domingo, 18 de octubre de 2015

EL REICHSTAG (3): "El 21 de marzo de 1871 inauguraba Bismarck el primer Reichstag de la nación alemana. El día 21 de marzo de 1933 Hitler inaugura el último. Los periódicos Nacional-Socialistas han convertido la coincidencia en simbólica relación. El 21 de marzo fue declarado fiesta nacional."



EN HONOR DE UN CADÁVER

El 21 de marzo de 1871 inauguraba Bismarck el primer Reichstag de la nación alemana. El día 21 de marzo de 1933 Hitler inaugura el último. Los periódicos Nacional-Socialistas han convertido la coincidencia en simbólica relación. El primer Reichstag fue presidido por la propia persona del Káiser. En el que acaba de abrir Hitler el Káiser estaba representado por una metáfora: la Corona adornada de laurel. Pero el Kronprinz en persona presenció el solemne acto, desde un palco de honor, y cuando Hitler apareció en el estrado se levantó, tendiendo el brazo en ostensible saludo Nazi.

Nunca Parlamento alguno ha sido inaugurado en Alemania con tal solemnidad festiva. El 21 de marzo fue declarado fiesta nacional. La vida toda del Estado quedó suspensa mientras en la iglesia de la guarnición de Potsdam se constituía, con ritual del Medioevo, la “Asamblea de la Nación”. También en este sentido el incendio del edificio del Reichstag ha cooperado a la ornamentación del Régimen, trasladando la primera sesión parlamentaria del burocrático ambiente del edificio oficial al seno impresionante de una iglesia evangélica.

Tal vez la inauguración del Parlamento en el ámbito de la iglesia fue tan simbólico, como que el hecho ocurriera en Potsdam. La verdad es que en la faz de los diputados podía descubrirse un rictus expresivo, como si el acto de inauguración fuera al propio tiempo un acto piadoso por el alma del Parlamento. La idea inconcreta del cadáver se sentía bruñir en la mente de todos los que presenciaban la suntuosa sesión.

Primero los diputados asistieron al culto protestante, los evangélicos; a una misa, los católicos. Hitler no pudo oír misa porque todavía pesa sobre él la excomunión a que el episcopado alemán le ha sometido. Luego, en la iglesia de la guarnición de Potsdam, tuvo lugar la inauguración. Desde toda Alemania, especialmente desde Berlín, habían llegado inmensas muchedumbres a la vieja ciudad de Federico el Grande, Sanssouci; los edificios públicos y casi todas las casas de Potsdam lucían la Bandera Imperial y la Svástica. Las Tropas de la Guarnición, las Escuadras de Asalto y los Cascos de Acero cuadriculaban de columnas de honor las magníficas plazas de Potsdam.

Bajo un repique general de campanas y a los sones de un motete de Brahm, entonado por el órgano, aparece Hindenburg en el altar, convertido en podio y presidido por la corona imperial adornada de laurel. Pocos minutos después entra Hitler. La radio iba recogiendo y multiplicando en cinco millones de aparatos, que inundaban con sus voces el ámbito de Alemania, la nota más solemne de cada momento.

Toda Alemania tembló un instante al lento ritmo de la fiesta de Potsdam.

El alborozo, como saludo al nuevo Parlamento de la “Revolución Nacional”, cundió luego el día entero por las ciudades y los campos, animado por oscilante flamear de las banderas monárquicas y nazis. Por la noche una procesión de bengalas y fuegos en los montes volvieron a alumbrar un “nuevo día del renacimiento alemán”.

Parece un poco extraño que en honor de un Parlamento nacido ya con la partida de defunción extendida, pudieran otorgarse tan magnificentes honores, como nunca los ha recibido otro Parlamento alemán. Y que estos honores hayan sido dispensados por Hitler, el enemigo a muerte del Parlamento. Pero, en realidad, todo ello no ha sido provocado tanto por un tardío amor al Parlamento como por un deseo de enterrarlo con la máxima dignidad.

Antes de que se publique esta información, en efecto, ya habrá dejado de existir el Reichstag. Nadie se acordará de él; mas la estela de la fiesta, de los desfiles, de la música militar, del fuego de las bengalas, continuará latiendo en la imaginación del Pueblo. Un latido a cuyo compás Hitler irá haciendo la política que el Gobierno Hitler, Hugenberg y von Papen sostiene. Para que la estela se vivifique un poco, todos los días la radio transmitirá, desde ahora, el repique con que las campanas de Potsdam saludaron a Hitler y Hindenburg.


Augusto Assía; Berlín, marzo de 1933.







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