sábado, 10 de octubre de 2015

CRISIS ECONÓMICA (4): "¿Cuáles fueron las causas de las crisis “en Alemania”, a juicio de este gobernante y hombre de Estado? Refiero la pregunta a Alemania porque el autor no habla más que de Alemania."

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EFECTOS DE LA GUERRA

En enero se publicó un estudio del Conde Schwerin von Krosigk, Ministro de Hacienda del Reich, sobre “la lucha contra la crisis en Alemania”.

Se trata de un hombre de valor mental, situado en un puesto de especial responsabilidad en cuanto a este problema, que expone al mundo su pensamiento sobre la crisis desde el mejor observatorio del país más fieramente azotado por ella, y después de haber adoptado un plan para combatirla. No pueden concurrir más circunstancias favorables para la autoridad de un estudio. He aquí un excelente ejemplar, para analizarlo.

¿Cuáles fueron las causas de las crisis “en Alemania”, a juicio de este gobernante y hombre de Estado? Refiero la pregunta a Alemania porque el autor no habla más que de Alemania. Y esto ya delata un mal enfoque del problema y una limitación del horizonte. Porque la crisis no es alemana, sino universal. La padecen todos los pueblos europeos y americanos. Lo cual indica que tiene causas universales también.

Pero, ¿qué son causas “universales”? ¿Un decreto de la Providencia, que condene todo el planeta al hambre? ¿Un capricho del Destino bajo cuya jurisdicción caiga este satélite del sol? Universo es un simple nombre colectivo; “mundo” es otro nombre colectivo; como nación, como sociedad, como muchedumbre. Nombres que no debemos tomar por realidades, sino como lo que son: generalizaciones que utilizamos como instrumentos del pensar. Cuando decimos “todas” las naciones, queremos significar “cada una” de las naciones. Ahora bien, el fenómeno es común a todas las naciones -las comprendidas en el mecanismo económico de nuestra civilización-, pero en cada una de ellas varía en cuanto a sus facetas más salientes y a su intensidad. Lo cual sugiere la certidumbre de que tiene causas comunes a todas, esto es: idénticas en todas ellas; y causas circunstanciales, peculiares, en cada una de ellas. Aquellas determinan la aparición del fenómeno; éstas le imprimen algunos caracteres específicos y gradúan su intensidad.

El ser común la crisis a los pueblos que entraron en la guerra y a los neutrales, a los vencedores y a los vencidos, a los industrializados como Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, y a los agrícolas, como las repúblicas hispano americanas, indica que la causa o causas comunes de la crisis, no se relacionan con ninguna de esas diferencias, están fuera de ellas; y por tanto, más hondas, en los cimientos sociales; esto es: son más fundamentales y generales que ninguna de las causas específicas y circunstanciales privativas de cada una de las naciones así diferenciadas.

Cuando se habla exclusivamente de la crisis en un solo país se pierde de vista el origen común del fenómeno, esto es: la causa o causas fundamentales del mismo; y cuando se refiere la crisis a causas relacionadas exclusivamente con el país de que se trata, se toma por causas originarias y primordiales lo que únicamente pueden ser causas secundarias y accidentales, acaso meras manifestaciones del fenómeno o simples consecuencias.

Este es el error primero de von Krosigk. Leyendo atentamente su trabajo se encuentra que para el Ministro de Hacienda alemana, autor y ejecutor de un plan de lucha contra la crisis, ésta dimana en Alemania de tres causas: primera, la pérdida de la guerra; segunda, la pérdida de capitales a causa de la inflación, y tercera, “las sangrías continuas en concepto de reparaciones”. No señala otras ni tampoco hace la más leve indicación acerca de cómo operan esas causas para originar la crisis. Examinémoslas.

La pérdida de la guerra, ¿es causa de la crisis? Si lo es, ¿por qué, entonces, sufren crisis también los países que la ganaron? ¿Y los neutrales? ¿Los que durante la guerra consumieron sus riquezas, como ocurrió con los principales contendientes, y a los que las acrecentaron, como acaeció con alguno de los beligerantes -los Estados Unidos-, y con muchos neutrales, como España? ¿Los que estuvieron cerca de la hoguera, y los que ni siquiera vieron su resplandor, como los países americanos?

Si la pérdida de la guerra ha sido causa de la crisis en Alemania -suponiendo lícito el descoyuntar el problema general-, ¿cómo no se manifestaron sus efectos inmediatamente? Porque en la vida económica europea, a partir de la terminación de la guerra, hay cuatro períodos distintos: el primero, de auge económico, desde el 19 al 21; el segundo, de depresión, desde el 21 al 25; el tercero, de florecimiento, desde el 25 al 29; el cuarto, de honda crisis, que comenzó en 1929, y dura todavía. Siendo la guerra una causa pasada y, por tanto, inalterable, ¿cómo puede originar esas alternativas, esos cambios de rumbo, esos movimientos absolutamente contradictorios? ¿No es manifiesta la incongruencia?

Y Alemania no se sustrajo a esos vaivenes. Su crisis actual comienza también en 1929, como en los Estados Unidos, que, después de la guerra, alcanzaron el más fastuoso período de prosperidad de su historia, la etapa en que ellos creían haber encontrado la piedra filosofal, y Ford y otros industriales afortunados doctoreaban sobre los nuevos sistemas en libros traducidos inmediatamente a todos los idiomas, y entre nosotros alguien hablaba del “sentido reverencial del dinero”; y explicaba el triunfo yanqui por la herencia del espíritu puritano; y se repetían toda clase de simplezas con el fervor deslumbrados por aquella lluvia de oro. Y hoy tiene doce millones de hombres parados.

Esa explicación resulta más falsa aun cuando se la examina de cerca. La guerra -no la pérdida de la guerra, sino la guerra misma-, sólo podía determinar la crisis por la destrucción de riquezas que implica. Estas riquezas consumidas por la guerra son de dos clases: fugaces, como las subsistencias, los bastimentos, las municiones; o duraderas, como edificios, puentes, ferrocarriles, caminos, puertos. Es notorio que Alemania consumió las primeras, pero no destruyó las segundas. Alemania conserva casas y campos, máquinas y buques, su herramental productor es más vasto y más perfecto que en 1914; su potencia humana y sus elementos naturales no han desmerecido. ¿Cómo el consumo de las riquezas fugaces -fungibles, por usar el término jurídico-, puede originar ahora, a los quince años, la crisis? Su manifestación sería la escasez de esas cosas fungibles. ¿Pues no es un rasgo de la crisis la abundancia, el exceso, el sobrante de esas cosas, que no encuentran mercado?

Si la guerra destruyó riquezas que ahora deben reponerse, esta reposición ¿no exigiría una intensificación del trabajo? ¿Y no es esto incompatible con la manifestación más aguda de la crisis, la falta de empleo, la sobra de brazos? La guerra es destrucción. El incendio de una ciudad es la destrucción más completa imaginable. ¿Faltó empleo, ocupación, en qué emplear a los trabajadores en Chicago y San Francisco después de sus históricos incendios? Si un accidente destruyera todas las ciudades de Europa, la vida se haría momentáneamente más difícil; es cierto; pero, ¿faltaría en que ocupar los brazos durante el período de reconstrucción?

La guerra ha cooperado, en efecto, a la crisis económica. Pero no por las riquezas que destruyó, sino porque impulsó el alza de las rentas, la formación de monopolios y el aumento de los tributos, orientación económica que, proseguida después de la guerra, ha arrojado sobre los productores cargas que éstos no pueden soportar; y sucumben.


Baldomero Argente; 28 de marzo de 1933.







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