domingo, 18 de octubre de 2015

BUROCRACIA ESPAÑOLA: "La Organización va perfeccionándose como la más cuidada y prestigiosa ciencia de los tiempos modernos. Durante la Guerra Europea fueron los alemanes quienes propagaron el culto de la Organización. Todos los pueblos se lanzaron a querer imitarles, sin comprender que no se podía copiar por depender de motivos muy profundos, raciales o morales."



LA OFICINA INFINITA

El Ministerio de Comunicaciones fue organizado y suprimido en pocos meses; y ahora se trata de restaurarlo. Tendremos pues, un Ministerio más. Otro complicado artilugio oficinesco en la complicada y gigantesca máquina del Estado. No vamos a cargarle la responsabilidad ni al Gobierno ni al régimen; la culpa, si es que se trata de culpa, corresponde a la tendencia de los tiempos. Comparado el número de Ministerios que hay en nuestra nación con los de Francia, resulta a nuestro favor una considerable economía. Pero el impulso burocrático que está desarrollándose en España avanza con mucha fuerza, y si continúa así puede llegar el momento en que no tengamos que envidiar a los países más oficinescos.

Tanto discutir sobre el Comunismo, y sucede que al último nos dirigimos a un sistema en que el Estado recaba la intervención de todos los asuntos de la vida social. Y en que todos los ciudadanos aspiran a encajarse dentro de la enorme máquina burocrática. De este modo puede ocurrir que la población entera se componga de empleados que revisan, vigilan y anotan el trabajo de los productores; pero los productores se convierten a su vez en empleados, sometidos a la burocracia de las organizaciones obreras. Si añadimos que los propios labradores, en algunas provincias pretenden cultivar las tierras colectivamente, tendremos una situación que no se diferenciará demasiado de la que impera en Rusia.

Hasta el hombre ése que abre la portezuela del taxi, sin que nadie le haya llamado, se cuida de calarse una gorra galoneada. También él quiere ser funcionario público. Le resulta humillante el pedir simplemente una limosna, y su cazurronería de gandul, le inspira la idea de ponerse una gorra con visera y galones para que nadie tenga que decir que no está cumpliendo una función oficial y necesaria. Después de todo, ¿son más indispensables muchas de las funciones que realizan los funcionarios verdaderos, los empleados por oposición que nutren el gigantesco ejército de la “paperasserie” nacional?

No es extraño que haya nacido una curiosa e importante industria: la de las oposiciones. La crisis de los anuncios que afecta a los periódicos de la capital se ve hoy mitigada por el número creciente de academias preparatorias que ofrecen empleos a los jóvenes en estado de merecer. Las oposiciones menudean, las academias preparatorias se multiplican, los nuevos empleos surgen en las páginas de la “Gaceta” cada semana, y llegamos a un momento en que pensamos con terror que el país entero se va a convertir en una oficina llena de reglamentos, escalafones y plantillas de sueldos. Lo admirable y sorprendente es que al fin del año la Hacienda pueda salir con mediano éxito de su gigantesco compromiso.

Esto significa que la Organización va perfeccionándose como la más cuidada y prestigiosa ciencia de los tiempos modernos. Durante la Guerra Europea fueron los alemanes quienes propagaron el culto de la Organización: se les envidiaba el orden meticuloso y eficaz con que sabían sacar el máximo partido de los hombres y las cosas, y todos los pueblos se lanzaron a querer imitarles, sin comprender que había algo en la Organización alemana que no se podía copiar por depender de motivos muy profundos, raciales o morales.

También a España ha llegado el nuevo culto, y no hay duda que por lo menos en la parte externa hemos progresado extraordinariamente. Una oficina pública es inmensamente más decorosa que antes, y los empleados presentan un aspecto mucho más educado y elegante. Las máquinas de escribir, los teléfonos, los ascensores, los timbres, los radiadores de la calefacción; todo eso inspira respeto a las personas que han tenido ocasión de alcanzar la época de las castizas oficinas con un brasero en medio y unos tristes empleados bostezando delante de las obleas y el balduque. Hoy todo eso se está americanizando o alemanizándose casi completamente. Somos también nosotros un país de Organización... Lo malo es que los descontentos dicen que nunca se ha visto la nación tan desorganizada.

¿Es porque se confunde la Organización con la complicación? Una burocracia complicada, si le falta verdadero espíritu de fervor y de disciplina, puede concluir por aplastar con su peso y su enredo a un país que estaba necesitando precisamente lo contrario, o sea agilidad, brío y activa y entusiasta desenvoltura. Pero desde que el Estado desea tener una directa intervención en todos los movimientos del ser nacional, la complicación de la máquina burocrática no puede reducirse, sino agrandarse de una manera monstruosa. La intervención es tan prolija, tan extensa, que uno concluye por esperar que algún día tengamos que caminar con un taxímetro de bolsillo para dar cuenta en el apropiado departamento municipal del número de pasos que hemos dado y las calles y plazas que hemos recorrido. Y pagar el impuesto correspondiente, como es lógico. He aquí una conjetura que parece broma y que puede, sin embargo, suceder en la corriente actual de intervencionismo y burocraticomanía.


José M. Salaverría; España, marzo de 1933.






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