere decir que se había instalado sobre unas bases de excesivo derroche, de un lujo exorbitante, de un gastar sin tasa, como si la prosperidad hubiera de seguir un curso indefinidamente progresivo. Las grandes naciones operaban, en efecto, con arreglo a un plan de una magnífica oportunidad; los pueblos se dividían en productores y consumidores, en industriales y agrícolas, y en tal sentido el apogeo de la riqueza parecía que no podía interrumpirse jamás.

Esa especie de ideal equilibrio es lo que ha fallado. Se han suspendido las compras y ventas caudalosas, y gradualmente los pueblos, poniéndose a la defensiva, han visto extinguirse las fuerzas económicas que daban animación al mundo. Monedas como la libra y el dólar, símbolo de la potencia inquebrantable, han tenido que descender de su posición eminente; se han hecho humildes ellas también. Lo mismo que los Estados imperiales y autoritarios. Inglaterra se resigna a la merma creciente de su Imperio, y Francia empieza a comprender que la actitud de nación que dirige la política de Europa con autoridad única e indiscutible, necesita abandonarla. Es ahora cuando podemos esperar que la crisis del mundo llegue a remediarse. Con un retroceso hacia la modestia. Con la rebaja de alturas, actitudes y planes desproporcionados.

Todo consistía en una interpretación falsa de la idea de la crisis. Se hablaba de retraer las cosas a la normalidad. ¿Pero qué clase de normalidad era la que se pretendía instaurar? La de la postguerra. Precisamente la normalidad menos normal que ha conocido el hombre desde hace siglos. La orgía y la locura de la “prosperity”. Mientras los hombres se obstinasen en querer volver a esa dichosa locura, la crisis no podría remediarse; el mundo, al contrario, se iría hundiendo cada vez más en el terreno falso, con todo el peso de sus ambiciones y de sus quimeras económicas. Pero si la sociedad accede a descargarse de peso, entonces es fácil que el mundo se salve. Todo es cuestión de concebir la normalidad como en la época anterior a la postguerra. Como si el período de la “prosperity” hubiera sido un sueño. En este sentido, el mundo, rebajado de talla, y reajustado convenientemente, recobrará su orden. Se trata de rebajarle a la civilización algo así como el cuarenta por ciento de su sueldo.

Que es lo que ha hecho Mac Donald al rebajarse a tener una entrevista de igual a igual con Mussolini. Falta todavía, sin embargo, vencer la resistencia de Francia, dramáticamente encastillada en su reducto. El momento es para ella doloroso, porque había organizado su vida precisamente sobre la idea de no ceder. Padezca el mundo y sálvese Francia... Pero será difícil que logre mantener esa actitud de tremendo egoísmo ante la confabulación de las mejores voluntades de Europa.


José María Salaverría; 24 de marzo de 1933.






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