domingo, 4 de octubre de 2015

CRISIS ECONÓMICA (3): "Por el lado del prestamista, el cálculo le da resultados altamente satisfactorios; por el lado del deudor, digan lo que quieran las matemáticas, si el bolsillo ha quedado exhausto, el diablo se lleva el producto de la operación, y el acreedor se queda con las cifras del cálculo y sin el dinero. Por haber abusado de la eficacia del crédito, sobrevino en los Estados Unidos la gran crisis que poco a poco se ha extendido por todos los países."



LAS MATEMÁTICAS Y LAS DEUDAS

No es raro que a los alumnos que estudian los primeros cursos de las ciencias exactas se les proponga el siguiente problema: ¿Qué rendimiento habría tenido un centavo, prestado al interés de cinco por ciento, desde el principio de la era cristiana hasta hoy? El alumno hace sus cálculos y luego anuncia el resultado. Si el interés es simple, es decir, que el prestamista retira anualmente lo que ha rendido el capital, la suma de los intereses del centavo hasta el momento presente sería aproximadamente de una unidad; beneficio poco sorprendente, el haber obtenido dicho rendimiento durante 1933 años. Pero si el interés hubiese sido compuesto, de modo que cada año el rendimiento obtenido se hubiese reunido al modestísimo capital inicial para rendir nuevos intereses, el asunto cambia completamente de aspecto, hasta adquirirse los caracteres de lo fabuloso. El capital reunido hoy por el presunto prestamista se habría de expresar por una cantidad, de cuarenta cifras, número tan grande que la imaginación no puede siquiera concebirlo si no se halla un medio práctico de someterlo a alguna comparación que ilumine su magnitud.

Este problema parece que fue planteado por primera vez por el inglés Price, a fines del siglo XVIII, y al resolverlo halló una manera bastante clara para dar idea del resultado: “Un penique colocado al interés compuesto del cinco por ciento, habría producido al año 1772 una suma más grande que el valor de quinientos millones de globos del tamaño de la tierra que habitamos y compuestos de oro fino. Las personas a quienes se les indica este valor fantástico creen que se trata de una estupenda exageración, pero quien repita el cálculo, que por medio de los logaritmos es sencillísimo, podrá convencerse de su absoluta exactitud.”

El valor enorme de los intereses acumulados durante un gran número de años ha dado lugar a proyectos estupendos. A principios del siglo pasado, el profesor Hamilton imaginó el testamento de un señor francés, Richard, que legaba 500 libras del modo siguiente. Al final del primer siglo, se retiraba el producto de cien libras, que se habían convertido en más de trece mil, y ordenaba que se distribuyeran en premios destinados a los trabajos que demostrasen las maravillas del interés compuesto. Al terminar el segundo centenario, retiraba el producto del segundo centenar de libras, que se elevaba a 1.700 millones, que se habían de destinar a premios de la virtud, y de trabajos de literatura y arte. Y así sucesivamente hasta terminar el quinto siglo, y entonces, el capital acumulado por las cien libras restantes, era ya tan considerable que, pagar con él las deudas públicas de Inglaterra y Francia, constituía una carga insignificante y había que buscar manera de invertir lo mucho que sobraba. Poco después de la Gran Guerra se dijo, lo cual no prueba que fuese cierto, que el gobierno inglés había recibido de un patriota anónimo quinientas mil libras esterlinas para que puestas a interés compuesto, llegasen con los años a reducir a la nada toda la deuda pública británica.

Hasta aquí las matemáticas, que dan cifras exactísimas, irrebatibles. Pero después de haber acumulado, sobre el papel, cantidades de dinero tan extraordinariamente grandes, surge la duda, pequeña si se quiere, pero duda al fin, de quién será el que tenga capacidad para pagar estas cantidades; en dónde se hallará el dinero necesario para satisfacerlas. Por el lado del prestamista, el cálculo le da resultados altamente satisfactorios; por el lado del deudor, digan lo que quieran las matemáticas, si el bolsillo ha quedado exhausto, el diablo se lleva el producto de la operación, y el acreedor se queda con las cifras del cálculo y sin el dinero.

Desde hace ya muchos años, pero particularmente con motivo de la Gran Guerra, y también después de ella, se han creado cantidades fantásticas de riqueza, representadas por títulos de las más variadas formas, que, al devengar intereses, han gravado de una manera extraordinaria los presupuestos de la mayoría de las naciones. Saldados estos presupuestos con déficit abrumador, nuevas emisiones de títulos han contribuido a empeorar la situación, de la cual se ha procurado salir con conversiones de las deudas para reducir el interés, o con impuestos de todas las clases imaginables. La capacidad de pago de un país tiene sus límites, y la acumulación de los intereses que hay que satisfacer, hace que se llegue con frecuencia a este límite, con gran sorpresa de los que estiman que, no ya los logaritmos, sino una sencilla regla de tres les aseguraba la solidez ilimitada de sus riquezas acumuladas.

En los Estados Unidos, en donde esta clase de fenómenos financieros alcanzan mayores vuelos, se ha podido observar más claramente cómo las cosas llegan a extremos de los cuales no se puede salir sin riesgos evidentes. La guerra se convirtió para aquel país en un torrente de dinero que atestó los bolsillos de los capitalistas, en forma capaz de complacer a los más ambiciosos, si la ambición humana fuera saciable en alguna forma. No quedó satisfecha esta ambición, y cada uno, mirando más a la aritmética, que a la realidad, empezó a calcular cómo de aquel dinero acumulado obtendría el máximo interés. Los rusos necesitaban dinero en abundancia; pues a dar dinero a los rusos, aunque lo empleen en competir con los productos americanos, mientras aquéllos abonen un buen tanto por ciento.

Los alemanes querían ampliar sus fábricas; pues a dar dinero a los alemanes; y así, en una u otra forma, mientras fuese forma de gran rendimiento, el dinero de los capitalistas de Nueva York se prodigó en todas direcciones posibles, mientras que asegurasen un elevado interés. Y una de estas formas, una de las invenciones que consideraron más hábiles, más fructíferas, fue la de facilitar la venta a plazos. Todo se podía comprar pagándolo en cualquier día que fuese, con tal que fuese anterior al día del juicio final; pero, naturalmente con la condición de que el resultado de la maniobra representase, para quien facilitaba el dinero, una satisfactoria acumulación de intereses. Llegó, en los Estados, Unidos, a no saberse de quién eran realmente las cosas que usaba el prójimo, todas ellas sujetas al pago a plazos. Así, un periódico jocoso pudo insertar en sus páginas un ingenioso dibujo que retrataba perfectamente esta endiablada situación: un joven matrimonio que contemplaba cariñosamente un tierno infante colocado en su cunita, y sus padres, embelesados, decían: “A Dios gracias, el niño será bien nuestro dentro de un par de años”.

Nadie desconoce que la utilización ordenada del crédito ha sido una de las causas más eficaces que han contribuido al progreso general de los pueblos. Pero cuando, en el sentido que sea, se lleva la exageración hasta los últimos límites, las consecuencias suelen ser detestables. Si pudiéramos saber la suma de los valores nominales que existen en el mundo, de papeles que devengan intereses, que a su vez se invierten en suscribir nuevas emisiones, nos haríamos cargo bien claramente de que estamos en el caso de aquellos ejemplos fantásticos que he citado al principio de este escrito. Por haber abusado de la eficacia del crédito, sobrevino en los Estados Unidos la gran crisis de octubre de 1929, que poco a poco se ha extendido por todos los países; y en los propios Estados Unidos, la reciente conmoción que han sentido los establecimientos bancarios de aquel país, habrá podido hacerles comprender que no es nada tranquilizador el marchar constantemente al borde de los precipicios.


Mariano Rubió Y Bellvé; 26 de marzo de 1933.







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