domingo, 4 de octubre de 2015

EL MITO Y LA POLÍTICA: "¡Infeliz Verona e infeliz poesía! Entre la Erudición y la Política se nos está poniendo el mundo inhabitable. Como algún balcón pintado en la fantasía del genial inglés dio origen a la leyenda del balcón de Verona. Dénle al poeta un pedrusco y les devolverá un palacio."

Romeo y Julieta


EL BALCÓN PINTADO

I

Los historiadores de Verona (¡qué decepción!) han decidido intervenir en la inmortalidad de Julieta, la ardiente enamorada de Romeo; los historiadores de Verona parece que se oponen a retener en sus dominios a Julieta. La heroína de Shakespeare no ha existido; aquellos célebres y tráficos amores son una pura invención poética; nunca los Capuleto han vivido en Verona, nunca tuvieron allí casa.

De modo que el famoso balcón, lugar común predilecto de tantos vates nocturnos “que esperan cantando el día, es un delirio de dramaturgo, es un balcón pintado en cualquier muro de cualquier ciudad. “Leyenda, sí, pura leyenda” (dirá sonriendo, el sesudo académico). Los inexorables eruditos de Verona se han creído obligados a dar inmediatamente al César lo que es del César y (suponemos que con toda solemnidad) han arrancado la lápida conmemorativa emplazada en la supuesta casa de la inexistente Julieta, y seguramente fijarán allí otra que diga: “Aquí donde se decía que había nacido y amado una tal Julieta Capuleto...”, etcétera.

Y, ya, en los dominios de la fábula, harán desdeñosamente entrega del ente imaginario a los poetas. Y, en adelante, los guías no podrán alzar el brazo y señalar al balcón, diciendo:

-Ésta es la casa donde vivió la célebre Julieta...

No. En lo sucesivo, tendrán que decir:

-Ésta es la casa donde tantos años se dijo que había vivido Julieta; pero no hay tal Julieta, ni tal balcón; todo fue una alucinación de la mente acalorada de un inglés.

Y los pobres viajeros se sentirán defraudados y blasfemarán de los eruditos de Verona, aguafiestas del turismo. Porque, ¿quién sentirá ya deseos de ir a Verona? ¿Para que le digan que allí “durante tantos años se dijo que...”? Italia ha perdido ese apeadero espiritual dónde tomar un aperitivo romántico. La mano que rige los destinos del país debió poner una mordaza a tan impertinentes eruditos. El turismo ha perdido un balcón y un parador. Verona es ya, desde ahora, apenas una ciudad también pintada.

II

Esos fríos eruditos lo dejaron bien sentado. Ninguna poesía. Lo que hubo en Verona. No fue tal o cual adolescente apasionada, sino un partido político, llamado “Los Capuleto”. Existió no cierta Capuleto que idolatraba a un Montesco, sino una facción que machacaba a otra. O, dos facciones que, alternativamente, se venían machacando. Un grupo, no una familia. Probablemente, los Capuleto eran individuos irritables de una irritable tertulia que, después de beber concienzudamente en alguna hostería emplazada bajo lo que se creyó cátedra lírica, se entregaban al nobilísimo deporte de apalear a Los Montesco, es decir, a los de la tertulia de enfrente. Sí, probablemente hubo balcón, pero allí no se recitaron endecasílabos; desde allí (sencillamente) se daría algún mitin.

¡Infeliz Verona e infeliz poesía! Entre la Erudición y la Política se nos está poniendo el mundo inhabitable. Sin lápidas, o con lápidas falsas (dedicadas a falsos valores), con balcones pintados para “hacer el juego”, un “juego” meramente simétrico, como aquellas ventanitas de Pascal.

Guyau se preguntaba si el espíritu científico iría poco a poco derrumbando las obras alzadas por la imaginación. (Mal siglo el suyo para la ciencia, puesto que todo se envenenó de inútil, de pedantesco “cientificismo”).

Creo que no es precisamente la ciencia, el enemigo: el enemigo es, como siempre, el merodeador catecúmeno de la ciencia. Porque el auténtico sacerdote, en contacto con los grandes misterios, siente en lo más hondo de cada problema científico una palpitación poética; él sabe muy bien cómo los hechos se producen, cómo se elabora lentamente la historia, con qué elementos mágicos se tropieza siempre, al intentar remover sus orígenes. Sólo el merodeador catecúmeno (sucesor del desacreditado y viejo “materialista histórico”) suele envanecerse de poseer soluciones claras: los verdaderos hombres de ciencia se atienen hoy a alguna sencilla pregunta incontestada, para ellos la ciencia es una abrumadora cadena de preguntas. “Los sabios (escribía Guyau) procuran satisfacernos y contestar a nuestras preguntas: el poeta nos encanta con la misma interrogación”. Hoy las respuestas son pocas, y el sabio, como el poeta, prefieren angustiarnos con esas terribles preguntas que suenan como los aldabonazos a la puerta de toda profunda intimidad humana…

III

Otra víctima de la zarpa erudita fue la mujer de Lot. Todos conocen la historia de esta mujer, modelo de curiosas, convertida en bloque salino por la cólera celeste... Pues bien, un ilustre excavador pretende demostrar que no se produjo ese fenómeno. O que, si lo hubo, se produjo al revés. Es decir, que no fue la mujer de Lot la que se convirtió en estatua de sal, sino que fue una estatua de sal la que se convirtió en mujer de Lot.

Una estatua o un monolito salino de los que abundan por aquellos terrenos, dio origen a la página bíblica que todos conocemos. Como algún balcón pintado en la fantasía del genial inglés dio origen a la leyenda del balcón de Verona. Dénle al poeta un pedrusco y les devolverá un palacio.

El mundo atraviesa zonas secas y zonas húmedas, zonas de erudición y de “cientificismo” y zonas de exaltación y poesía. Probablemente nos tocó vivir en una zona seca. Si así es, el tedio más pavoroso acabaría con nosotros. Porque, entonces, conoceríamos todo lo que en el mundo “verdaderamente ha ocurrido”, sabríamos distinguirlo bien de cuanto “nunca sucedió en la realidad”. ¡Delicioso porvenir del conocimiento! Pasarse la vida corriendo de nuevo la cortina sobre lápidas y estatuas que no corresponden a “la realidad”. Y elevar un monumento a cualquier “realidad concreta”, por ejemplo, a Ford o a Krupp...

Pero, si todos los fabulosos Capuleto nos resultan “facciones políticas”, como los de Verona; si todo, en el pasado y en el presente, se nos transforma en hecho político, en problema económico... ¿no habrá a mano un piadoso narcótico que nos traslade a un limbo, a un nirvana cualquiera?


Benjamín Jarnés; 25 de marzo de 1933.






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